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Érase una vez un albañil dotado de una gran imaginación arquitectónica que un día prometió a su hija pequeña que le iba a sumergir en el mágico mundo de Alicia en el país de las maravillas edificándole una casa que para sí quisieran Hansel y Gretel. Aquel compromiso hoy es una realidad. Se llama El Capricho de Cotrina y se encuentra al sur de Extremadura, a 400 metros de Los Santos de Maimona.
Un mirador lleno de fantasía y color.
Francisco González Gragera, el fantasioso padre, había nacido en 1926 en Torremejía, cerca de Mérida, en la provincia de Badajoz. El pueblo no tenía entonces ni un millar de habitantes ni a Cela le había dado tiempo de situar allí la acción de su novela La familia de Pascual Duarte. A Cotrina, como todos llamaban a Paco, no le gustaban los trabajos del campo y en cuanto tuvo ocasión se fue a Bilbao como integrante de aquellas corrientes migratorias de los años sesenta.
Consiguió trabajo como albañil y marmolero que era como realmente se consideraba. En sus trece años de estancia en suelo vasco bregó en Otxarkoaga y embaldosó la Universidad de Deusto con ayuda de un hermano, al tiempo que formó su propia familia en un cuarto piso del barrio de San Ignacio. Cuando tuvo calderilla decidió regresar a Badajoz para montar allí su propio taller de marmolería y levantar una casita en un terreno baldío que compró de cara a la jubilación.
Un día, celebrando un cumpleaños de Yolanda, su hija menor, en pleno entusiasmo, le prometió construir una casa como las de los cuentos de hadas y con piscina propia. La promesa se fue materializando de inmediato, primero trabajando los fines de semana y después a destajo en su jubilación. En el empeño implicó a sus hijos eligiendo mosaicos para el inmenso puzle que preparó. “Mi padre era autodidacta y tenía una gran intuición”, dice su hija Pilar. El proyecto lo empezó a diseñar sobre papel cuadriculado en 1988, autoimponiéndose un orden de trabajo. Dos años más tarde hizo los cimientos y parte de la mampostería. Después levantó la pared de carga y a partir de 1992 realizó los forjados. En 1996 empezó con la cúpula del cuarto de baño, el pasillo y la escalera cubierta.
Francisco González ante su obra.
Francisco le echó imaginación al trazado, pensando siempre en la promesa que le había hecho a Yolanda: una fabulosa casa en la que no faltaran castillos de vibrantes colores con torres y almenas. La fantasía la pondrían sus formas curvilíneas basadas en motivos de la propia naturaleza. Poco a poco, aquellos extraordinarios dibujos que hacía fueron tomando cuerpo.
Fue entonces cuando alguien le dijo que las formas de aquel sistema arquitectónico en el que únicamente había hormigón, mosaicos y cemento, le recordaban a Gaudí, y más concretamente a la Casa Batlló o los interiores de La Pedrera. “Intrigado por el apunte hizo un viaje a Barcelona en el 2000 para ver por primera vez la obra del arquitecto catalán y quedó maravillado ante el Parque de Güell al tiempo que sorprendido por la semejanza”, señala Pilar.
Además de a Gaudí, El Capricho de Cotrina me recuerda la Hundertwasserhaus de Viena, un complejo de cincuenta apartamentos diseñados por Friedrich Hundertwasser, uno de los pintores modernos más famosos de Austria. El edificio causó sensación cuando se construyó en 1985 porque sus apartamentos están pintados con colores muy vivos sobre trazados curvos. Hoy es una atracción turística de primer orden en aquel país.
Detalle de la piscina.
“Mi padre –añade Pilar– no se conformó con hacer una casa de campo al uso normal, sino que materializó los sueños infantiles de mi hermana creando un mundo de curvas y formas orgánicas que brotaron del instinto artístico que llevaba en su interior. Se apartó de las líneas rectas que ayudan a hacernos la vida estresante y recurrió a su desbordante imaginación. El resto fue cosa de paciencia, de unas hábiles manos y del profundo conocimiento de los materiales que empleó, sus texturas y posibilidades”.
Para Jo Farb Hernández, profesora de Arte y directora de la Galería en la Universidad de San José, California: “La obra de Francisco González es indudablemente uno de los mejores entornos de arte que he visto”, opinión compartida por Sam Hernández, profesor de Escultura de la Universidad de Santa Clara, California. En la actualidad, El Capricho de Cotrina está incluido en la Encyclopedia de Outsider Art, de la Universidad de Chicago, uno de los textos más importantes de los Estados Unidos.
El baño de la casa.
El baño que todos queremos
La casa extremeña dispone de tres habitaciones, torre, cocina, baño y un pasillo al baño que, según Pilar, “es la joya del conjunto”. Pero hay otros detalles que cautivan a las personas curiosas, como la escalinata a la terraza y la serpiente, de unos doce metros de longitud.
“El conjunto artístico no está acabado y la obra se mantiene únicamente gracias a las aportaciones voluntarias de los visitantes que solemos tener los fines de semana. Los grupos no superan los sesenta componentes para evitar masificaciones que entorpezcan la cómoda visión de los pormenores de la obra. Casi todos coinciden al decir que les gustaría tener un baño como éste en su casa, en forma de calabaza y con una corona en su parte superior que mi padre copió de la que aparecía en una moneda de 25 pesetas. Pesa más de mil kilos”.
Llama la atención la piscina con agua que brota de siete grifos camuflados en una masa pétrea que el artista se trajo de su pueblo natal. Detrás se encuentra la barbacoa, plena de pormenores exquisitos. No falta la cochera de la casa, con su cuarto de baño y una habitación. Ni las farolas con forma de palmeras.
Original marco de ventana.
Cada rincón, una sorpresa
A decir de Rafael Romero Pineda, doctor cum laude y profesor titular del Laboratorio de Técnicas y Materiales Pictóricos y Escultóricos de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, Francisco González Gragera fue “un excepcional artista autodidacta que ha conceptualizado, diseñado y construido con sus propias manos una magnífica fantasía arquitectónica en la que cada rincón supone una gratificante sorpresa”.
Para este profesor catalán, El Capricho de Cotrina “denota una grandísima y poco común creatividad, un alto sentido de la estética, el dominio indiscutible de recursos formales, deliciosos y sublimes, así como dibujísticos, ornamentales y así un largo etcétera de virtudes, sensaciones que cabe vivirlas y disfrutarlas sin más in situ como una experiencia indescriptible y de crecimiento personal, no solamente para todo aquel que ame el arte y tenga suficiente sensibilidad para reconocer y disfrutar la belleza, sino también para la ciudadanía desde puntos de vista pedagógicos y ejemplarizantes de la grandeza y superación humana”.
La cúpula del baño, vista desde el exterior.
Lo que más llama la atención de la obra de Francisco es la capacidad de invención de que siempre hizo gala. En su libro Escultecturas margicvagantes. La arquitectura fantástica de España (2006), la profesora María del Mar Lozano Bartolozzi, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Extremadura, asegura que estamos ante “una construcción singular, imaginativa, plagada de soluciones originales y con gran encanto poético. El que haya sido ejecutada de un modo espontáneo, sin contar con asesoramientos técnicos ni con conocimientos especializados de arquitectura, convierte a esta creación en algo mucho más insólito. Es, sin duda, una de las obras maestras de lo que hemos denominado escultecturas margivagantes’.
Entrar en el mundo de Cotrina es pasar a otra dimensión de la existencia. Aquí la magia del sueño se hace realidad. Estas construcciones-plantas o vegetación arquitectónica cumplen nuestros deseos más ancestrales, la ubicación de los cuentos infantiles, el ideal de vivir en un espacio más amable, menos alienante. “Una obra artística patrimonial de impacto y trascendencia internacional como referente artístico, cultural y de talento creativo”, en opinión de los miembros del Grupo de Innovación Docente M.I.M.A. (Memoria y Materia Artística) de la Universidad de Barcelona.
A pesar de las prisas que se dio y de la ayuda que encontró en sus hijos, Francisco González no pudo ver finalizada la obra. Murió en setiembre de 2016 a los 90 años de edad dejando las instrucciones precisas a su hijo Roberto para que acabe una labor que perdura no sólo en piedra y mosaico, sino en el reconocimiento público que su obra ha recibido.