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La escalada bélica en Oriente Medio y la disrupción del estrecho de Ormuz, una de las principales arterias energéticas del mundo, están alterando las perspectivas de negocio de las aerolíneas estadounidenses, que han comenzado a recortar previsiones para 2026 ante el fuerte encarecimiento del combustible para aviones.
La primera gran señal llegó esta semana de la mano de United Airlines, que rebajó sus previsiones anuales y anunció una reducción de capacidad, con menos vuelos y ajustes en su red de rutas.
La empresa indicó que sus gastos en combustible crecieron 340 millones de dólares en el primer trimestre respecto al mismo periodo del año anterior, y prevé un precio medio del galón (3,78 litros) de queroseno de 4,30 dólares (equivalente a unos 180 dólares por barril) para el segundo.
Antes del estallido del conflicto en Oriente Medio, el combustible para aviación se situaba en torno a los 2,1 o 2,2 dólares por galón (unos 90 dólares por barril) en el mercado estadounidense.
El combustible suele representar entre un 20 % y un 35 % de los costes operativos de las aerolíneas y, ante esta tesitura, el consejero delegado de United, Scott Kirby, avanzó que la empresa mantendrá una estrategia "prudente" a corto plazo y que buscará contener costes, aunque defendió la solidez financiera de la firma.
Unos días después, American Airlines siguió el mismo camino al revisar a la baja sus expectativas de beneficios para 2026 y advertir de un aumento superior a 4.000 millones de dólares en costes asociados al combustible.
Su director ejecutivo, Robert Isom, aseguró que la compañía reaccionará con rapidez, "adaptando la oferta de vuelos si fuera necesario".
Vulnerabilidad del mercado estadounidense
Aunque Estados Unidos goza de una posición más sólida que Europa o Asia por su capacidad productora de petróleo y refinado, las grandes aerolíneas del país no han escapado al impacto de una subida que afecta a márgenes, rutas y planes de crecimiento, agravada por su menor uso de instrumentos de cobertura.
Según explica a EFE el académico Antonio Jesús García Amate, profesor de UNIE Universidad, hay una diferencia clave entre las aerolíneas estadounidenses y las europeas: en EE.UU. apenas se utilizan mecanismos de protección para asegurar costes a largo plazo, por lo que quedan más expuestas a subidas repentinas del mercado.
"Esa falta de protección las ha dejado especialmente vulnerables", señala.
"El incremento del coste del combustible elimina buena parte del beneficio esperado y obliga a replantear toda la planificación anual", asegura.
American descarta una fusión con United
El contexto energético no afecta solo a los grandes grupos, sino que también las aerolíneas de bajo coste aparecen como vulnerables al operar con márgenes reducidos y tener menor capacidad financiera para absorber sobresaltos.
En ese sentido, The New York Times señalaba esta semana que Spirit Airlines, inmersa en su segunda bancarrota en dos años, negocia un rescate federal de hasta 500 millones de dólares para evitar su liquidación, mientras otras firmas exploran recortes de costes, nuevas tasas e incluso alianzas empresariales.
Según el diario, la divergencia entre compañías rentables como Delta y otras aerolíneas más expuestas ha reabierto el debate sobre posibles adquisiciones dentro del sector.
No obstante, American Airlines niega esta vía y ha descartado cualquier interés en fusionarse con United, calificando la operación como "negativa para la competencia y los consumidores".
Impacto en el consumidor
La cadena CNBC, por su parte, apuntó que el encarecimiento del combustible amenaza a la temporada alta de verano y podría traducirse en tarifas más altas para los pasajeros y problemas logísticos en regiones dependientes de importaciones energéticas. Con todo, García Amate considera que, aunque habrá un impacto a corto plazo, Estados Unidos conserva ventajas estructurales.
"Es uno de los mayores productores de petróleo del mundo y también un exportador destacado de combustible para aviación, por lo que no afronta un riesgo inmediato de desabastecimiento físico", indica. El efecto inmediato para los consumidores, no obstante, apunta en otra dirección: billetes más caros, menor oferta en rutas secundarias y una gestión más prudente de la capacidad por parte de las compañías, anotan analistas de CNBC, lo que aumenta el riesgo de debilitar la demanda.