Navarra

La conquista del Gran Cañón del Colorado

Una veintena de remeros, la mitad de ellos navarros, descendieron con sus kayak el río Colorado. Dos semanas aislados del mundo y 363 kilómetros aguas abajo con sol, lluvia y nieve
La conquista del Cañón del Colorado.

15 días aislados del mundo. 363 kilómetros aguas abajo con sol, lluvia y nieve. Rachas de viento en contra de hasta 150 km/hora, un caudal generoso en el río de 600 m3 y otro caudal generoso de 870 cervezas para los ratos de campamento. Una veintena de remeros, viejos conocidos del Pirineo o los Alpes y la mitad de ellos navarros –clubes Kayakanso e Irati Kayak Agoitz– descendieron el pasado mes de abril el río Colorado que atraviesa el Gran Cañón. Uno de los parajes naturales más emblemáticos del planeta.

Se trata de una expedición para la que hay que solicitar permisos y esperar luego a un sorteo. “Llevábamos tres o cuatro años intentándolo y no nos tocaba”, explica Pablo García, del club Kayakanso. La casualidad quiso que les sonriera la suerte en 2021, año de pandemia, poco antes de que cerraran las fronteras. Y en vista de la situación les ofrecieron la posibilidad de posponer la cita hasta la pasada primavera, cuando completaron el desafío.

“Pillamos un pico de agua bastante majo; el último año estaban soltando en torno a 200-300 m3, y a nosotros nos soltaron unos 600. Mucho mejor. Hay rápidos de mucho volumen y dificultad, pero también es cierto que al ser un río tan ancho permitía diferentes líneas. No tenías por qué comerte el marrón, e incluso se podían portear los pasos”, describe García sobre el descenso. “El río es una gamberrada, con un volumen y un tamaño de olas impresionante. Nada que ver con lo que hay por aquí. Yo en particular iba por todos los agujeros para buscar la línea más dura”.

Después de tres días para hacerse a los horarios, aprovechar una excursión al cañón Antílope, preparar el material en la base y recibir las instrucciones pertinentes por parte de dos Rangers de Arizona, se lanzaron al río: “La expedición es una gozada. Montas el campamento, preparas comida y la tienda de campaña, pasas la noche, ves animales; ciervos, un gatos salvajes, alacranes, marcas de serpientes en la arena... y el sitio es impresionante, con un contraste de rocas alucinante. Del rojo a un granito negro pulido con sus vetas blancas, una zona volcánica que se veía la marca de los ríos de lava...”.

Los expedicionarios se levantaban sobre las seis de la mañana, preparaban un desayuno fuerte y se echaban al río entre las 9 y las 10 de la mañana. Antes tocaba “desmontar todo el campamento, atarlo como se tiene que atar en las balsas, prepararlas... Había curro. Y luego llegas al campamento, y lo mismo. Desmontar todo de las balsas, montar la cocina, los baños... porque todo lo que entra al cañón te lo tienes que llevar. Montábamos dos baños con unas vistas espectaculares”, dice Pablo. Unos se encargaban de los baños, otros de la cocina, el fuego, las balsas, de cuidar los vegetales para que no se pudrieran, purgaba los congeladores para que se mantuviera el hielo... y así iban pasando los días.

Cargaban todo el material en cinco balsas que llevaban otras cinco personas; el resto eran kayakistas. Esas balsas, que pesaban en torno a una tonelada, volcaron cuatro veces durante el descenso, “pero resolvimos todo con solvencia y se dieron la vuelta perfectamente”. 

El día que menos remaron fueron unas tres horas, y el que más, ocho. “Fue el que más penurias pasamos, porque teníamos un aire en contra de 130-150 km hora... Había olas río arriba del aire que hacia. Ese día íbamos dos personas en las balsas para remar, porque si no no bajaban”. Aproximadamente descendían unos 25 kilómetros al día, pero en una jornada doblaron la media. “Como estaba el caudal alto, encontramos el primer campamento inundado, y los tres siguientes ocupados por otras expediciones. Tuvimos que tirar para abajo hasta encontrar un campamento un poco precario”.

Las primeras noches les tocaron temperaturas bajo cero, lluvia el día del embarque, se levantaron con nieve al tercer día y “luego el tiempo fue mejorando y tuvimos días de muchísimo calor, de escondernos del sol como podíamos”. Y aunque aconsejan viajar con un guía o personas que ya conozca el cañón, esta expedición funcionó con la guía, que llevaban bien estudiada dos de los kayakistas. “Ellos sabían cada día qué rápidos íbamos a hacer, que posibles campamentos teníamos... y fue una maravilla... Ninguno conocíamos el río, parábamos, escauteábamos los pasos y decidíamos que línea correr. Nos hacíamos seguridad a nosotros mismos”.

28/06/2023