Lo que antes eran ocho horas de sufrimiento, ahora son 24; la casa, que podía funcionar como un lugar seguro, se convierte en la continuación de lo ocurrido en el colegio; y a la vergüenza o el miedo a contar lo que te hacen se suma la sensación de que los adultos pueden no entender del todo el mundo en el que está ocurriendo.
El bullying ha entrado en otra dimensión. Para ser más precisos, el cyberbullying, esa versión digital del acoso escolar, también ha evolucionado. Es la continuación de la continuación, lo nuevo de lo nuevo, del sufrimiento presencial al híbrido. El ciberacoso, tal y como lo define la RAE, es aquel “acoso que se lleva a cabo a través de internet”. Según el último informe de Fundación ANAR y Mutua Madrileña, un 3% del alumnado encuestado señala casos de ciberbullying y otro 3,2% situaciones en las que convive con el acoso presencial. En conjunto, un 6,2% apunta a alguna forma de acoso con componente digital. Pero la IA, los algoritmos de las redes sociales y el acceso cada vez más temprano de los menores a estas tecnologías sugieren que incluso este nuevo término ha quedado anticuado. Esta fundación es una de las principales organizaciones del Estado español dedicadas a la protección y ayuda de menores de edad en situación de riesgo.
El cambio no está únicamente en el medio utilizado, sino también en la capacidad del acoso para perseguir a la víctima fuera del centro educativo. “Lo que sucede en las aulas se prolonga a través del mundo cíber”, explica Diana Díaz, la portavoz de Fundación ANAR. Antes, añade, el menor “descansaba por lo menos en casa, pero ahora no, ahora son 24 horas, incluso en vacaciones”. El teléfono móvil ha eliminado por completo la barrera que existía entre el colegio y el hogar, una separación que para muchos podría significar la tregua de un calvario. Datos de Save the Children revelan que los menores que sufren acoso escolar tienen 2,23 veces más riesgo de padecer ideaciones suicidas y 2,55 veces más riesgo de realizar intentos de suicidio. En el caso del ciberacoso, este impacto es todavía mayor.
También han cambiado las formas de ejercerlo. El último estudio identifica entre las más habituales la difusión de rumores o información falsa, la grabación y publicación de agresiones físicas y el envío de mensajes amenazantes o abusivos. A ellas se suman la publicación de información privada para avergonzar a la víctima, la exclusión de grupos online, la suplantación de identidad o la difusión —o amenaza de difusión— de contenido sexual. Y si las redes sociales y los móviles consiguieron extender el acoso más allá del aula, la inteligencia artificial ha añadido una variable inexistente hasta la fecha: fabricar el propio material con el que acosar.
El papel de la inteligencia artificial
La inteligencia artificial generativa es una herramienta con la que llevamos conviviendo de manera masiva relativamente poco. Pese a ello, su evolución en estos últimos tres años ha sido tan grande que ha obligado a gobiernos a ponerle límites. De hecho, su uso ya es un hábito cotidiano y, según datos recientes del Observatorio Vasco de la Juventud, ocho de cada diez jóvenes en Euskadi utilizaron herramientas como ChatGPT o generadores de imágenes en el último mes. Esa normalización también ha llegado al acoso. Los datos publicados por ANAR muestran que esta herramienta estuvo presente en el 23,5% de las situaciones de ciberbullying detectadas, frente al 14,2% del curso anterior.
En los casos de ciberbullying en los que se identifica el uso de IA, la principal utilización es la creación de vídeos falsos a partir de fotografías de compañeros, presente en el 79,5% de los casos. Le siguen la manipulación de voz o audio, con un 57,5%, y la suplantación de identidad, con un 47,9%.
Diana Díaz comenta que sus líneas de ayuda llevan “más de dos años aproximadamente” recibiendo consultas relacionadas con la IA, aunque matiza que todavía “no son consultas masivas”. Entre ellas aparecen tanto conflictos entre iguales como casos en los que adultos emplean imágenes manipuladas para chantajear o suplantar la identidad de menores. El riesgo comienza, en algunos casos, antes incluso de que exista conciencia de estar acosando. “Lo puede incluso pensar que es una broma”, explica la experta, que relaciona este comportamiento con la falta de madurez y de perspectiva de riesgo propia de determinadas edades.
El algoritmo también cuenta
Pero el riesgo no depende únicamente de quién utiliza la tecnología. También importa cómo están diseñadas las plataformas en las que el contenido circula. El Centro Europeo para la Transparencia Algorítmica, dependiente del Joint Research Centre de la Comisión Europea, advierte de que el impacto de las redes sociales sobre los adolescentes depende de factores como las características personales, el tipo de uso que realizan y el propio diseño de las plataformas.
El organismo europeo pone parte de la responsabilidad sobre las propias compañías tecnológicas. Entre sus recomendaciones aparecen sistemas más eficaces de verificación de edad, algoritmos más seguros, mayor transparencia sobre su funcionamiento y herramientas que ayuden a los menores a pensar antes de publicar. También señala elementos como el scroll infinito o determinadas funciones diseñadas para mantener al usuario conectado durante más tiempo.
La facilidad para generar y difundir contenido tampoco afecta a todos de la misma manera. El componente de género aparece con claridad en los datos. Según Díaz, alrededor del 60% de las víctimas identificadas en situaciones de ciberbullying con inteligencia artificial son mujeres. “Se crean vídeos falsos, se manipula la identidad, la voz, la imagen, las fotos y efectivamente hay un componente sexualizado normalmente detrás”, explica.
Los datos vascos apuntan en una dirección similar, aunque abarcan una población más amplia, de entre 15 y 29 años. El 21,6% de la juventud de Euskadi afirma haberse sentido acosada alguna vez en redes sociales, porcentaje que asciende al 26,5% entre las mujeres y se sitúa en el 16,9% entre los hombres. La diferencia se amplía en el acoso sexual online: un 20,3% de las mujeres afirma haberlo sufrido, frente al 9,2% de los hombres.
Detectarlo antes de que vaya a más
La entrada de nuevas herramientas no significa que desaparezcan las señales tradicionales del acoso. Para Diana Díaz, los patrones son “muy parecidos” a los del bullying presencial, aunque el comportamiento tecnológico puede aportar nuevas pistas. Una víctima puede comenzar a mostrar rechazo o miedo hacia el teléfono y las redes o, por el contrario, refugiarse todavía más en ellas tratando de averiguar qué está ocurriendo.
Cuando el acoso ya se ha producido, ANAR aconseja dos pasos especialmente importantes: no eliminar las pruebas y dejar de interactuar con el agresor. Capturas, mensajes, fotografías o conversaciones pueden resultar fundamentales posteriormente a nivel policial o jurídico. El problema es que la propia presión del chantaje puede provocar que el menor continúe hablando con quien le está acosando e incluso que tarde en ser consciente de que se ha convertido en una víctima.
Ahí vuelve a aparecer la distancia generacional. Saber utilizar perfectamente un teléfono móvil, una red social o una inteligencia artificial no significa estar preparado para afrontar sus riesgos. “No podemos pensar que nuestro hijo o hija, porque se maneja muy bien a nivel de herramienta tecnológica, se va a manejar bien a la hora de enfrentarse a un riesgo”, comenta la portavoz.
Cuando ese riesgo alcanza una situación grave, las líneas de ayuda de ANAR realizan una evaluación psicológica, jurídica y social y pueden derivar al menor a profesionales de su entorno. En los casos en los que existe peligro para su integridad, la fundación activa protocolos con los servicios de emergencia o las fuerzas de seguridad y mantiene posteriormente el seguimiento del caso.
El acoso no nació con las redes sociales ni con la inteligencia artificial. Lo que ha cambiado es su capacidad para atravesar espacios que antes podían ofrecer una tregua. Si el colegio dejó de ser el único escenario, ahora tampoco una fotografía, una voz o incluso un vídeo necesitan ser reales para hacer daño.