El Teatro Arriaga de Bilbao acoge este viernes el estreno absoluto de Amalur Indarra, la nueva producción de Lucía Lacarra Ballet, que propone una profunda reflexión sobre la convivencia entre la esencia humana y la tecnología. Para Lacarra, la irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito creativo supone un desafío que no debe ser ignorado por el arte, ya que, aunque estas herramientas han llegado para quedarse, es fundamental mantener el control sobre ellas. Entrevistada en Las mañanas de Onda Vasca, Lacarra ha apuntado: "Lo que tenemos que hacer nosotros, los humanos, es aprender a utilizar estas tecnologías en nuestro beneficio y no dejar que tomen tanta importancia en nuestras vidas que terminen por controlarnos".
El espectáculo utiliza estas siglas -AI- no solo para referirse a la tecnología, sino para evocar la fuerza de la madre tierra (Amalur Indarra), contraponiendo la frialdad del algoritmo con la identidad y las raíces culturales. La propuesta escénica traslada este debate al espectador mediante una innovadora puesta en escena donde la luz láser adquiere un rol protagonista, simbolizando la presencia invisible pero dominante de la tecnología. La coreografía se diseñó de forma conjunta con estos efectos lumínicos para representar cómo la inteligencia artificial controla y limita el espacio a los intérpretes en el escenario.
Más allá del componente tecnológico, Amalur Indarra conecta la inteligencia artificial con el cambio climático, sugiriendo que el enfoque excesivo en el progreso y el futuro nos hace olvidar la protección de nuestro propio planeta. Para Lacarra, este proyecto tiene además un fuerte componente emocional, al haber sido gestado íntegramente en Zumaia, su localidad natal, cerrando un círculo personal y profesional tras décadas de trayectoria internacional. La obra, que cuenta con el diseño de vestuario de Betitxe Saitua, utiliza uniformes para ilustrar cómo la tecnología puede despojar al individuo de su identidad. Con este estreno, la bailarina reafirma su compromiso con una evolución constante que prioriza la "inteligencia emocional" frente a la artificial sobre la que reflexiona el espectáculo.