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La energía se ha convertido en un quebradero de cabeza para todos los agentes económicos. Y en un territorio como Euskadi, donde la industria representa casi una tercera parte de su PIB, las variaciones se perciben como movimientos de alto impacto en el día a día de muchas empresas, que ya arrastran otros problemas que no tienen fácil solución. Tras un primer mes de conflictos abiertos en Oriente Medio, la industria vasca ya está sufriendo las consecuencias.
“Ya estamos pagando la energía más cara que hace una semana”, decía el pasado 6 de marzo José Pérez Berdud, el presidente de AFM, el clúster de la máquina-herramienta, en la clausura de la Bienal del sector en el BEC. De hecho, según los datos de AEGE, la Asociación de Empresas con Gran Consumo de Energía, a comienzos de marzo la factura para la industria electrointensiva se situaba en el entorno de los 52 euros el megavatio, mientras que la semana pasada ya rondaba los 68 euros. Forman parte de esta asociación empresas vascas como Sidenor, Arcelor, Vidrala y Tubos Reunidos, pertenecientes a sectores de alto gasto energético, como la siderurgia y la química. También son grandes consumidores otros sectores como el de maquinaria, cementos, metalurgia o papeleras.
Pero si algo ha demostrado el tejido empresarial vasco es capacidad de adaptación a las circunstancias en materia energética, muy complicadas desde hace cinco años. “Es una industria con gran capacidad de resiliencia”, explica Massimo Cermelli, profesor de Economía de Deusto Business School y experto en mercados energéticos. Las diferentes crisis que ha atravesado el tejido vasco en el pasado reciente arrancan en 2020, con el parón que supuso la pandemia. Una vez reiniciada la actividad, empezaron otra clase de problemas, derivados de la situación anterior.
Así, la ansiedad de empresas y países por retomar la rutina derivó en un apresurado aprovisionamiento de materias primas, con un consiguiente cuello de botella en el que numerosos suministros que debían llegar a Europa se retrasaron o quedaron varados, mostrando que las cadenas comerciales mundiales están a expensas de acontecimientos imprevistos, como el bloqueo provocado por un buque de la naviera taiwanesa Evergreen en marzo de 2021 en el Canal de Suez. En 2022, el estallido de la guerra en Ucrania supuso el mayor contratiempo para el suministro energético en Europa desde la crisis del petróleo de 1973. De repente, los países del centro de Europa, entre ellos la principal economía de la UE -Alemania- vieron como su dependencia ante el gas y el petróleo ruso les colocaba en una situación de vulnerabilidad de la que todavía les está costando salir. Las facturas de energía -gas y electricidad- de empresas y familias se dispararon y Europa tuvo que improvisar nuevos canales de abastecimiento ante la necesidad de cortar los vínculos económicos con Rusia, con Estados Unidos y Qatar emergiendo como reemplazos de la energía barata de Moscú.
Todos esos episodios tuvieron su lógica repercusión en el coste de la energía para la industria vasca, que en algunos casos puede llegar a suponer hasta el 50% de su estructura de gastos fijos mensuales. El Gobierno Vasco ha subrayado en diversas ocasiones que los costes eléctricos para la industria vasca pueden llegar a ser un 165% más caros que en Francia y un 35% más que Alemania. En este sentido, los datos de AEGE de la semana pasada recogían que la factura media abonada por la industria electrointensiva es, a lo largo de este año, de 68 euros por día el megavatio hora, por los 33,5 euros de Francia o los 71,3 euros de Alemania. Se trata, no obstante, de valores lejanos a los de los años 2021 y 2022, cuando la evolución del precio medio del mercado diario era de 111 y 167 euros, respectivamente. Desde entonces, han cambiado algunas cosas para mejor, pero la dependencia energética del exterior sigue siendo palpable.
La aplicación de la ‘excepción ibérica’, en funcionamiento hasta finales de 2023, la mayor generación de energías renovables, la diversificación de proveedores externos y el fomento de medidas de eficiencia energética han ayudado a manejar la factura energética en la industria. Así, en el año 2023, el consumo de energía del sector industrial cayó un 11,3%, según datos del Ente Vasco de la Energía. Ese año la industria vasca desembolsó alrededor de 1.700 millones de euros únicamente en abonar sus costes de energía. La intensidad energética industrial ha mejorado 34 puntos respecto a hace una década, ya que el consumo de energía ha caído 27 puntos mientras que el PIB industrial ha aumentado 10 puntos, según el EVE.
Pero la dependencia sigue estando ahí. Euskadi produce solo el 8,8% de la energía que consume, lo que aumenta su vulnerabilidad ante fluctuaciones externas. La propia fuerte base industrial de Euskadi hace que esa dependencia sea mayor que en el conjunto del Estado o que en la media europea. Así, según datos de Eustat, ese valor, que mide la proporción de energía que el territorio debe importar para satisfacer su consumo interior bruto, fue en el año 2023 de un 90,3%, superior al valor español (68,4%) y del conjunto de la UE (58,3%). Aquí también un juega un papel importante el hecho de que, a nivel del Estado, la generación de renovables es mayor, mientras que en Europa las centrales nucleares proveen de mucha energía a distintos países.
“Tenemos que pensar que, en Euskadi, en los años 70, antes de la reconversión industrial, para producir 1.000 euros de PIB se necesitaba el doble de petróleo del que se consume ahora. Es un avance y hemos mejorado mucho, pero continuamos dependiendo del exterior. Seguimos lejos de disponer de soberanía energética. Nos hemos acostumbrado a vivir con una energía a precios disparados y con una incertidumbre continua”, apunta Massimo Cermelli, que subraya también los efectos que están teniendo estas crisis en el tejido industrial. “Las empresas viven bajo la presión constante del margen bajo de rentabilidad. Es difícil trasladar los incrementos de los costes de la energía a los precios de venta. Por otra parte, la concatenación de estos episodios está provocando una especie de selección natural dentro del tejido empresarial, en la que solo sobreviven los más fuertes y los que mejor se adaptan al contexto”, apunta. De hecho, según los datos de los boletínes mensuales de Confebask, Euskadi no ha recuperado el mismo número de empresas que tenía antes del comienzo de la pandemia, en febrero del año 2020.
Los sucesivos vaivenes en los mercados energéticos, atravesados casi siempre por circunstancias geopolíticas, han hecho que los países amplíen sus vías de aprovisionamiento de energía. Así, el gas que consumen las industrias vascas llega, como en el conjunto del Estado, de países como Argelia -a través de gasoducto-, pero desde el año pasado también desde Estados Unidos, que está exportando grandes volúmenes de GNL (Gas Natural Licuado) por barco, y también Noruega, Qatar o Guinea Ecuatorial. Y, en el caso del petróleo, el suministro ha procedido procede de países como el propio Estados Unidos, México, Venezuela y Nigeria, pero también de Kuwait, Arabia Saudí e Irak. Es decir, que Irán no está entre los principales proveedores de energía. Pero lo que condiciona los aumentos de los precios energéticos es que “estamos insertos en un mercado integrado”, subraya el docente de Deusto Business School. “La crisis del petróleo de 1973 fue devastadora para Occidente, que consumía casi todo su petróleo de Oriente Medio. A partir de ahí los países europeos se vieron obligados a diversificar sus importaciones”, indica.
Pero las negociaciones para la compra de energía no son bilaterales, sino que el precio se configura a través de un mercado interdependiente, en el que los precios vienen fijados a nivel mundial y no regional. “Si un país vende más caro su gas, es porque ahora el mercado se lo paga también más caro”, apunta Cermelli. Además, en el caso español, el hecho de tener un sistema de carácter marginalista hace que la útima tecnología que se incorpora a la generación eléctrica -en muchas ocasiones el gas, al alza- hace que el precio final de la factura sea más caro. En este sentido, las recientes decisiones del Gobierno central de suspender de manera temporal el impuesto a la generación eléctrica -que era del 7%- y la bajada de algunos peajes a la gran industria pueden ayudar a contener los desembolsos. “Hemos aprendido las lecciones de la guerra de Ucrania y contamos con una mayor seguridad energética. Si de anteriores crisis se salió potenciando la innovación, ahora puede ocurrir lo mismo”, concluye el profesor de Deusto Business School.