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Hace quince años, el papa Benedicto XVI visitó Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Durante la fase de planificación de este evento, surgió una de las ideas más rocambolescas que se han planteado en la preparación de este tipo de eventos: la organización española solicitó formalmente a la Santa Sede que el piloto asturiano Fernando Alonso, que en aquel momento era uno de los punteros de la clasificación de la Fórmula 1 en su Ferrari, fuera el conductor oficial del papamóvil durante los trayectos del pontífice entre las multitudes.
Esta anécdota, que se mantuvo en secreto durante más de una década, ha sido desvelada recientemente por Yago de la Cierva, quien ejerció como director ejecutivo y coordinador general de aquella visita papal al Estado español. La finalidad de la propuesta era aportar un aire de originalidad y aprovechar la gran popularidad del bicampeón del mundo de Fórmula 1 en su tierra natal.
La máxima competición automovilística estaba en su receso veraniego, así que la agenda del piloto estaba disponible antes de retomar la carrera en el Gran Premio de Bélgica.
La idea fue rechazada
Sin embargo, el equipo de seguridad del Vaticano rechazó la solicitud de manera categórica. Según cuenta De la Cierva, la respuesta desde Roma fue inmediata: "Pusieron el grito en el cielo y nos dijeron: "¡de ninguna manera!"". El estricto protocolo de seguridad de la Santa Sede establece normativas rígidas sobre quién puede estar al volante del vehículo papal, sin hacer excepciones por el estatus del conductor.
"Preguntamos si Fernando Alonso podía manejar el papamóvil. Pero el equipo de seguridad dijo: 'Ni hablar'", explicó el coordinador. Pese a la negativa inicial, la organización española intentó mantener viva la idea argumentando la evidente habilidad del asturiano al volante. "Yo defendí esa idea y dije "yo creo que sabe conducir, o sea, creo que el Papa no corre peligro'", detalló el periodista acerca de sus conversaciones con el Vaticano.
A pesar de los intentos de persuasión, la decisión fue inamovible. "Me dijeron que tenía que ser un policía nacional, y acabó siendo un policía nacional", concluyó el coordinador. La normativa obliga a que el conductor sea un miembro activo de las fuerzas de seguridad del país anfitrión.