Una vez que Rubia dejaron de tocar en los primeros meses de la pandemia, Sara Iñiguez, su líder, se puso en la piel del personaje de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó y, a su manera, evocó la mítica frase de la película: “Me dije, a Dios pongo por testigo que nunca más volveré a estar sola en un grupo”. El proyecto pop, en el sentido más amplio de la palabra, que había alumbrado a principios de los dos mil devino así en una misión compartida junto a su actual grupo de acompañamiento, The Bandits. Con sus nuevos compañeros de formación, lleva tocando desde el año pasado tras haber permanecido exactamente un lustro en barbecho.
Sara siempre ha huido de la urgencia del presente, refugiándose en los sonidos y la estética vintage del siglo pasado. Ahora, tras mucho tiempo, vuelve a sentirse arropada en esta nueva etapa de Rubia. “Con Bandits, todos formamos parte de un mismo organismo. Ya no me siento sola. He vuelto a recuperar la alegría de tener un grupo en el que todo el mundo aporta y pone de su parte”, recalca la cantante getxotarra, que también ha colaborado como corista en discos de Extremoduro, Fito y Fitipaldis y M-Clan.
Rubia surgió como un proyecto de rock abierto y sin miedo a llegar al gran público.
Los años 90 fueron la última década de música realmente creativa y libre. Fueron tan intensos que en los principios de los dos mil empezó lo que yo le llamó el hype. No hacía falta que todo fuera tan verdadero, bastaba con que lo pareciese. En el 2004 hice mis primeros pinitos por mi cuenta. Hoy en día no sacaría ese disco (Nº1 ya a la venta) porque para mí fue un ejercicio de cómo se construye una canción. Por eso, del primero al segundo (2036), hay un salto y luego me voy reconcentrando en mí misma.
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¿En qué punto está ahora Rubia?
Lo más importante de la música es que te conecte con un lugar en el que te vuelves más libre. Que la gente que venga a vernos, aparte de conectar con la música y pasárselo guay, porque, para mí, el único propósito del rock and roll es divertirse, se vaya a su casa con la mente y el corazón más abiertos. Con un espíritu de soberanía personal que para mí es el rock and roll. Un espíritu de propósito a nivel interno, que tiene que ver con quiénes somos; con la libertad, en definitiva. Ahora estoy en ese punto. Mi propósito no tiene nada que ver con hacer pasta ni ser famosa.
Cambia de género prácticamente de un disco a otro. ¿Qué le mueve a probar cosas nuevas?
Hay una tendencia muy típica en la música que es la de copiarse a sí mismo cuando una fórmula da cierto éxito. En mi caso, yo tenía una máxima que era intentar romper otro muro que te lleve a otro estilo, porque a mí me gustan muchos géneros de música pop. Lo mismo te puedo escuchar folk inglés de los 60, que psicodelia, americana… Soy muy anglófila, eso sí. Tiendo mucho a escuchar grupos ingleses y americanos. Con el último disco (Only for Lovers) intenté hacer una música más oscura, el disco pasado (The game) era más soul, el anterior (Barman), más de mediados de los 60 y americano… Le voy dando distintos matices a mi música porque, primero, me gusta probarme a mí misma cuánto de versátil puedo ser; también me gusta mandar yo y decirle al público lo que va a escuchar. Todos los músicos que me han gustado son aquellos que tienen la capacidad de llevarte por vericuetos distintos. No quiero copiarme a mí misma, sino abrirme a otros territorios y otros terrenos.
The Magic Teapot, empapados de lisergia
Sara Iñiguez empezó a abrirse camino en la música siendo prácticamente una adolescente en la banda The Magic Teapot. Aquel proyecto impregnado de psicodelia sesentera dio la campanada al lograr imponerse en la octava edición del Villa de Bilbao en 1996. Tuvieron un pequeño gran momento de gloria en un contexto de efervescencia para el rock en Bizkaia. Sara entró como vocalista principal con el grupo ya formado y con una dirección muy concreta, pero su incursión fue vital para darle el empujón necesario a este proyecto de rock lisérgico. “Cuando yo entré, hubo un disparador”, recuerda. The Magic Teapot no pudo desarrollar una carrera musical a la altura de las expectativas creadas. Desde entonces, la banda se ha vuelto a juntar alguna que otra vez para desempolvar en directo temas propios y versiones de viejas glorias del acid rock californiano como Grateful Dead.
Territorios bastante definidos en su universo musical.
Siempre voy a ser un poco retro. Me gusta mucho la música que se hacía antes por muchísimos motivos y porque creo que todo estaba más conectado con el espíritu. Tenía una carga muy alegre y eso es lo que a mí me gusta. Que de repente oigas música y te pongas más contento.
En pandemia hubo un hiato de varios años. ¿Qué pasó ahí? ¿Pensó en disolver el proyecto?
Ahí pasaron mogollón de cosas. A nivel mundial hubo un parón supergordo en 2020, que hizo que todo el mundo se replanteara muchísimo quién era y no lo que hacía, sino desde dónde lo hacía. De repente llegó un gran secuestro que, para mí, fue un plan para ver cuánto estábamos dispuestos a obedecer y someternos. Esto es a título personal, pero es que yo lo viví así. Tocar y divertirse pasó a un segundo plano y tuve que reubicarme y ver cuánto estaba dispuesta a ceder por mi libertad.
Se negaba a tocar en directo delante de gente con mascarilla.
Eso lo tenía clarísimo. Mi prioridad era ser disidente, desobedecer. Todo aquello que me había llevado al rock, que no solo me gustaba por la música que hacían en un escenario, sino también por lo que decían en sus entrevistas. El movimiento de los años 60 estaba muy unida a la libertad del ser humano, una especie de espiritualidad política.
Los años de la contracultura.
Sí. Yo me esforcé más en centrarme y en ser contracultural. Tocar en ese momento suponía tocar delante de gente que estaba atornillada a una silla y que no se podía saludar. Y yo quería ser un ser libre. Pensaba: si no tengo que tocar, pues no toco, pero por algún lado saldré.
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El regreso de Rubia se consumó en mayo del año pasado en la Atalaia de Gardoki con los guipuzcoanos Lie Detectors. ¿Ese fue el punto de inflexión del regreso de la banda?
Sí. El último concierto que hicimos, digamos, libre fue en la Atalaia. Vino la policía y todo, pero nos dejaron tocar y se quedaron viendo el concierto. Quisimos darle continuidad volviendo al mismo sitio en la misma fecha, pero cinco años más tarde. Fue un fiestón. Nos lo pasamos genial.
Ha hecho coros en varios temas de Extremoduro. ¿Cómo le pilló el repentino fallecimiento de Robe Iniesta?
Fue una hostia, un mazazo. Por otro lado, soy de las que piensan que la muerte no existe y que la gente se va cuando ha terminado su cometido para luego volvernos a ver todos. Sé que ya hemos estado juntos antes y que volveremos a estar juntos después. Y cuando la gente se va, en cierta forma, me alegro un poco por ello. La vida real es la del otro lado: aquí lo que hacemos son como incursiones para vivir películas en las que cada uno de nosotros hacemos un papel determinado. Pero, en realidad, nosotros somos mucho más grandes que eso.
Durante un tiempo estuvo pinchando en el bar Freeway de Madrid. ¿Era de las que aceptaba peticiones?
Alguna vez que alguien me hacía bajar de la cabina del Freeway, que estaba lejos del público, sí que ponía la música que me pedían. Normalmente, te suelen pedir cosas que entran dentro de tu estilo.