La IA empieza a aprender en grupo. Así lo explica Iñaki Vázquez, doctor en Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial y profesor investigador en la Universidad de Deusto, invitado por Jorge López Benito en Onda Vasca. Su foco está en los sistemas de inteligencia colectiva, donde "la inteligencia no está en cada robot por separado, sino en el comportamiento que emerge cuando actúan juntos".
Vázquez compara estos sistemas con el mundo animal: "Una hormiga individualmente tiene una inteligencia muy limitada, pero cuando actúa como parte de una colonia aparece un comportamiento colectivo muy sofisticado". En robótica ocurre lo mismo: cada robot sigue reglas simples, pero en conjunto pueden coordinarse para tareas complejas como rodear un incendio, rastrear una zona o localizar personas atrapadas tras un terremoto.
El aprendizaje se basa en refuerzos, no en órdenes directas. "Cuando hacen algo bien, reciben una recompensa; cuando lo hacen mal, no", explica. Durante la fase de entrenamiento -normalmente en simulación- los robots aprenden qué conductas les acercan al objetivo. Después, ese comportamiento se despliega en el mundo real: "Una vez entrenados, ya no necesitan seguir aprendiendo, funcionan en modo inferencia y actúan de forma autónoma".
Uno de los puntos clave es la resiliencia del sistema. A diferencia de los modelos centralizados, estos enjambres no dependen de un "cerebro" único. "Si quitas el 20% de los robots, el sistema sigue funcionando; quizá más lento, pero no se rompe", señala Vázquez. Por eso ve aplicaciones claras a corto plazo en drones, robots terrestres o exploración submarina, mientras que los nanobots médicos aún quedan más lejos por limitaciones de hardware. "El cuello de botella no es la inteligencia, es el soporte físico", concluye.