Las cronos cuentan historias concretas, exactas, que se comprenden por los datos, los números y los cálculos pero que nacen de lo abstracto. ¿Cómo definir el tiempo? El reloj sirve para describirlo pero el tiempo posee la capacidad de encogerse, estirarse, doblarse, retorcerse, esfumarse o eternizarse.
El tiempo es un concepto abstracto con el único asidero del reloj. Lo otro es relativo. Un misterio irresoluble. Así que cuando un ciclista parece que rueda magnífico, con la pose tallada, estático, un punto hierático, como una estatua, puede ser que su tiempo sea indecoroso.
No existe una relación exacta que establezca por la observación quién va bien y quién no, a pesar de los estudios, las medidas, los materiales y la aerodinámica que suelen establecer vasos comunicantes entre lo que se interpreta en la carretea y lo que es.
Los expertos sugieren en esa fiesta de la pose, de los vatios, del rendimiento, del ritmo, que la clave está en la capacidad de deslizarse, sin molestar, sin chocar con el aire, que este resbale, a alta velocidad.
Un equilibro inestable porque el cuerpo se pliega a modo de una figura de Origami que trata de escapar de tantas dobleces. Una tortura sobre un bici de ángulos extremos, que no tienen piedad del ser humano.
Exhibición de Ganna
En ese mundo de modernidad y de sacrificio, con el sol y las nubes danzado en el salón de baile del cielo, sobresalió la egregia figura de Filippo Ganna, un David en bicicleta arrasando la vía Francígena entre Viareggio y Massa.
42 kilómetros en paralelo a la costa del Mar de Liguria, de la Línea Gótica, donde se combatió en la Segunda Guerra Mundial. Se recorría una trinchera infinita.
Ganna, que parecía rodar en el velódromo sobre un recorrido llano, ideal para sus virtudes de ultraespecialista firmó un registro apabullante. 45:53. A 54,9 kilómetros por hora. La crono de más de 40 kilómetros más rápida que se recuerda.
Top Ganna fue un cohete que a su paso cerca de las playas provocaba pequeños tornados de arena y removía el mar. Nadie pudo aproximarse a tamaña exhibición. Venció por aplastamiento. Thymen Arensman, segundo, concedió 1:54 y Rémi Cavagna, se dejó 1:59.
Jonas Vingeggard finalizó vacío.
Sufriente Vingegaard
Peor le fue a Jonas Vingegaard, a un mundo. Ligero, de aspecto frágil, liviano, brilla como el mármol de Carrara el danés, lívido en la crono.
Modelado para reinar en las montañas, el danés, con un mono azul como indumentaria, distintivo del rey de las cumbres, buscaba el rosa de Afonso Eulálio, el último en presentarse en la rampa de despegue.
No pudo el danés, que transcurrió por los tonos grises, sufriente, con el entusiasmo del líder, que soportó la embestida de Vingegaard, menor de lo esperada. Padeció el danés, lejos de sus mejores registros. Se quedó a dos aguas.
Eulálio, de rosa, sonrió. Para él, mantener el liderato fue una gesta. Aún dispone el luso de 27 segundos de renta sobre Vingegaard, que caminó sobre un acantilado en una contrarreloj que se le indigestó desde el principio y el ahogó al final. No fue capaz de encontrarse a sí mismo.
Su lenguaje corporal a la conclusión de la crono radiografío su sufrimiento en el rostro, desencajado, dando bocanadas para calmar a los pulmones, ardientes, para serenar a las pulsaciones, desbocadas. Se vació el danés, al que le superó con mucho Thymen Arensman.
Eulálio mantiene el liderato.
Sensacional Markel Beloki
El neerlandés aventajó en 1:06 al danés. Gee también mejoró su tiempo en 46 segundos y O’Connor le restó 20 segundos. Vingegaard completó una contrarreloj muy discreta. Fue 13º.
"Ha sido terrible, la contrarreloj era larga y llana. No es mi especialidad. Nunca se me ha dado muy bien y les viene mejor a los ciclistas más robustos y con más potencia", se sinceró el danés.
Apenas sometió a Pellizzari por 18 segundos y ganó 31 sobre Hindley tras los 42 kilómetros entre Viareggio y Massa, que situaron a Markel Beloki, 17º en el recuento del día, décimo en la general. Sensacional el joven gasteiztarra.
Vingegaard dejó algunos poros abiertos en su actuación que alimentaron cierta esperanza a sus perseguidores. Sucede que Felix Gall, el único que estuvo cerca del danés en las montañas, le concedió 1:22. La general revive de algún modo porque se esperaba un golpe de autoridad de Vingegaard.
La expectativa y los antecedentes versaban sobre la sentencia del Giro, pero la crono dejó una grieta de duda sobre el danés, que continúa siendo el máximo favorito.
Solo tiene a Eulálio por delante. En el retrovisor, Arensman pierde 1:30, Gall se deja 1:56, O’Connor, 2:21, y Hindley está en 2:40.
Eulálio estaba dispuesto a encenderse con determinación después de apaciguar el calor de su piel con un chaleco de hielo. Los mejores, los que se postulan para Roma, que aún queda lejos, a punto del meridiano el Giro, se retaron a distancia.
En solitario. Un ejercicio de aislamiento. Cada uno consigo mismo. Una lucha interior en el lineal del reloj. Felix Gall, escalador puro, extraño su perfil en la crono, se cruzó con el líder, en el sentido contrario. No les dio tiempo a saludarse. El tiempo era oro.
De esa mina salieron felices Eulálio, Arensman, O’Connor y Gee. A Vingeggard se le torció el gesto. Era obligatorio gestionarse bien en un esfuerzo tan prolongado. Determinante. En ese ejercicio en la agonía salido disparado y dichoso Filippo Ganna, relampagueante, el rayo que no cesa.
En la provincia de Massa-Carrara creció el David de Miguel Ángel. De un bloque de mármol de las canteras de Carrara, de su rostro pétreo blanco, emergió la estatua más famosa del mundo.
Su escultor, el magnífico Miguel Ángel, sostuvo que el David vivía en el mármol, que estaba allí y que él, a fuerza de martillo y destreza de cincel, solo lo liberó de la cárcel. Lo trajo a la vida. Lo descubrió.
En Massa, lo más parecido al pastor que derribó a Goliath era el escultórico Ganna, 1,93 metros y 83 kilogramos, recordman de la hora. Tallado para la contrarreloj. Un campeón preso del reloj y del bloque que forma junto a la bici.
Recortada la barba, envuelto en la bandera de Italia, campeón del país en la especialidad, se liberó el Gigante de Verbania en un recorrido idóneo para desarrollar toda la potencia de sus piernas.
Cualquier cálculo en el túnel del viento, en la mejoría de los materiales, en los diseños de los cascos, palidecen ante el poder de unas piernas atómicas.
Se trata de dar pedales. Nadie pudo ser más rápido que el italiano, de esmoquin por la alfombra roja entre Viareggio y Massa, donde tropezó Vingegaard y resistió Eulálio.