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El reparto de la película 53 domingos reúne a nombres de peso como Javier Cámara, Carmen Machi, Javier Gutiérrez y Alexandra Jiménez, que dan vida a una familia obligada a enfrentarse a sus propias tensiones. Todo arranca con una situación aparentemente menor: decidir quién se hace cargo del padre. Pero lo que comienza como un problema cotidiano pronto destapa viejos reproches, dinámicas enquistadas y heridas que nunca terminaron de cerrarse. Con su habitual mezcla de humor y verdad, Cesc Gay construye un relato donde la comedia convive con la incomodidad, y donde cada diálogo deja ver algo más profundo de lo que parece.
¿Qué le motivó a adaptar su obra teatral 53 domingos al cine?
Es algo parecido a lo que ya me ocurrió con mi anterior obra de teatro. A partir de Los vecinos de arriba surgió después Sentimental, la película que estrenamos en cines y en Movistar Plus+, y que también protagonizaba Javier Cámara. En este caso, me ha pasado algo similar. Son textos que, cuando los escribo para teatro, ya siento que pueden adaptarse al cine. Y aquí, además, pensaba mucho en el formato televisivo, en lo que es una plataforma. Entonces, cuando empezamos a hablar con Netflix para compartir ideas y proyectos, les conté esta historia. Les gustó y enseguida nos pusimos a trabajar. Me pareció, además, que era una propuesta muy adecuada para una plataforma.
¿Qué desafíos se encontró al trasladar la intimidad teatral a la pantalla?
Siempre es un poco lo mismo: tienes que ser capaz de leer el texto teatral e imaginar cómo va a funcionar en pantalla. Estás trasladando una historia que nace en un escenario, en un plano general como el del teatro, a un lenguaje más cercano, más de pequeña pantalla, sobre todo pensando en televisión. Para mí, el mayor desafío está en este tipo de historias que suceden en un único espacio. Son cuatro actos que transcurren en la misma casa durante gran parte del metraje, así que necesitas que haya movimiento, que los personajes no dejen de moverse, que la película tenga una energía constante. En el cine estamos más acostumbrados a muchas secuencias y localizaciones, y aquí todo se concentra. Y luego está la adaptación del propio lenguaje: hay frases o situaciones que en teatro funcionan muy bien, pero que en cine puedes contar de otra manera. A veces, una mirada o un gesto pequeño sustituyen perfectamente a lo que antes se decía con palabras.
¿Cuánto margen de libertad le da a los actores para que se salgan del guion?
Del guion, no. Para eso están los ensayos, absolutamente. A mí me interesa ver cómo el actor recibe el guion y su personaje y, a partir de ahí, sentarnos, hablar, leer, discutir… Al final, es un trabajo de entendimiento, de ponerse de acuerdo. El cine es eso constantemente. Como director, tienes que ponerte de acuerdo con el director de fotografía para decidir cómo iluminar, con el director de arte para definir el look, las localizaciones o el decorado… Y con los actores pasa exactamente lo mismo: encontrar ese punto en el que ambos sentimos que estamos en el mismo lugar. Ese proceso me gusta hacerlo en los ensayos, que es donde realmente se construye todo. Porque luego, en el rodaje, no hay tiempo. Se va muy rápido y no es el momento para improvisar o buscar demasiado. Por eso los ensayos son clave. Y, en este caso, tuvimos los días necesarios para trabajarlo bien.
Cesc Gay, en un momento de trabajo.
Ha trabajado varias veces con Javier Cámara. ¿Qué aporta a sus proyectos que le hace volver a contar con él?
Por un lado, está la amistad. Trabajar con Javier Cámara desde ese lugar de confianza siempre suma, tanto en lo humano como en el propio proyecto. Además, tiene algo que no es fácil de encontrar: esa capacidad de alternar el humor con la seriedad, con el drama, cuando hace falta. Maneja muy bien esos personajes de perdedores resignados, que tienen que aguantar lo que les cae encima, como en este caso ocurre con su hermano mayor, interpretado por Javier Gutiérrez. Tiene un equilibrio muy fino en el humor, y para mí es un lujo trabajar con él.
¿Qué le gustaría que el público se lleve al terminar de ver 53 domingos?
En este caso, al tratarse de un consumo más doméstico, buscaba sobre todo que fuera una película ágil, amena y divertida. Ese es, al final, el primer objetivo de la comedia. A partir de ahí, por debajo siempre hay otras capas. En esta historia hay dos miradas principales. Por un lado, la relación entre hermanos dentro de una familia: esa tendencia al conflicto, esa dificultad para no acabar enfrentándonos, que es, en el fondo, el origen de todo. Y por otro, el tema de los cuidados. Todo lo que se genera a raíz de esas tensiones cuando los padres se hacen mayores y hay que hacerse cargo de ellos. Es una situación muy común, pero nada fácil de gestionar: cómo repartir responsabilidades, cómo cuidar, cómo sostener ese momento. Al final, es una película cuyo conflicto arranca de algo tan cotidiano como decidir quién le cambia una bombilla a su padre… Y a partir de ahí, todo se complica.
Hay directores que buscan que el espectador se olvide de su vida y otros que buscan que se reconozca en ella. ¿Cree que el cine tiene la responsabilidad de ayudarnos a entendernos mejor?
Responsabilidad… A mí no me gusta esa palabra. No creo que el cine tenga una responsabilidad como tal. Esa se la exijo a otras cosas en la vida, pero no al cine, ni a la literatura o la música. Lo interesante está en esa doble faceta. Por un lado, el cine nos entretiene, nos permite desconectar, olvidarnos de nosotros mismos y de nuestra vida. Pero, al mismo tiempo, muchas veces nos lleva, casi sin darnos cuenta, a pensar, a reflexionar sobre ciertas cosas. Y eso está muy bien. La clave es conseguirlo sin que se note, sin que el espectador sea consciente de ello.