Marco Tulio Cicerón, filósofo, político y escritor, reflejó a través de su pensamiento que los ojos son el espejo del alma. Los ojos han sido glosados profusamente en películas, poemas, canciones y pinturas.
A Tim Merlier no se le vieron los ojos porque los llevaba protegidos con las gafas de competición, una pantalla para cuidarse la vista.
No se sabe si los ojos del belga eran de gato o de tigre cuando su velocidad de guepardo le elevó al triunfo al Bergerac en un esprint. La segunda victoria consecutiva que empaquetó desde la furia.
Desatado, una bestia salvaje, el belga remontó diez plazas para mostrar el puño de autoridad. Aquí mando yo. Lejos de la pose extravagante de Burdeos, Merlier demostró una superioridad aplastante para consumar su quinto laurel en el Tour.
"Tenía la esperanza de ganar dos etapas y lo conseguí. Si ganas la primera etapa, la segunda suele llegar rápidamente”, comentó el belga.
Demoledor esprint
A modo de un salmón corriente arriba, remontó con fuerza y determinación para desovar otro festejo. Dos días de fiesta consecutiva para el belga. Completó un esprint monstruoso, cerca de 350 metros estallando a cada palmo. Devoró la desventaja a dentelladas. Mordiscos de pasión.
Venció por delante de Girmay y Kooij. Philipsen, lanzado primorosamente por Van der Poel, se apagó. Le falta energía a su aceleración, que parecía negativa. Merlier partió desde las profundidades, lejísimos, y esquiló la desventaja con celeridad. Una fuerza de la naturaleza desatada. Adelantó a todos en un vuelo rasante, esquivando cuerpos, para salir el primero en la foto. Su nariz fue la primera en asomar en Bergerac.
De la nariz existen menos tratados que de los ojos, tan fotogénicos ellos, aunque más operaciones. Las narices son carne de rinoplastia. Con menos capacidad de enamoramiento que los ojos, nada imprime, sin embargo, más personalidad y carácter.
A Cyrano de Bergerac le concedió la eternidad su famoso apéndice nasal, que robaba el aire. Le llamaban Ladrón de oxígeno. Merlier fue el ladrón de la gloria. Les robó la felicidad al resto.
En la región de la Dordoña, tierra de viñedos y bucólicos paisajes, con su río amplio que nace en el macizo central, sus bosques de estupendo verde, frondosos, magníficos, se amontonan los castillos majestuosos.
En Bergerac se recuerda a Cyrano, que fue poeta, dramaturgo, bon vivant y amante de los duelos de honor. Un par de estatuas festonean al personaje, que también fue filósofo. Cyrano, que murió joven y más pobre que rico, está irremediablemente unido a la ciudad.
El calor obliga a reducir la etapa de este domingo
El Tour, preso del calor, recortará la etapa prevista para este domingo. Los organizadores indicaron que la etapa, que en su diseño inicial iba a tener 185,5 kilómetros, pasará a tener 155,5, tras haber quitado un tramo de la parte inicial de la carrera, que partirá de Malemort.
La modificación no afecta a ninguno de los cuatro puertos puntuables previstos en el recorrido. Los servicios meteorológicos prevén que los termómetros puedan alcanzar hasta los 40 grados en la jornada, que cierra la primera semana de competición antes de vivir la primera jornada de descanso.
De la imaginación de Rostand germinó Cyrano de Bergerac, una de las grandes obras del teatro francés. El libreto narra en cinco actos, con sus licencias creativas, la vida del poeta y escritor.
Cuenta la historia de Cyrano, un espadachín genial con la esgrima de la palabra, pero profundamente inseguro debido a su fealdad, auspiciada por una nariz superlativa. Cyrano está enamorado de Roxana en secreto. Ocurre que su amada le confiesa que se ha enamorado de Christian, un cadete de escasa expresividad.
Enamorado hasta el tuétano, Cyrano propone un pacto a Christian: él escribirá las cartas de amor apasionadas y las firmaría a nombre de Christian. El manejo de la escritura y el talento literario espolean a Roxana, que se entrega a la mente y el alma de su pretendiente. Ambos se casan.
En el ocaso de la obra, se ilumina la verdad sobre las cartas y el autor intelectual de las bellas palabras revelada tras la muerte de Christian en la guerra y poco antes de que Cyrano fallezca.
Pogacar continúa en el liderato.
En Bergerac también se rememora a Jacques Anquetil, elegante francés, un campeón con todo su charme y su glamour, vencedor en 1961 de una crono en Bergerac y del Tour.
En el mismo lugar pero en dirección opuesta, Miguel Indurain, otro campeón enorme, aplastó el reloj en una crono larguísima, de 64 kilómetros. Allí ató su cuarto Tour. Era 1994. Entonces la prensa francesa le llamó Tirano de Bergerac.
Tour de Francia
Octava etapa
1. Tim Merlier (Soudal) 3h52:20
2. Biniam Girmay (NSN) m.t.
3. Olav Kooij (Decathlon) m.t.
4. Jasper Philipsen (Alpecin) m.t.
5. Pavel Brittner (Picnic) m.t.
6. Rick Pluimers (Tudor) m.t.
7. Pascal Ackermann (Jayco) m.t.
124. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 1:49
150. Ion Izagirre (Cofidis) m.t.
152. Alex Aranburu (Cofidis) m.t.
General
1. Tadej Pogacar (UAE) 28h49:07
2. Jonas Vingegaard (Visma) a 2:42
3. Isaac del Toro (UAE) a 3:27
4. Remco Evenepoel (Red Bull) a 3:30
5. Juan Ayuso (Lidl) a 3:34
6. Paul Seixas (Decathlon) a 3:55
7. Florian Lipowitz (Red Bull) a 4:00
40. Ion Izagirre (Cofidis) a 39:34
95. Alex Aranburu (Cofidis) a 1h19:52
123. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 1h29:14
Calor insoportable
Ni los viñedos de Bergerac que se extienden a lo largo de ambas orillas del río Dordoña servían de inspiración en otro día de calor tirante, piel de tambor en un Tour que se abrasa, que pide clemencia, agua y hielo.
Un alivio para el organismo, lacerado por un sol que coloca corbatas de plomo para la asfixia, que llena de polvo y arena los pulmones, jadeantes, arrítmicos, pinzados por la tenaza del bochorno, que no da tregua.
Rodaban los ciclistas enchepados, aplanados por el calor doliente que dibuja sombras cortas y duras sobre el asfalto, crepitante.
Es el Tour un crematorio, de nuevo el termómetro próximo a los 40 grados. Es una tortura. Los ciclistas buscan consuelo con las jorobas de hielo sobre la nuca a modo de dromedarios.
Slock, durante el tramo de fuga en solitario.
Solo el agua y el hielo les dio paz en la travesía hacia Bergerac, en la que Otruba, Guernalec y Slock se unieron en ese recorrido de novicios. Los tres son nuevos en el Tour. El suyo fue un viaje iniciático. En el pelotón, Pogacar y el resto de jerarcas tachó otro día de asueto.
Adolescentes quemando la vida, con esa pasión arrebatadora de quienes viven la vida a bocados de adrenalina y estímulos.
Rodaba el trío con el entusiasmo de los descamisados, que, aunque rebeldes, conocen que su suerte está echada y que el ascensor social siempre está estropeado para ellos en la sociedad del pelotón, tan encastada y jerarquizada.
Slock roza el triunfo
Solo los desesperados poseen el arrojo de enfrentarse a un sistema que no premia a los disidentes. El rebaño, pastoreado por los equipos de los velocistas, no interpela al poder establecido.
En las jornadas llanas predestinadas al esprint, nadie se mueve más de la cuenta para que no le señalen. El stablishment rechaza cualquier intento de altercado, pero son demasiados lo que comprar la mercancía averiada de un mensaje que va en contra del espíritu de la competición.
Tantos los nombres que no tendrán una sola oportunidad en el Tour porque no se atreven a proponer algo audaz, distinto e incómodo que suponga un desajuste de lo que tiene que ser según los patrones. Les puede la inercia y el conformismo.
Otruba, Guernalec y Slock, capaz de vencer una etapa mientras se caía, no tenían intención de rendirse. El belga deshilachó a Otruba y Guernalec atravesada la Côte du Buisson-de-Cadouin.
El suyo era el último chasquido romántico, como el susurro de la melancólica trompeta de Chet Baker en una huida hacia delante.
Un verso suelto. Insurrección. La intriga gobernaba la persecución del belga, que buscaba la victoria de los vencidos. Slock contra el mundo. A falta de 1,5 kilómetros, el belga tuvo que rendirse después de un día en fuga. Gloria y honor para él.
Se olfateaba el olor que supura la adrenalina del esprint. El intenso perfume de los velocistas que dejan un rastro efímero flotando en el aire.
El aroma de la victoria embriagaba Bergerac, donde asomó, puntiaguda, mandona y altiva la nariz del belga. Merlier presume de nariz.