La frontera entre el cerebro humano y la inteligencia artificial (IA) acaba de volverse mucho más delgada, y nunca mejor dicho. Un grupo de investigadores de la Universidad de Columbia (Nueva York), Stanford (California), la Universidad de Pensilvania y el Hospital Presbiteriano de Nueva York han presentado BISC (Biological Interface System to Cortex), una interfaz cerebro-computadora de nueva generación que promete transformar la relación entre neuronas y algoritmos.
Y es que BISC no es solo un implante cerebral más, sino que es una plataforma diseñada desde cero para dialogar con sistemas de IA avanzada, capaz de transmitir datos neuronales a gran velocidad, casi en tiempo real. Su objetivo es muy ambicioso: convertir la superficie del cerebro en un pequeño data center biológico conectado directamente a modelos de aprendizaje profundo.
Una mano robótica sujeta una recreación de un cerebro humano.
Un chip del grosor de un cabello
El núcleo de BlSC es un único chip de silicio ultrafino, de apenas 50 micrómetros de grosor, parecido al ancho de un cabello humano, y con un volumen total de solo 3 mm³.
Su flexibilidad permite colocarlo entre el cráneo y la superficie del cerebro, apoyándose sobre la corteza "como un papel de seda húmedo", según describen sus creadores.
A diferencia de las interfaces cerebro–computadora existentes hasta ahora, que requieren grandes implantes, cables y electrónica distribuida por el cuerpo, BISC integra todo en un solo chip.
En ese espacio microscópico se concentran 65.536 electrodos organizados en una matriz de 256×256, 1.024 canales de registro simultáneo, 16.384 canales de estimulación cerebral, radio, gestión de energía, control digital y conversión de datos, y todo sin ningún cable atravesando el cráneo ni baterías internas.
Streaming neuronal a 100 Mbps
Sin embargo, el verdadero salto tecnológico de BISC no está solo en su tamaño, sino en su capacidad de transmisión de datos. El implante se comunica de forma inalámbrica con una estación de retransmisión portátil mediante radio de banda ultraancha, alcanzando velocidades de hasta 100 megabits por segundo.
Según los investigadores, esto supone al menos 100 veces más ancho de banda que cualquier BCI inalámbrica actual. Para la IA, esta cifra lo cambia todo. Por primera vez, es viable transmitir señales corticales de alta resolución en tiempo real, alimentar directamente modelos de deep learning con datos neuronales crudos y crear bucles cerrados donde la IA interpreta, responde y estimula el cerebro en milisegundos.
En la práctica, esto se traduce en que el cerebro deja de ser una fuente de datos intermitente y se convierte en un flujo continuo de información, algo radicalmente distinto a los EEG (electroencefalogramas) tradicionales.
Conexiones en torno a un cerebro humano.
IA en el centro del sistema
BISC ha sido probado en modelos animales y en registros humanos de corta duración. En combinación con modelos de inteligencia artificial, el sistema ya ha demostrado que puede decodificar intención de movimiento (alcance y agarre), reconstruir respuestas de la corteza visual ante imágenes complejas y analizar patrones espaciales y ondas cerebrales ligadas a atención, memoria o percepción.
La arquitectura está pensada específicamente para la IA: redes neuronales profundas, transformers y modelos generativos que aprenden a mapear patrones cerebrales con estímulos, acciones o estados internos.
De la clínica al futuro de la IA agéntica
A corto plazo, las aplicaciones más claras de BISC son médicas, en concreto para casos de epilepsia resistente a fármacos, lesiones medulares, ELA, ictus, prótesis robóticas o restauración parcial de la visión y el habla mediante estimulación cortical.
Sin embargo, su impacto va más allá de la medicina, y es que sistemas como BISC apuntan a un futuro donde la IA no solo procesa texto o imágenes, sino datos neuronales en tiempo real, adaptándose dinámicamente al estado del usuario. Así, es el primer paso hacia una IA agéntica embebida en el sistema nervioso, capaz de cerrar el ciclo percepción, inferencia y acción directamente en el cerebro.
La neuroprivacidad, a debate
Toda esta revolución lleva a hacerse inevitablemente preguntas como ¿quién es el dueño de los datos neuronales?, ¿cómo se protegen las inferencias sobre emociones, intenciones o preferencias? o ¿necesitamos nuevos marcos de neuroderechos?
BISC aún está en fase preclínica, pero ya su sola existencia acelera el debate. Mientras la IA generativa avanza en software, proyectos como este muestran que la otra gran carrera tecnológica actual se libra en el hardware que conecta la IA con lo más íntimo que tenemos: el cerebro. Y si algo queda claro es que esta conexión ha dejado de ser ciencia ficción para empezar a parecerse ya a una hoja de ruta real.