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Las liturgias dan sentido a la vida y los ritos otorgan soporte al ciclismo. En Lizarra, uno de los reyes del Tour, Miguel Indurain, cinco veces coronado en los Campos Elíseos de París, monarca del ciclismo de Euskal Herria, egregia figura la suya, caminaba con ese aire solemne y despreocupado de los elegidos.
Desde su mirada, la atalaya de tanta gloria, observaba a los dorsales que persiguen su carrera. Sereno, comedido, contenido y elegante su figura, trascendente en Lizarra.
La organización rindió un sentido homenaje a Raúl Sanz de Arellano, 60 años contribuyendo con su tajo al club. Indurain posó a su lado.
Miguel Indurain premia a Ion Izagirre en el podio.
Ion Izagirre, dos veces campeón de la clásica, invocaba a la emoción antes de encarar su último baile en un cita estupenda para él. Se despedía el de Ormaiztegi, otro ciclista sin artificios, pose y alharacas, de las gratas memorias de la carrera navarra. De los recuerdos felices.
Todavía tenía un fotograma que añadir a su idilio con el Gran Premio Miguel Indurain. El de la victoria. La tercera de una prueba que adora.
G.P. Miguel Indurain
Clasificación
1. Ion Izagirre (Cofidis) 5h00:29
2. Quinn Simmons (Lidl) a 6”
3. Alex Baudin (Education First) a 10’’
Embargado por la emoción, el de Ormaiztegi se abrazó a su hijas en meta, donde también le esperaba su mujer. Nada como las alegrías compartidas en familia. La mejor despedida posible.
Por el bienestar de la familia dejará el ciclismo al final del curso. Demasiados días fuera de casa, lejos de su centro de gravedad.
Antes, floreciente, se regaló una victoria magnífica que mostró lo mejor de su repertorio para entronizarse por tercera vez en Lizarra. 2026, 2023 y 2016.
Idilio con la carrera
“Estoy alucinando. Siempre es difícil ganar. Cuando he venido tenía todas las ganas de ganar. Siempre es bonito ganar y más aún en casa. Es una carrera que se me da bien. Sabía que venía bien de forma. Me han ayudado las fuerzas. Tengo claro que quiero dejar mi carrera deportiva con un buen sabor de boca”, comentó Izagirre. La gloria no alterará la fecha de su adiós. “No me arrepiento de la decisión que he tomado”.
Ion Izagirre besa a su mujer tras la victoria.
El de Ormaiztegi, que se cubrió el rostro en el festejo, podía correr la clásica a ciegas. Se la sabía de memoria. Conocía cada recoveco de una prueba que ha marcado su biografía.
Por eso asomó solo en Lizarra, lejos de la sombra de Quinn Simmons y Markel Beloki, sensacional su final. El gasteiztarra fue noveno. Alex Aranburu obtuvo la cuarta plaza. Le superó Alex Baudin, que acompañó en el podio a Izagirre y Simmons.
Izagirre laminó a ambos en Ibarra, el muro que derribó con la fuerza de un gigante y el entusiasmo propio de los que empiezan. En su ocaso, Izagirre era un bello amanecer. La luz que todavía permanece. La luciérnaga en la noche.
La llama que resiste y que iluminó una victoria para siempre. Para no olvidar. Su reencuentro con el laurel, el cordón umbilical que le unió a la alegría de su segunda victoria de etapa en el Tour tres años atrás.
Recorrió el camino de regreso con el ímpetu de los audaces y la sabiduría intacta de los augures. El de Ormaiztegi leyó de fábula las corrientes internas de la carrera.
Al igual que un zahorí, percibió donde estaba el manantial que le llevaría a un triunfo inolvidable. la suya fue una lección magistral de ciclismo.
Ion Izagirre se tapa el rostro por la emoción.
El sol, impetuoso y extrovertido de la primavera, extendió su poder y pintó un cielo azul celeste, un friso en el que colorear la vida. Las nubes se quedaron plegadas en los aires del invierno que fue en un día de abril que convocaba el verano, magnífica la temperatura.
La fuga de siempre
Danzaban de tonos alegres, saltarines los de Unai Aznar, la bandera naranja del Euskaltel-Euskadi, Carlos García Pierna y Sinuhé Fernández, colegas en el Burgos-BH, Ferreira y Duraes. El quinteto, bien empastado, compuso la fuga porque lo imponía la tradición.
En el alto de Guirguillano, la bisagra de la clásica, se deshilacharon las ilusiones de una escapada siempre bajo control aunque acumuló cinco minutos de renta en el apresurado amanecer.
Una minucia cuando el pelotón agarró la fusta y emprendió el galope. Sinuhé Fernández fue el último en arriar el estandarte de la rebeldía.
La captura del único hombre que permanecía en fuga generó cierto revuelo y nerviosismo en el enjambre, donde se movieron algunos con la idea de quebrar la lógica.
Los campos verdes, la laderas, acogían el esfuerzo conmovedor de Jokin Murguialday, otra pieza del Euskaltel-Euskadi, y Bouchard con la idea de trastear en el alto de Lezaun.
Jokin es hijo de Javier, que en el Tour que partió desde Donostia en 1992 y celebró a Miguel Indurain, alzó los brazos en Pau tras una odisea de 255 kilómetros en fuga. Derrotó a Virenque. La del joven Murguialday y el francés apenas deletreó la intención.
El Parque Natural de Urbasa estaba tendido al sol. Tiberi lanzó un rayo. Bernard respondió. El fogonazo alcanzó hasta el muro de Ibarra, donde se estamparon el italiano y el galo.
Izagirre da en el clavo
El repecho convocó a un movimiento que enlazó a Ion Izagirre, el más experimentado en una carrera que ama, Héctor Álvarez, Igor Arrieta, Harry Sweeny y Omrzel.
Una concentración de calidad. El efecto arrastre imantó a Bennett, Simmons, Urko Berrade, Txomin Juaristi y Okamika, entre otros.
Se entendieron de fábula los doce apóstoles que se lanzaban hacia el altar de Ibarra, lugar para el sacrificio y culto a la gloria. En días de Pasión, la pulsión por la victoria reverberaba en los adentros de cada uno de ellos.
Ion Izagirre, vencedor, con Simmons, segundo, y Baudin, tercero, en el podio junto a Miguel Indurain.
Se produjo un debate tenso entre la docena y el pelotón, que se desgañitaba para cicatrizar la herida. En Eraul se erizaron Izagirre, Simmons, Arrieta, Sweeny y Bennett. Brotó con energía el de Ormaiztegi, reluciente en las rampas de Eraul.
Solo Simmons, campeón de Estados Unidos, maillot de barras y estrellas, aspecto de motero de Easy Rider, siguió el rebufo de Izagirre, pies ligeros.
Markel Beloki les rastreaba. Izagirre y Simmons charlaban con los codos apresuradamente. No había tiempo para reflexionar. La carrera era un acto reflejo.
Van der Poel contra Pogacar en el Tour de Flandes
La 110 edición del Tour de Flandes, segundo Monumento del calendario, que se disputa hoy entre Amberes y Oudenaarde con un recorrido de 278,5 km, abre la posibilidad del récord de cuatro triunfos para Mathieu van der Poel, quien mantendrá un nuevo duelo por todo lo alto con Tadej Pogacar, en pos del tercer título.
El no va más entre los duelos más esperados del ciclismo actual tendrá Flandes como escenario, con la incorporación por sorpresa de Remco Evenepoel. Van der Poel, ganador en 2020, 2022 y 2024, quiere su cuarta corona.
Pogacar pretende el triplete después de vencer en 2023 y 2025. El duelo entre ambos parece servido. Dos gigantes en las distancias cortas. El belga Wout van Aert, que ha recuperado el tono en el inicio de campaña, es otro de los ospositores al triunfo en el choque de estrellas que aguarda en el Tour de Flandes.
El gasteiztarra, al que le gustan las cronos, les perseguía sin desmayo. A golpe de vista. Se unió a ellos a un palmo del muro de Ibarra, donde todo ocurrió.
Allí, hambriento y furioso, contando los días que le quedan por vivir en el caos, se detonó el de Ormaiztegi, que abrazó con fuerza su tercera victoria en el G. P. Miguel Indurain. Días de gloria. Ion Izagirre florece en el adiós.