Vida y estilo

Más allá de la vergüenza: la explicación científica a por qué nos ponemos colorados

El rubor facial es una respuesta fisiológica automática e incontrolable que dice de nosotros mucho más de lo que pensamos
Una mujer se tapa las mejillas para evitar que se le vea el sonrojo.

Una pregunta inesperada, un comentario fuera de lugar o una mirada que sentimos demasiado directa pueden desencadenar una situación incómoda y con ella, en nuestro rostro, el consiguiente rubor facial. Primero llega el calor, luego se intensifica con una sensación de fuego bajo la piel y, casi sin darnos cuenta, la cara se nos pone roja como un tomate.

Lo peor de todo en esos casos es que no hay forma humana de disimular y, además, por si los demás no se han dado cuenta, siempre habrá alguien que estará dispuesto a pregonarlo; como consecuencia, el bochorno está servido.

Una reacción inevitable

Y es que, ponerse colorado es un acto tan común como incómodo y, aunque la mayoría de las personas lo asocia a vergüenza, timidez o inseguridad, lo cierto es que tiene una explicación científica. Se trata de una respuesta fisiológica automática e incontrolable, que puede aparecer en cualquier persona y en diferentes contextos.

El origen del rubor facial está en el sistema nervioso y en la gran cantidad de vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas que tiene la piel del rostro. Cuando nos enfrentamos a una emoción intensa, se activa el sistema nervioso autónomo, se libera adrenalina, aumenta la frecuencia cardíaca y los vasos se dilatan. La sangre fluye con más intensidad hacia la cara y el enrojecimiento se hace visible.

La intensidad del rubor dependerá, entre otros factores, del tono y grosor de la piel o de la capacidad de dilatación de los vasos sanguíneos.

Aunque, como ya hemos dicho, solemos relacionar el rubor con la timidez o con el miedo al ridículo, no es exclusivo de personas tímidas. Cristina Ruiz Coloma, psicóloga del Centro Médico Teknon, recuerda que “nos sucede a todos, en mayor o menor grado, y no siempre está provocado por vergüenza; en muchos casos responde a una predisposición fisiológica”.

Un hombre se cubre el rostro en un ataque de timidez.

Obsesión

Si el rubor se repite con frecuencia y se convierte en una obsesión, pasa a ser un problema y se llama eritrofobia: el miedo intenso a ponerse rojo en público. Según los especialistas, el primer paso para romper ese círculo vicioso es la aceptación.

Desdramatizarlo es clave. No es algo grave ni anormal”, señala Ruiz Coloma. Técnicas de respiración y de relajación pueden ayudar a reducir la ansiedad y, con ella, la intensidad del enrojecimiento. Cuando detrás hay inseguridades profundas o una baja autoestima, buscar ayuda profesional puede marcar la diferencia.

En situaciones extremas, y solo como último recurso, existe una intervención quirúrgica -la simpatectomía endoscópica torácica- que se utiliza también para la hiperhidrosis. Consiste en interrumpir ciertos nervios del sistema simpático, aunque no está exenta de riesgos y no suele recomendarse salvo en casos muy severos.

Efectos positivos

Sin embargo, el rubor, no puede considerarse siempre como algo negativo. Diversos estudios sugieren que ponerse colorado puede tener efectos positivos en nuestras relaciones sociales. Para Peter J. de Jong, profesor de psicología en la Universidad de Groninga (Países Bajos), el rubor transmite empatía y arrepentimiento tras una falta, lo que hace que los demás nos perciban como personas más de fiar, nos juzguen menos y nos perdonen más fácil.

Esta idea no es nueva, ya que Charles Darwin, en su obra La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, ya definió el sonrojo como “la más peculiar y la más humana de todas las expresiones”. Desde un punto de vista evolutivo, mostrar de forma involuntaria nuestras emociones habría servido para reducir conflictos y facilitar la convivencia social.

Además, también hay que decir que no siempre nos ponemos rojos por vergüenza, sino que puede haber otras causas. El alcohol, las comidas con muchas especias, el ejercicio intenso, el calor o ciertas etapas vitales, como la menopausia, pueden provocar rubor facial. Algunas afecciones médicas, como la rosácea o la insuficiencia venosa, también influyen.

En definitiva, sonrojarnos es una reacción natural, humana y universal y, aunque puede resultar incómoda, también releva algo muy valioso sobre nosotros como es nuestra capacidad de sentir y de mostrar vulnerabilidad.

20/02/2026