La propuesta lanzada hace un par de semanas por Gabriel Rufián para trabajar en una confluencia plurinacional de fuerzas situadas a la izquierda del PSOE que incluya tanto a las de cobertura estatal como a las que defienden proyectos soberanistas o regionalistas ha agitado las ya de por sí revueltas aguas de ese espectro político caracterizado por una proverbial falta de cohesión. Una desconfianza que se ha podido percibir en el poco entusiasmo con el que ha sido acogida la idea del portavoz de ERC. Para algunos, precisamente su condición de dirigente de una formación independentista le desacredita a la hora de encabezar un proyecto llamado a combatir en el ámbito estatal el imparable crecimiento de Vox. Otros, en cambio, no ven en ello ningún inconveniente y resaltan su capacidad de liderazgo y de conexión con el electorado joven, un banco de pesca en el que la ultraderecha parece estar faenando con éxito. De hecho, el movimiento de Rufián engarza con una tradicional vocación en el catalanismo de tener un papel protagonista en la dirección de la política española, que tiene en Francesc Cambó y en Miquel Roca a sus principales referentes.
En la etapa previa a la Segunda República, Cambó dio una vuelta de tuerca al ideal de la hegemonía catalana de España que manejaba la Lliga Regionalista, el partido a cuyo liderato accedería tras la muerte de Enric Prat de la Riba, uno de los padres del nacionalismo catalán y redactor del manifiesto Per Catalunya i l’Espanya Gran (Por Catalunya y la España grande). Cambó, cuyas dotes de estadista provocaban en la derecha española tanta admiración como recelo por sus aspiraciones en el plano territorial, planteó al rey Alfonso XIII, en el marco de la profunda crisis institucional desatada en 1917, la formación de un gobierno de concentración de fuerzas no hostiles a la monarquía, que se constituyó poco después con la presencia de dos ministros de la Lliga.
Francesc Cambó, líder de la Lliga Regionalista en la primera mitad del siglo XX.
Cambó, ministro por partida doble
El propio Cambó ocuparía en dos ocasiones asiento en sendos gabinetes presididos por Antonio Maura. “No he renegado ni renegaré de mis ideas. Pero os digo que lucharé para que España tenga un Estado fuerte que sea el que la salve”, llegaría a declarar en 1918. Tras mucho tiempo dando prioridad a la gobernabilidad estatal, en ese mismo año se lanzó a defender una campaña a favor de un estatuto de autonomía para Catalunya que se topó con el rechazo de una parte mayoritaria de la clase política en Madrid y también con una respuesta popular en las calles. Fue entonces cuando esbozó el eslogan “¿Monarquía?, ¿República? iCatalunya!” para escenificar su desengaño con Alfonso XIII. El bisabuelo de Felipe VI incluso le llegó a ofrecer en 1922 la presidencia del Gobierno a cambio de que aparcara su catalanismo, lo que rechazó de plano. Pese a todo, Cambó acudió al rescate del rey cuando la caída de la dictadura de Primo de Rivera le dejó en una situación complicada. Fundó en 1931 el Partido de Centro Constitucional, en el que reunió a seguidores conservadores de la Lliga y del maurismo para defender la monarquía frente a la república que ya tocaba a la puerta. Aquel proyecto fracasó, al igual que sus clásicas propuestas de “catalanizar España” o de lograr una “Catalunya lluire dins d’una Espanya Gran” (una Catalunya libre dentro de una España Grande). Cambó acabaría apoyando la sublevación franquista, pero aún así se mantuvo en el exilio hasta su muerte en 1947 en Buenos Aires, desde donde encajó su última derrota con el infructuoso intento de reconstruir la Lliga Catalana, el nombre que había adquirido en 1933 la Lliga Regionalista.
Pi y Margall, el padre catalán del federalismo español
Décadas antes de que el catalanismo se articulara como un movimiento político en torno a la Lliga Regionalista, el barcelonés Francisco Pi y Margall se erigió en el gran paladín del federalismo en el Estado español. Fue presidente del Gobierno en la I República durante solo un mes, entre junio y julio de 1873, período en el que intentó sacar adelante un proyecto de Constitución Federal que nunca llegaría a buen puerto. A juicio del politólogo Jorge Vilches, el catalanismo se apropió de su figura pese a su “profundo nacionalismo español”, recordando que el propio Pi y Margall insistía en que “el catalanismo no era independentista, sino autonomista”.
Ese espíritu de Cambó que combinaba el reconocimiento político de Catalunya con la intervención en Madrid para contribuir al progreso del conjunto del Estado había calado en Miquel Roca. Tras sus inicios en una organización socialista como el Front Obrer de Catalunya, en el que coincidió con otras figuras en ciernes de la política como Pascual Maragall y Narcís Serra, participó en la creación en 1974, aún en la clandestinidad, de Convergencia Democrática de Catalunya, una de las dos patas de la posterior CiU. Como segundo de a bordo de Jordi Pujol desde los inicios de la formación, Roca se erigió en portavoz del grupo parlamentario catalán tras las primeras elecciones de 1977 posteriores a la muerte de Franco. Jurista de prestigio, se convirtió en uno de los llamados padres de la Constitución al ser designado como miembro de la ponencia para su redacción y representó a su partido en la firma de los célebres Pactos de la Moncloa.
La buena reputación de Roca
Aquella intensa labor legislativa en los primeros años del regreso a la democracia contribuyó a la buena reputación de Roca en algunos sectores del centro-derecha español. Estos vieron en él un líder potencial para reflotar un proyecto liberal que capitalizase el legado diseminado en varias facciones que había dejado la UCD, el partido gobernante en la Transición, tras su hundimiento en las elecciones de 1982, en las que perdió 157 diputados y cedió el poder al PSOE de Felipe González. Precisamente en ese mismo año, el número 2 de CDC publicó Per què no?: una proposta catalana per a la modernització de l’estat. (¿Por qué no?: una propuesta catalana para la modernización del Estado). En el libro, con prólogo de Pujol, “el autor exponía su enfoque de una intervención directa del nacionalismo catalán moderado en la política española, colaborando estrechamente con fuerzas y sectores no catalanes pero ideológicamente afines”, como explica el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) al esbozar la biografía de Roca.
Florentino Pérez, compañero de viaje
A la vista de ello, un grupo de exaltos cargos ministeriales de la anterior administración de UCD, entre quienes se encontraba el actual presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, que habían iniciado ya los movimientos para vertebrar una nueva alternativa de centro liberal que ocupara el espacio entre el PSOE y la conservadora Alianza Popular (AP) de Fraga se reunieron en el madrileño restaurante Zalacaín con el político catalán para ofrecerle el liderazgo de un proyecto que pasaría a la historia como la Operación Roca, la cual fue presentada en sociedad en febrero de 1983 bajo el nombre oficial de Operación Reformista.
Miquel Roca, en un discurso en el Foro La Toja de 2025.
Roca aceptó la capitanía de la nave con el requisito de permanecer militando en CiU y que esta fuera, con sus propias siglas, la rama catalana del nuevo movimiento liberal. De hecho, este no se registró como partido hasta pasadas las elecciones catalanas de 1984, tomadas estas como un termómetro de sus opciones a nivel estatal. CiU obtuvo la mayoría absoluta y ello abrió la puerta de par en par a la constitución del Partido Reformista Democrático (PRD). Jordi Pujol intentó inicialmente atraer al proyecto al carismático Adolfo Suárez, quien tras su salida de UCD había fundado en 1982 el Centro Democrático y Social (CDS), pero este rehusó unirse a él. Sí lo hizo, en cambio, Antonio Garrigues Walker y lo que quedaba de su Partido Democrático Liberal tras el rotundo fracaso sufrido en las municipales de 1983, así como otras pequeñas formaciones locales como el Partido Riojano Progresista, Unió Mallorquina y Convergencia Canaria.
El citado éxito electoral de CiU en 1984 y los buenos resultados en los comicios autonómicos de noviembre de 1985 de Coalición Galega, también marca local del PRD en dicha comunidad, dispararon las esperanzas de los promotores de la Operación Roca. Bajo el lema “Hay otra forma de hacer España” aspiraban a recabar millones de votos en todo el Estado y tenían, además, un fuerte respaldo tanto de la banca como de la patronal. Pero el batacazo fue terrible cuando, en las generales del 22 de junio de 1986, el PRD no alcanzó siquiera los 200.000 sufragios, lo que le dejaba sin representación en el Congreso. En cambio, a sus sucursales locales les fue mucho mejor. CiU, precisamente con Roca como cabeza de lista, experimentó una fuerte subida, rompiendo la barrera del millón de votos y pasando de 12 a 18 escaños respecto a 1982. Por su parte, Coalición Galega logró por primera y última vez asiento en la Cámara Baja con un diputado. El PRD, tras ver cómo su potencial electorado se decantaba por el CDS de Suárez, el cual creció de dos a 19 escaños, acabó por disolverse unos pocos meses después.
Difícil de comprender
En las conclusiones de su artículo La Operación Roca. El fracaso de un proyecto liberal en la España de los años 80, el doctor en Historia Adrián Magaldi apunta varias causas como impedimento para “la vertebración en España de una opción liberal de centro”. Entre ellas estará el “problema de liderazgo” resultante de que el candidato a la Moncloa del PRD era alguien, como Roca, que ni siquiera militaba en dicho partido, algo “difícil de comprender para el electorado”. También su “vinculación al nacionalismo catalán” fue percibida negativamente en el resto del Estado y resultó convenientemente instrumentalizada por sus rivales, especialmente en el CDS y AP. Otros factores apuntados por Magaldi son el “tono elitista” que adoptó el PRD frente al más social y popular del CDS de Suárez y la falta de una “mínima vertebración territorial” del proyecto federal de Roca a la hora de presentarse a las generales del 86.
Vertebración territorial, la madre del cordero
Algunos de estos problemas podrían aplicarse al caso actual de Rufián, si bien su condición confesa de soberanista catalán es, a priori, mejor entendida a escala estatal en un entorno izquierdista que en círculos más conservadores y proclives al centralismo como los que rodeaban al proyecto de Roca, al igual que al de Cambó. La capacidad de liderazgo del político de Santa Coloma de Gramanet parece evidente, aunque quizás eso llegue a jugar también en contra de su iniciativa por el recelo que puede provocar en otros aspirantes a comandar una confluencia de ese segmento ideológico tan dado a las guerras cainitas.
La madre del cordero probablemente esté en esa carencia de “vertebración territorial” que tumbó la Operación Roca y que puede hacer que esa fortaleza común de la izquierda concebida para detener el temido avance de la ultraderecha se quede plasmada únicamente en los planos esbozados el pasado miércoles en la sala Galileo Galilei por el propio Rufián y su socio en esta difícil empresa, el dirigente de Más Madrid Emilio Delgado. Sin el respaldo de los republicanos de ERC -desmarcados de la propuesta de su portavoz en el Congreso-, Bildu y BNG, con la oposición manifiesta de Podemos y las huecas alabanzas de un Sumar que no acaba de hacer honor a su nombre, más allá de la ilusión momentánea que puedan generar, esos sugerentes planos no serán más que papel mojado.