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Mas se pone al rojo vivo

El mallorquín se exhibe y afianza el liderato en Calar Alto, donde desde la fuga se impone el imberbe Omrzel por delante de un bravo Urko Berrade
Enric Mas, imperial en la Vuelta que lidera. / Movistar / Sprint Cycling

El Observatorio Astronómico de Calar Alto, donde crecen los champiñones, telescopios fastuosos todos ellos que acercan el misterio de la vida al ser humano, que sirven para mirar a las estrellas y entender mejor el universo, son un decorado fantástico para un filme de ciencia-ficción.

La Vuelta, caído en desgracia su superhéroe Tadej Pogacar, se convirtió en el plató de lo inesperado. Ahí surgió la estrella de Enric Mas, al que nadie esperaba en la Vuelta. Ni los sueños, tantas veces pesadillas para el mallorquín.

Omrzel festeja la victoria, su descorche en una grande. Bahrain / Sprint Cycling

En Calar Alto, donde venció desde la fuga la joven luminaria Jakob Omrzel, veinteañero esloveno desde la fuga, por delante del bravo Urko Berrade, sensacional, solo superado por Omrzel el navarro, se rebeló Enric Mas para fortalecer el liderato.

El mallorquín arrancó 26 segundos de las montañas para su causa tras someter a Felix Gall, Primoz Roglic y Richard Carapaz, que compartieron plano e impotencia ante el renacido mallorquín, liberado de los fantasmas del pasado. Enric Mas sonrió otra vez. No necesitó lanzar un grito liberador que se escuchara entre las cumbres. Le bastó con su ciclismo.

Mas se refuerza

Habla con los pedales el mallorquín, más cerca de Granada. Mas tiene una ventaja de 1:56 respecto a Roglic y de 2:06 sobre Felix Gall. Desde Almería, el mallorquín se acoda a las vistas a la Alhambra. Inmejorable la visión desde Calar Alto. Allí, Urko Berrade respiró una enorme actuación. Solo Omrzel le superó. “Era una subida de piernas y él ha sido mejor”, apuntó el navarro.

A la corona de la cima almeriense, donde antes se posaron Roberto Heras, Igor Antón y Miguel Ángel López, se llegaba con la mochila repleta de sufrimiento, pidiendo clemencia, en un día de limpio cielo, inmaculado, un friso magnífico para la imaginación que enmarcó a un Enric Mas superlativo, lejos la melancolía tantas veces impresa en su rostro.

En Calar Alto encontró el mallorquín la felicidad. Calar Alto, sus laderas calvas, sus lomas oscuras, despobladas eran el destino de la Vuelta.

Tras los lamentos de Velefique, Buitrago, Berrade, fantástico, Bisiaux y Omzerl se quedaron a solas en una montaña desolada.

Decathlon llamó a zafarrancho entre los nobles. Redoble de tambores. Gall quería que todo ardiera. Deseaba un giro al infierno. Mas, contendido, resistía con Roglic, Onley y Carapaz.

El resto eran los sherpas del austriaco. Gall, impaciente en exceso, no pudo esperar y danzó su claqué. Mas y Roglic se pegaron a su sombra. Onley y Carapaz se resquebrajaron.

Calar Alto arrancó las caretas de inmediato. Omzerl y Berrade se miraban a los ojos. A solas ambos. Berrade tenía las piernas de los fastos de la Vuelta de 2024, cuando triunfó en Izki.

El esloveno, rostro de muchacho, le probó varias veces. A todas respondió el navarro, hasta que entró en crisis en otra de las embestidas de Omrzel, libre, ligero. Berrade comprendió que la gloria no sería para él. Esa sensación de victoria también se posó sobre Mas.

Berrade, sensacional, logró la segunda plaza. Kern Pharma / Sprint Cycling

Reconfigurado, en su mejor versión, lejos del peso que le sometía, de la presión que le asfixiaba y la expectativa que le nublaba, sin la presencia del caído Pogacar, enfatizó su figura el líder. El mallorquín, el más fuerte, aleteó con energía cuando restaba una decena de kilómetros para la cumbre. Gall y Roglic se replegaron. Elevaron los hombros. Mas abrió una brecha. Bailaba en medio minuto de ventaja.

Cada palmo era la conquista ardua, penosa, de una montaña. El calor horneaba cada centímetro de piel. Raúl García Pierna esperó la llegada de Mas. Le refrescó la moral. Carapaz y Bisiaux revivieron y enlazaron con Gall y Roglic.

El pleito era un asunto de segundos. La Vuelta se disputa a quemarropa. Mas, en solitario, egregio, elevó el mentón. Orgullo y pasión. Danzante sobre los pedales en un actuación sensacional. Convencido, sin miedo. Mirando al frente. Sin girar el cuello.

El nuevo Mas disfrutaba en una subida agonística, un pasillo elevado de aspecto patibulario. En un lugar donde los telescopios casi pueden tocar las luminarias, los hombres, insignificantes, reptan y balbucean por el asfalto, crepitante.

El trabajo de Pello Bilbao

“Calar Alto es un puerto exigente, un puerto que en los 10 últimos kilómetros estás por encima de los 1.800 metros, y cada esfuerzo cuenta”, expuso Pello Bilbao, impagable su tajo para el festejo de Omrzel.

A Calar Alto se llega padeciendo a través del interminable Velefique, un puerto trazado de zeta en zeta, imponente, descorazonador, con la vegetación escasa y la piedra volcánica negra como la noche brillante en un día claro.

La luz que quema en un paisaje próximo al desierto de Tabernas, donde se rodaban los spaghetti western. Almería sonaba entonces a Ennio Morricone y se cubría del sol con sombreros de pistoleros y el poncho de Clint Eastwood, epítome de aquellos filmes de planos cortos, gestos adustos, rostros sudados, pistoleros sucios y miradas aviesas.

Lugar para el padecimiento y la asfixia. Una habitación con la ventanas tapiadas en el sufrimiento. El bochorno, plomizo, enajenó al pelotón. El sol asesino arrodilla a los hombres, que despavoridos por la abrasión huyen para escapar.

Hasta las sombras se agobian en carreteras que maldicen, que muerden e incordian al organismo, maltratado en tierras almerienses, con la Vuelta tachonada en el sur. Volaron los dorsales, hasta una treintena, nueve de ellos vencedores de etapa en la carrera. Una travesía árida, desértica, de tierra quemada.

Un fuga de calidad

Dejaron el nido con pasaportes falsos en una huida de ilustres, con Van Aert, Pello Bilbao, Lutsenko, Berrade, Omrzel, Buitrago, Castrillo, Haig, Bisiaux, Almeida o Johannessen, entre otros. Nadie quería esperar bajo el fuego, solo mitigado por el agua fresca y las bolsas de hielo en la nuca.

Mejor aventurarse porque la desventura era permanecer. Enloquecidas las piernas. Un día de furia. Se disparó la jornada entre campos minados de penuria y dinamita en el polvorín.

Enric Mas, de rojo, líder, no involucró a sus muchachos en la caza. Esa pose fortaleció a Omrzel, refugiado en la fuga desde el anonimato.

El muchacho esloveno sonreía porque, décimo en la general, su bocado era magnífico. Velefique, 13,2 kilómetros al 7,1%, y Calar Alto, 17 kilómetros al 5,6%, determinarían su suerte y la del resto.

Almeida, a pecho descubierto, el maillot a dos aguas marcó el compás en la fuga hasta que se derrengó. La escapada era una cuestión de supervivencia. Velefique se encargaba de ir descartando y apaleando a los menos fuertes.

Pello Bilbao, constante, consistente, contribuyó a la deforestación, similar a la de un paraje yermo que se burlaba con la lengua de asfalto negra. Omzerl y Bisiaux buscaron su opción en una ascensión que era saeta y letanía.

Romeo era el caballo de tiro de Enric Mas en un grupo que había adelgazado por el efecto del Ozempic de las montañas duras, ariscas, abiertas al padecimiento.

Carapaz, corajudo, valiente, atado a su carácter impetuoso, se activó. Buscaba guerra. Camina o revienta. Pedaleaba con el alma Carapaz, pero eso no le alcanzó.

Mas, sereno, no se movió. Se ahuecó en el ritmo de Romeo. Alrededor del líder se arremolinaban Roglic, Kuss, Gall, Onley, que se raspó kilómetros atrás en una caída. Todos cosidos en el mismo pañuelo de un puerto sin piedad.

En la cima de Velefique se mantenía, intacta la misma radiografía, aunque las termitas de la fatiga mordían las piernas y los pulmones acumulaban arena. Fue la antesala del infernal Calor Alto. En medio de esas piedras calientes, en el centro del infierno, Mas se pone al rojo vivo.

03/09/2026