ChatGPT, el chatbot de inteligencia artificial (IA) desarrollado por OpenAI, forma parte de la rutina diaria de millones de personas, ya sea para resolver una duda, redactar un texto o simplemente conversar un rato. Su funcionamiento es tan sencillo como que tú le escribes y él te contesta; sin embargo, junto con esa simplicidad, hay algo que engancha a los usuarios y es la sensación de estar hablando con otra persona.
El hecho de poder matizar lo que él dice, corregirle o profundizar sin tener que empezar de cero nos lleva a establecer un diálogo con alguien que parece que nos conoce y esa continuidad ha dado pie a un truco que se ha hecho viral en redes sociales.
Así nos ve ChatGPT
Para llevar a cabo este truco viral basta con escribir un simple mensaje a ChatGPT para que nos dé una descripción de cómo percibe al usuario a partir del trato que este le da en sus conversaciones. La propuesta ha despertado curiosidad, sorpresa y, en algunos casos, cierta incomodidad.
El prompt que se ha hecho viral es directo y no deja mucho margen a la ambigüedad: "Basándonos en todas nuestras conversaciones, ¿qué piensas realmente de mí? No te cortes. Sé directo". Al introducirlo, ChatGPT responde con un análisis del tono, el tipo de preguntas, la forma de expresarse o la frecuencia de uso. No se trata de un juicio psicológico ni de una verdad absoluta, sino de una lectura algorítmica del estilo comunicativo del usuario.
Algunas personas han ido un paso más allá y han pedido a la inteligencia artificial (IA) que transforme esa percepción en una imagen. El resultado, según quienes lo comparten, varía desde robots relajados y sonrientes hasta imágenes más frías y mecánicas; toda una metáfora visual que no deja de ser una interpretación simbólica del lenguaje utilizado en los mensajes.
Escenificación de la interacción de ChatGPT con un humano.
Memoria de ChatGPT
La clave de todo este fenómeno está en la llamada memoria de ChatGPT, y es que esta herramienta guarda ciertos patrones de comunicación y preferencias para adaptar sus respuestas.
Si el usuario escribe de forma seca o imperativa, las contestaciones de la IA tienden a ser más breves y funcionales, mientras que si el tono es amable, cercano o curioso, responde con un estilo más colaborativo. Sin embargo, conviene recordar que esto no es así porque ChatGPT tenga sentimientos, sino porque reconoce estructuras y, en función de ello, ajusta su comportamiento.
Esta capacidad de la IA podría explicar el hecho de que muchas personas perciban a ChatGPT como algo más que una simple herramienta. La continuidad en el diálogo genera una falsa sensación de reciprocidad que invita a tratarla casi como si fuera un interlocutor humano. De ahí que algunos hablen de este chat como si fuera un amigo, un asistente personal o incluso una especie de confidente digital.
El propio Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, ha compartido sus propios prompts y uno de los más comentados es: "Usando todas nuestras interacciones, ¿qué cosas puedes decirme sobre mí que yo no sepa?". La respuesta suele dar pistas sobre hábitos comunicativos o patrones repetidos, algo que muchos aprovechan para mejorar su forma de expresarse.
Sin conciencia ni emociones
Eso sí, conviene no perder de vista los límites de la IA porque, aunque lo parezca, ChatGPT no tiene conciencia ni emociones. No piensa ni opina como lo haría una persona porque sus análisis se basan en probabilidades, datos y modelos de lenguaje entrenados para detectar patrones. Aun así, el ejercicio resulta revelador porque nos hace tomar conciencia de cómo nos comunicamos.
La popularidad de este truco también ha reabierto el debate sobre la privacidad y el uso de los datos. Aunque OpenAI asegura que los usuarios pueden gestionar y borrar la memoria de sus conversaciones, la idea de que una IA recuerde genera recelo en algunos sectores. La personalización mejora la experiencia, pero plantea preguntas sobre el control de la información.
En cualquier caso, el éxito de este fenómeno demuestra hasta qué punto la inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida cotidiana y también que, incluso cuando hablamos con máquinas, nuestra forma de expresarnos dice más de nosotros de lo que creemos.