A las puertas del verano, seguro que muchas familias se están planteando la posibilidad de que sus hijos vayan a un campamento. Unas veces son los niños quienes lo piden para poder disfrutar de unos días de libertad, en la naturaleza, sin sus padres y sin horarios, y otras son los adultos quienes ven en esa actividad una oportunidad para que los menores socialicen y se vuelvan más autónomos. Sin embargo, ¿cuál es la edad en la que un niño está listo para vivir y disfrutar esa experiencia?
Lo cierto es que no hay una única edad que sirva para todos por igual. Entonces, ¿en qué debemos fijarnos para valorar si está ya preparado o si todavía es pronto? La educadora, psicóloga y psicopedagoga Jennifer Delgado señala en Ser padres que la clave no está tanto en los años, sino en la madurez a nivel emocional, en la autonomía y en la capacidad de adaptarse a los cambios que tenga el niño. La experta señala que reflexionar sobre estos aspectos ayudará a tomar una decisión.
Un niño se tapa los oídos mientras grita con rabia.
Separación y autonomía
Una de las señales más importantes que indican si el niño está preparado o no es cómo lleva separarse de sus padres. Echar de menos es normal y llorar un rato al despedirse, también; sin embargo, el problema aparece cuando cada separación se convierte en una fuente de ansiedad intensa. Si quedarse con los abuelos, ir a una excursión o dormir en casa de un amigo acaba siempre en angustia, quizá todavía necesite algo más de tiempo.
También conviene fijarse en la autonomía del menor y en su independencia a la hora de hacer determinadas tareas cotidianas como vestirse, ducharse, cepillarse los dientes o cuidar de sus cosas. Aunque no es imprescindible, sí es recomendable que no dependa constantemente de un adulto para resolver lo más básico.
Una chica se ata los cordones de las zapatillas.
Pedir ayuda y gestionar la frustración
La experta apunta a otro aspecto fundamental, y muchas veces olvidado, que es si el menor sabe pedir ayuda. En un campamento surgen continuamente pequeños problemas, como roces con otros niños, pérdida de objetos personales o miedos nocturnos, y saber acercarse a un monitor y explicarle lo que le pasa es una habilidad mucho más importante de lo que parece.
También es importante observar cómo gestiona la frustración. Y es que, aunque los campamentos son un buen plan, suelen ser habituales los pequeños contratiempos. No siempre toca dormir donde uno quiere, ni la comida es como la de casa, ni a veces las actividades encajan por igual con los gustos de todos los niños. Si cualquier mínima dificultad en casa termina en una fuerte rabieta, puede ser una señal de que todavía necesita desarrollar herramientas emocionales antes de enfrentarse a una experiencia así.
¿Interés del niño o de los padres?
Otro indicador bastante fiable es el interés real del niño, porque una cosa es animarle y otra muy distinta obligarle. Hay padres convencidos de que el campamento le vendrá fenomenal, pero si el menor lo vive como una imposición, el resultado puede ser justo el contrario.
Si ni el niño ni los padres lo tienen muy claro, lo mejor suele ser empezar poco a poco. Un campamento urbano, actividades de día o incluso dormir antes en casa de familiares o amigos pueden servir como entrenamiento emocional antes de dar el salto a pasar varios días fuera de casa.
Y hay algo más que muchos especialistas recuerdan y es que los padres también tienen que estar preparados; si los adultos transmiten inseguridad, miedo o dudas constantes, los niños lo perciben enseguida. Por todo ello conviene informarse bien sobre el campamento, conocer a los monitores, visitar las instalaciones si es posible y resolver todas las preguntas antes de que llegue el gran día.
Al final, no se trata de poner a prueba la fortaleza o la independencia del niño, sino de que este viva una experiencia positiva, divertida y enriquecedora. Y para ello deberá contar con las herramientas básicas necesarias para vivir y disfrutar de unos días que seguro que recordará el resto de su vida.