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La carga invisible que lastra la salud y el bienestar emocional de los trabajadores

Durante el pasado año, la incidencia de las bajas por contingencias comunes se situó en Euskadi en un 8,6%
Una persona que sufre estrés en el entorno laboral con mucha frecuencia. / Pixabay

El estrés laboral puede manifestarse de muchas formas, y no todas son visibles a golpe de vista ni se mencionan en voz alta. En muchas ocasiones, lo que desde fuera se percibe como un punto de quiebra es, en realidad, el estallido de una batalla que cada persona lleva librando en silencio desde hace semanas, meses e incluso años. Detrás de este problema se esconden factores psicológicos que merman el bienestar emocional: irritabilidad, dificultad para concentrarse, vergüenza, inseguridad, ansiedad o depresión. No se quedan encerrados en la mente; se reflejan en la rutina cotidiana. Se manifiestan en el pánico del domingo por la noche ante el inicio de una nueva semana, en revisar constantemente el correo y atender llamadas fuera del horario laboral, en luchar por cumplir plazos asfixiantes, esperar un reconocimiento que no llega y enfrentarse a condiciones precarias que hacen que el trabajador pague con su salud el coste de su desempeño laboral.

Según un estudio realizado por Randstad en el ejercicio anterior, un 18,5% de la población activa de la Comunidad Autónoma Vasca manifestó que sufre estrés laboral de forma frecuente o constante, lo que supone que una de cada cinco personas convive con este malestar. Otro 44,8% declaró padecer estrés de manera ocasional y apenas el 10,5% de los vascos afirmó no haber experimentado nunca estrés provocado por su actividad profesional.

En 2025, la media estatal de estrés laboral frecuente o constante ascendía a 21,2%. Estos datos sitúan a la CAV como uno de los territorios en los se registraron los niveles más bajos de estrés laboral frecuente o constante. En el mismo listado figuran Castilla y León (19,9%), seguida de La Rioja (19,6%), Extremadura (18,8 %), Castilla-La Mancha (17,2%) y Murcia (16,3%). Con una tasa inferior al 15% se encuentran Nafarroa (13%) y Baleares, con un 11,1%. Por el contrario, los niveles más altos de estrés se detectaron en Asturias (25,2%), Galicia (24,7%) y Canarias (24,3%), territorios en los que uno de cada cuatro empleados reportó sentir estrés siempre o con mucha frecuencia. Por detrás se encuentran los trabajadores de Andalucía (24%), Madrid (23,3%), Comunidad Valenciana (22%), Cantabria (21,6%) y Aragón (21,6%), puesto que mostraron un nivel de estrés superior al de la media estatal. Igualmente, dicha tasa coincide con la media observada en Catalunya.

Más allá del deterioro generalizado que sufren los trabajadores, los problemas de salud mental también tienen impacto económico en las empresas. En este sentido, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) señaló recientemente que entre 2017 y 2024, la incidencia de las bajas por contingencias comunes subió cerca de un 60% en el Estado, mientras que su duración media se incrementó en un 15%, especialmente en las enfermedades musculoesqueléticas y los trastornos de salud mental. De hecho, esta última es la que presenta las mayores duraciones medias en los periodos de baja, pasando de 67 días en 2017 a 98,5 días en 2024. La incapacidad temporal ya supone el segundo mayor gasto de la Seguridad Social justo por detrás de las pensiones, e implicó un desembolso de 16.500 millones de euros en 2024.

En la Comunidad Autónoma Vasca, la tasa de absentismo laboral alcanzó un 8,6% en 2025, una de las más altas del Estado. No obstante, el sindicato LAB matizó que la mayor parte de las faltas calificadas como absentismo por la patronal fueron incapacidades temporales, que equivalen al 75% de las ausencias del trabajo. Nafarroa es otro de los territorios que registró las mayores tasas de incidencia de incapacidad temporal por contingencias comunes en 2024, con 52,2 casos por cada mil afiliaciones. En la Comunidad Foral, las bajas por contingencias comunes han experimentado un incremento del 30% en los últimos años, y las enfermedades mentales también son las que concentran el mayor aumento. Además, la duración de estas bajas laborales creció casi un 10% en la última década.

Para Nerea Martínez, psicóloga colegiada del Colegio de Psicología de Bizkaia, “no estamos únicamente ante una mayor concienciación y reducción del estigma sobre la salud mental, sino que se ha producido un incremento real de los problemas de ansiedad y depresión en la sociedad”. Según su experiencia, “muchas personas no se encuentran enfermas en sentido clínico, pero sí emocionalmente desbordadas”.

Cabe mencionar que, en el conjunto del Estado, las mujeres manifestaron en el año pasado niveles más elevados que los hombres, de acuerdo con los datos facilitados por Randstad. Específicamente, el 63,6% de las mujeres encuestadas indicó que padece estrés de forma frecuente o recurrente, frente al 48,9 % de los hombres. Además, un 19,8 % de las mujeres señaló sentir este malestar “frecuentemente”, porcentaje significativamente mayor al 13 % de los varones. En cambio, los hombres se muestran más dispuestos a afirmar que no sienten nunca estrés (16,6%) o que solo lo sufren rara vez (29,9%). “En muchas mujeres el desgaste se siente como sufrimiento interno que implica cansancio, sobrecarga emocional y síntomas claros. Y en muchos hombres, se nota en la forma de relacionarse con el trabajo, es decir, distancia, desconexión y falta de implicación”, explica Martínez.

En la misma línea, la diferencia entre sexos se debe al modo en el que cada grupo ha aprendido a gestionar el malestar. “A las mujeres se les enseña a aguantar y cargar con ello por dentro, mientras que a los hombres se les dice que deben protegerse desconectándose emocionalmente sin expresarlo”, remarcó. Precisamente por esta razón, la especialista advirtió de una amenaza invisible. “En los hombres, el desgaste puede pasar más desapercibido. El distanciamiento emocional no siempre se vive como malestar. Desde el exterior puede parecer control o fortaleza, cuando en realidad es una clara señal del ‘burnout’”.

El peaje de ir a trabajar

El ‘burnout’ o ‘síndrome del quemado’ es una patología que la Organización Mundial de la Salud reconoció como problema asociado con el empleo y el desempleo en 2022. No se debe confundir con episodios puntuales de estrés laboral, ya que el ‘burnout’ alude a un estado de agotamiento físico y mental que aparece cuando el estrés no se ha gestionado con éxito y se sostiene en el tiempo. “Las implicaciones no son las mismas. Mientras que el estrés laboral puntual suele requerir ajustes temporales y apoyo, el ‘burnout’ necesita una intervención más profunda, tanto a nivel individual como organizativo”, puntualiza Martínez. De nada sirve optar por la técnica del avestruz o abordarlo como si se tratase de una mala racha. “Existe el riesgo de que el malestar se cronifique, afecte la salud y el rendimiento, y repercuta también en los equipos”, agrega.

Algunos perfiles son especialmente propensos a sufrir este síndrome. “Aquellos trabajadores a los que les cuesta poner límites y decir ‘no’ suelen ser los mismos que normalizan el sobreesfuerzo y aparcan sus necesidades en segundo plano. Al pedir menos ayuda y negociar poco acaban asumiendo situaciones que no son sostenibles”, expone.

La hoja de ruta para proteger la salud mental en el trabajo exige compromiso y colaboración conjunta entre las personas, las empresas y las instituciones: “La base debe ser siempre la prevención. Se debe fomentar una cultura que priorice el bienestar, manejar expectativas realistas y claras, apostar por el liderazgo consciente y crear condiciones que permitan fijar límites”, concluye.

01/03/2026