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En la celebración, Remco Evenepoel, soltó al galope sus demonios interiores. La bilis masticada en dolorosas derrotas. Bravucón y orgulloso, valiente y generoso, hipertrofiado, el personaje pesa demasiado en el ciclista Evenepoel.
Abrochada la Amstel Gold Race por vez primera después de someter en un virulento esprint a Mattias Skjelmose, que perdió un segundo en ese duelo, abrumado por la potencia demencial de Evenepoel, desatada la camisa, rota, impetuoso.
Después armó la musculatura, hinchada de rabia, para posar victorioso. Besó a su mujer y al fin relajó una sonrisa estupenda, de ganador.
"Antes del esprint tuve un recuerdo repentino del año pasado, pero ahora tenía más confianza. Sentí que era el más fuerte en las subidas. Sentí que Skjelmose estaba al límite. Lo noté cuando tomó la delantera. Sus relevos al frente no fueron tan fuertes", describió el belga, muy feliz por ganar una de sus "carreras favoritas".
Necesitaba Evenepoel, fichaje estrella del Red Bull, sueldo de prima donna, recomponerse después de varias tundas. Sonoros descensos a los infiernos con el ceño fruncido tras grandilocuentes discursos en el desierto del UAE Tour y en las montañas de la Volta.
Recuperó Evenepoel, orgulloso en cada pedalada, su mejor versión en la Amstel. Embistió con todo. Lo necesitaba su autoestima, su maniquí en el escaparate de las grandes figuras.
De regreso a sí mismo. El mejor trago de cerveza siempre es el primero. Feliz brindis en la Amstel.
Evenepoel, desatado tras la victoria.
Dura caída
Apuraron cada córner, cada recoveco, cada curva y en ese filo en el abismo, entre lo que pudo ser y no fue Jorgenson y Vauquelin se estrellaron de mala manera en una de esas veredas de la Amstel Gold Race. La carrera de la cerveza, del oro líquido, fue un mal trago para el francés y el norteamericano, apaleado sobre la acera.
Evenepoel, Skjelmose y Grégoire escucharon el sonido de la caída, el lamento de la derrota. Mirar atrás no tenía sentido cuando escapaban huyendo del resto, siguiendo el rastro de Frigo. Al italiano le desconcharon después.
Evenepoel, vencedor.
Evenepoel y Skjelmose se desprendieron de Frigo y después desvencijaron a Grégoire, colgado de un limbo con el sonido de la campana en el Cauberg.
Defendía el danés su estatus, el logro de la campaña precedente, ante el belga, que rodaba desaforado entre llanuras y cotas. Skjelmose no se inmiscuía demasiado en la misión de Evenepoel, agarrado al brutalismo.
Lleno de potencia
Rodaba en cada palmo como si la vida se extinguiera en cada centímetro. A su espalda, anudado, Skjlemose calculaba y asomaba para que el belga, que tiende al histrionismo y al enfado, mecha corta la suya, no perdiera el foco. Evenepoel hombreó y abroncó a Laporte con anterioridad.
Inalcanzables el danés y el campeón olímpico, sin cortejo del grupo que quiso apresarles. Demasiado lejos. El Cauberg solo sirvió para concentrar el resquemor y la desconfianza entre ambos.
Skjelmose recordaba la gloria pasada y Evenepoel la derrota. Aquel día fue tercero, por detrás del danés celebrante y Pogacar.
En el vis a vis, Skjelmose contemporizaba, mirada cubista la suya. Un camaleón vigilante. No le sirvió de demasiado la vigilancia cuando Evenepoel, rápido y furioso, entró ebullición. Volcánico. El danés se quedó petrificado.
Estatua de sal ante los zapatazos de Evenepol. Coces salvajes. Indomable el belga, que fulminó a Skjelmose, sin capacidad de reacción, sobrepasado por el oleaje del campeón olímpico. Brindis por su primera Amstel. Espumoso Evenepoel.