Verdadero o Falso

¿Dónde estás? Amigos y parejas, siempre en el mapa

Compartir la ubicación ayuda a encontrarse y a saber si alguien ha llegado bien, pero también puede alimentar la sensación de quedarse fuera y las discusiones de pareja

Actualizado hace 45 segundos

Julen abre el mapa de Snapchat y ve que varios amigos de su cuadrilla están en el casco viejo de Donostia. No le habían dicho que iban a quedar. Tiene 19 años, estudia en la UPV/EHU y reconoce que consulta la ubicación de sus colegas "a cada rato". "Me entra el bajón y pienso que pasan de mí", cuenta. La misma herramienta que les ayuda a encontrarse en las fiestas de los pueblos o los jueves universitarios le permite saber que han salido sin él.

Entre amigos y parejas, compartir la ubicación en tiempo real puede dar tranquilidad y ahorrar mensajes. También puede convertir un retraso en responder, una parada después de entrenar o una noche fuera en motivo de preguntas. Gabriela y Jonan, una pareja de Vitoria-Gasteiz, conocen las dos caras: empezaron a usarla para organizarse y ahora intentan poner límites para que el mapa no acabe marcando sus discusiones.

Una cuadrilla que nunca desaparece del mapa

Durante años, el debate sobre la geolocalización de los menores giró principalmente en torno a los padres que querían saber dónde estaban sus hijos. Ahora son también los propios jóvenes quienes comparten su ubicación con la cuadrilla o con la pareja. Pueden hacerlo durante un trayecto concreto o mantenerla activada de forma indefinida, de manera que las personas elegidas consulten el mapa cuando quieran.

"Compartir la ubicación no tiene por qué tener nada de negativo", señala María Padilla, psicóloga de Capital Psicólogos. Para muchos jóvenes es una forma práctica de organizarse, descubrir quién está cerca o comprobar que una amiga ha llegado a casa después de volver sola de madrugada. "El ‘avísame cuando llegues’ de toda la vida ahora puede ser simplemente comprobar que has llegado", explica. También puede proporcionar una sensación de cercanía: aunque cada uno esté en un lugar, todos saben por dónde anda el resto.

El ‘avísame cuando llegues’ de toda la vida ahora puede ser simplemente comprobar que has llegado

El ‘avísame cuando llegues’ de toda la vida ahora puede ser simplemente comprobar que has llegado Elaboración propia

Para Julen, esa utilidad es evidente. Si el grupo se dispersa durante una fiesta, basta con mirar el móvil para volver a encontrarse. "Para la logística de las fiestas de los pueblos o los jueves universitarios viene bien para no perdernos", señala. El problema aparece cuando abre Snapchat sin que hayan quedado. Saber dónde están los demás le permite imaginar qué hacen y preguntarse por qué no está con ellos.

Hace poco vio que varios amigos estaban en un bar. Les había escrito por WhatsApp y tardaron dos horas en contestarle. La espera le molestó más porque sabía dónde estaban. "A nivel mental es un agobio. Quieres desconectar y no puedes, estás controlando y controlado todo el día", admite. El mapa no le decía por qué no respondían ni qué estaba pasando dentro del bar, pero le ofrecía información suficiente para hacerse preguntas.

El miedo a quedarse fuera

Padilla relaciona esa reacción con la importancia que tiene pertenecer al grupo durante la adolescencia y la primera juventud. Antes, explica, alguien podía enterarse por una foto en redes de que sus amigos habían quedado sin él. Ahora basta con abrir el mapa. "Veo que tres están juntos. Y empieza la cabeza: ‘¿Han quedado sin mí?, ¿por qué no me han llamado?’". Quizá se hayan encontrado por casualidad o quizá hayan hecho un plan aparte. "Más información no siempre significa más tranquilidad", resume.

La presión también puede afectar a quien no quiere aparecer en el mapa. María pone un ejemplo: si siete integrantes de una cuadrilla comparten su ubicación, el octavo puede sentirse obligado a hacerlo aunque nadie se lo exija abiertamente. Bastan preguntas como "¿tú por qué no?" o "si la tenemos todos…". "El problema sería que el octavo sintiera que tiene que aparecer para no sentirse el octavo", advierte.

Un estudio cualitativo de la autoridad británica de protección de datos recoge situaciones parecidas: adolescentes a quienes sus amistades preguntaron por qué habían desactivado la ubicación o les reprocharon haber salido sin quedar con ellas. Son experiencias individuales que ayudan a entender los posibles conflictos, aunque no permiten medir cuántos jóvenes de Euskadi comparten su ubicación.

De saber que ha llegado a casa a pedir explicaciones

Gabriela y Jonan, de 25 y 26 años, llevan un año y medio juntos. Para ellos, compartir la ubicación comenzó como una solución práctica. Jonan entrena a fútbol en un pueblo fuera de Vitoria-Gasteiz y Gabriela podía ver cuándo emprendía el regreso para preparar la cena o ir a buscarlo. A él le tranquiliza, por su parte, saber que ella ha llegado bien a casa cuando sale con sus amigas.

El 31% de los jóvenes de entre 15 y 29 años encuestados se mostró de acuerdo con la idea de que merece saber dónde está su pareja en todo momento.

El 31% de los jóvenes de entre 15 y 29 años encuestados se mostró de acuerdo con la idea de que merece saber dónde está su pareja en todo momento. Magnific

"Tenemos nuestros más y nuestros menos con esto, no te voy a mentir", reconoce Gabriela. La utilidad de los primeros meses no impidió que, durante una mala época, el mapa alimentara sus dudas. "Si discutimos y veo que su coche está aparcado en un sitio que no me cuadra, me entran los celos y le acabo pidiendo explicaciones", cuenta. El mes pasado dejó de compartir su ubicación durante tres días porque sentía que la situación la "asfixiaba".

Jonan recuerda una escena después de un entrenamiento. Se quedó hablando con sus compañeros en el aparcamiento y recibió un mensaje de Gabriela: "¿Por qué llevas media hora parado en el mismo sitio?". "Te hace sentir bajo el microscopio", explica. Ahora intentan reservar la ubicación compartida para los fines de semana o los viajes. Según Jonan, mantenerla activada todo el tiempo hacía que "cualquier tontería" pudiera acabar en una discusión.

¿Cuidado o control?

La especialista propone fijarse en para qué se consulta la ubicación. Mirar durante un trayecto si una amiga que vuelve sola ha llegado a casa tiene una finalidad concreta. Consultar varias veces dónde está la pareja, cuánto tiempo lleva allí o si se ha desplazado a otro lugar responde a una dinámica distinta. "Que yo pueda saber dónde estás no quiere decir que necesite saberlo", afirma.

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Compartir la ubicación tampoco debería convertirse en una prueba de amor. La psicóloga reconoce que en una relación puede surgir la pregunta: "Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué no la compartes?". Ella propone devolverla: "¿Por qué necesitas saber dónde estoy todo el tiempo?". Tener espacios propios, sostiene, no equivale a esconder algo. "Compartir la ubicación puede formar parte perfectamente de una relación saludable, pero nunca debería convertirse en el precio que alguien tenga que pagar para demostrar que quiere a la otra persona".

El Barómetro Juventud y Género 2025 de Fad Juventud aporta contexto a esa conversación: el 31% de los jóvenes de entre 15 y 29 años encuestados se mostró de acuerdo con la idea de que merece saber dónde está su pareja en todo momento. La cifra refleja una opinión, no cuántos utilizan aplicaciones de geolocalización. El mismo estudio recoge que el 32,1% de las mujeres jóvenes afirmó que su pareja se había enfadado por no responder inmediatamente a mensajes o llamadas, frente al 17,5% de los hombres.

Hacer planes pensando en el mapa

¿Cómo saber si un acuerdo ha dejado de ser libre? María Padilla plantea una señal muy concreta: empezar a tomar decisiones pensando en lo que la otra persona verá. "No voy a ir allí porque luego me va a preguntar", "mejor le aviso antes de que lo vea" o "como dije que estaría en casa, ahora se va a enfadar". Quien vive esa situación quizá no piense que lo están controlando; puede creer que solo está evitando una discusión.

La psicóloga también ha visto en consulta parejas en las que ambos comparten la ubicación y están cómodos con ese acuerdo. En otras, uno de los dos no quiere hacerlo, pero acaba cediendo por miedo a un enfado o a perder la relación. Estas situaciones aparecen tanto entre jóvenes como en parejas de más edad. "La aplicación es nueva. Algunas de las cosas que hacemos con ella no lo son tanto", observa.

El miedo a quedarse fuera del mapa.

El miedo a quedarse fuera del mapa. Magnific

El mapa, además, solo muestra un punto. No explica qué hace alguien en ese lugar ni con quién está. Gabriela vio el coche de Jonan detenido después de entrenar, pero la ubicación no podía contarle que estaba hablando con sus compañeros. Julen sabía que sus amigos estaban en un bar, aunque desconocía por qué tardaban en responder. El resto de la historia, señala María, puede construirlo la imaginación.

Esa posibilidad de mirar también puede ocupar el tiempo de quien se queda en casa. María describe a una persona que intenta disfrutar de su noche mientras consulta una y otra vez por dónde va su pareja: primero está cenando, después aparece en otro local y más tarde sigue allí. "Una parte de mi noche ya no la estoy viviendo yo. La estoy viviendo pendiente de la noche del otro", explica.

El derecho a salir del mapa

Haber crecido con padres que consultaban la ubicación de sus hijos podría influir en cómo viven esta práctica algunos jóvenes, aunque Padilla evita establecer una relación automática. Unos pueden considerarla normal porque la conocen desde pequeños; otros pueden rechazarla precisamente por haberse sentido demasiado supervisados. A su juicio, conforme los hijos crecen, los padres deben darles cada vez más espacio para aprender a manejarse por sí mismos.

Entre amigos y parejas, María recomienda acordar para qué y durante cuánto tiempo se comparte la ubicación: para encontrarse, para volver a casa de noche o durante un viaje. No tiene que ser una decisión permanente. También aconseja revisar con quién se mantiene activada, porque las relaciones cambian y un permiso concedido hoy no tiene por qué durar para siempre.

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Si alguien quiere dejar de compartirla, la psicóloga propone expresarlo sin una larga cadena de justificaciones: "La voy a quitar porque no me apetece estar localizada todo el tiempo". Y ante la pregunta de qué tiene que ocultar, recuerda que poner un límite no significa rechazar al otro. "Compartir una ubicación debería facilitarnos la vida, no complicárnosla", concluye.

Gabriela y Jonan están probando un acuerdo más limitado. Julen, en cambio, todavía busca la manera de dejar de mirar un mapa que le resulta útil cuando sale con la cuadrilla, pero que le provoca malestar cuando descubre un plan al que no le han invitado. Sus experiencias dejan una pregunta abierta: si compartir la ubicación es una decisión entre personas de confianza, ¿puede cualquiera de ellas apagarla sin tener que dar explicaciones?

2026-10-11T06:43:54+02:00
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