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Del espejismo del Brexit al sinuoso Brentry

Este martes se cumplen diez años de la salida del Reino Unido de la Unión Eueopea. Una década después las consecuencias han sido catastróficas para el país
Una pareja de partidarios del Brexit celebran en las calles de Londres la salida del Reino Unido de la Unión Europea.
Una pareja de partidarios del Brexit celebran en las calles de Londres la salida del Reino Unido de la Unión Europea. / EP

Actualizado hace 2 minutos

Hoy en día el Reino Unido actual resuena al ritmo de la melancólica y profética balada de The Beatles The Long and Winding Road (El largo y sinuoso camino). Y es que ningún otro título podría definir con mayor precisión la travesía política, económica y social que ha experimentado la nación británica durante la última década. Este martes se cumplen exactamente diez años desde aquella dramática y divisiva decisión de abandonar la Unión Europea, impulsada por aquel histórico referéndum que dio vida al Brexit. Hoy, en el ecuador de 2026, las olas han cambiado de rumbo de manera drástica, tal como cambian los fríos vientos en el Mar del Norte, empujando a la isla hacia un destino que muy pocos habrían osado imaginar en el febril fragor de 2016.

Fue en aquel efervescente verano cuando el Reino Unido conmocionó el tablero geopolítico mundial al votar por su salida del bloque comunitario. La campaña del Leave que dirigía Boris Johonson prometía la recuperación de una soberanía absoluta e incontestable, el control total e inquebrantable de las fronteras, la liberación de la supuesta tiranía burocrática de Bruselas y el amanecer de una era dorada de prosperidad global. Sin embargo, la cruda realidad de la década posterior ha dictado una sentencia implacable, gélida y diametralmente opuesta a los eslóganes pintados en los autobuses de campaña. Hoy, el debate político británico ha dado un giro copernicano. Lo que en su momento de euforia británica pareció una decisión irreversible, tallada en piedra por la voluntad popular, se ha transformado en un clamor creciente, transversal y ensordecedor por deshacer el camino.

Este fenómeno, bautizado popularmente en los pasillos de Whitehall, en los think-tanks londinenses y en las calles de todo el país como Brentry (una ingeniosa combinación de Britain y Re-entry), no es un mero ejercicio de nostalgia romántica por un pasado idealizado. Es un movimiento puramente pragmático, de pura supervivencia, impulsado por una asfixiante realidad macroeconómica, el inevitable e inexorable relevo generacional y la constatación de un aislamiento geopolítico que resulta impensable e insostenible en el nuevo orden multipolar dominado por bloques continentales.

Colapso del modelo económico

Para entender la génesis profunda de este movimiento a favor del retorno, es imperativo diseccionar la anatomía de lo que los economistas, desde la City de Londres hasta el Fondo Monetario Internacional, denominan una “anemia estructural crónica”. Al perder el acceso preferente al Mercado Único europeo y a la Unión Aduanera, la fricción de los mercados internacionales se hizo dolorosamente evidente, golpeando la línea de flotación de la economía británica. Las barreras no arancelarias, el exceso de una burocracia aduanera paralizante y los férreos controles fronterizos redujeron el comercio con su socio natural y más cercano en casi un 15% en términos reales respecto a los niveles proyectados si el país se hubiera mantenido en el bloque.

Las cifras macroeconómicas son un reflejo exacto del declive. Se estima que la economía del Reino Unido ha perdido entre un 6% y un 8% del Producto Interior Bruto (PIB) en esta década. La inversión empresarial extranjera, antes uno de los grandes orgullos del país, se estancó con una caída alarmante en torno al 15%. Las multinacionales automotrices, temerosas de la interrupción de sus delicadas cadenas de suministro just-in-time, y las grandes entidades financieras, despojadas de su pasaporte financiero europeo, no dudaron en reubicar de manera paulatina pero constante sus centros de operaciones y miles de puestos de trabajo de alto valor añadido en ciudades como Fráncfort, París, Dublín y Ámsterdam.

A este macro-declive se sumó el golpe catastrófico a sectores críticos del día a día, aquellos que sostienen la estructura social del país. La hostelería, la agricultura y el otrora venerado Servicio Nacional de Salud (NHS) sufrieron un colapso operativo sin precedentes provocado por la drástica restricción de la libre circulación de personas. Lejos, muy lejos, quedaron las promesas populistas que auguraban 350 millones de libras semanales extra para inyectar en la sanidad pública. En su lugar, el país se encontró con cosechas pudriéndose en los campos por falta de temporeros del este de Europa, pubs y restaurantes cerrando sus puertas o reduciendo sus horarios, y hospitales al borde del colapso por la falta de médicos y enfermeras. El resultado ha sido una tormenta perfecta: el costo de la vida se ha disparado, la inflación enquistada y se ha instalado una escasez crónica de mano de obra que asfixió el crecimiento potencial.

La trituradora de Downing Street

Si la economía sufrió un desgaste profundo, la política británica experimentó un nivel de caos institucional que destruyó la histórica reputación del Reino Unido como un faro de estabilidad y pragmatismo. En apenas diez años, el 10 de Downing Street se ha convertido en una trituradora de liderazgo, viendo pasar a seis primeros ministros, un récord de inestabilidad sin parangón en la historia democrática moderna del país.

David Cameron encendió la mecha al convocar y perder el referéndum en 2016, dimitiendo a la mañana siguiente y dejando al país en estado de shock. Le sucedió Theresa May, quien asumió la tarea hercúlea de diseñar un divorcio ordenado, solo para inmolarse políticamente tres años después, humillada por un Parlamento fracturado que rechazaba sistemáticamente sus acuerdos. Llegó entonces Boris Johnson, quien logró capitalizar el hartazgo social bajo la promesa de “completar el Brexit” (Get Brexit Done), ejecutando finalmente la salida en enero de 2020. Sin embargo, su mandato colapsó en 2022, devorado por su propia indisciplina, el escándalo del Partygate y la dimisión masiva de su gobierno.

El clímax del absurdo político lo protagonizó Liz Truss en otoño de 2022. En un intento desesperado por revivir la economía post-Brexit mediante un radical y no financiado recorte de impuestos, estrelló la libra esterlina y los fondos de pensiones, viéndose obligada a dimitir tras apenas 45 días, convirtiéndose en la primera ministra más efímera de la historia británica. Rishi Sunak llegó para apagar el incendio y estabilizar los mercados, logrando hitos como el Marco de Windsor para calmar las tensiones en Irlanda del Norte, pero el daño a la marca del Partido Conservador era ya irreversible. En julio de 2024, el electorado castigó a los tories con la peor derrota de su historia, entregando las llaves al laborista Keir Starmer, quien heredó un país exhausto, dividido y económicamente estancado.

La bandera británica es arriada de la sede de la Unión Europea en Bruselas el 31 de enero de 2020.

La bandera británica es arriada de la sede de la Unión Europea en Bruselas el 31 de enero de 2020. E.P.

Relevo generacional y rebelión empresarial

Mientras la clase política giraba en un carrusel de crisis, la sociedad británica mutaba en sus cimientos. El factor demográfico ha actuado como el gran juez del Brexit. En 2016, el voto estuvo fuertemente polarizado por la edad: las generaciones mayores votaron abrumadoramente por salir, mientras los jóvenes rogaban por quedarse. Diez años después, la biología y la demografía han reescrito el censo electoral. Millones de votantes euroescépticos de edad avanzada han fallecido, cediendo el paso a una nueva y vibrante generación de “nativos europeos”. Hablamos de la juventud a la que le arrebataron las preciadas becas Erasmus, la libertad para vivir, amar y trabajar sin visados en 27 países del continente, y que ha alcanzado la mayoría de edad cultivando un profundo resentimiento hacia la decisión de sus abuelos. Hoy, las encuestas son lapidarias y consistentes: más del 60% de la población británica considera que el Brexit fue un error de proporciones históricas, y al menos el 55% apoya abiertamente iniciar el retorno.

Lo que comenzó como un rumor en los foros académicos y un lamento en las universidades se transformó en una plataforma política viable gracias al hartazgo de la sociedad civil y, sobre todo, del gran empresariado. La Confederación de la Industria Británica y los poderosos gremios de la City de Londres rompieron finalmente el tabú. Tras años de intentar una “adaptación silenciosa” para no enfadar al gobierno de turno, exigieron un marco de alineación regulatoria total con Bruselas. El argumento es de pura supervivencia: el Reino Unido, como isla independiente, carece de la masa crítica necesaria para competir de tú a tú en guerras comerciales contra gigantes como EE.UU., China o la UE.

A pesar de la evidencia, la clase política institucional ha tardado en reaccionar, paralizada por el miedo a los tabloides y a los votantes del Red Wall (el muro rojo industrial del norte de Inglaterra que fue clave para el Brexit). Sin embargo, el tiempo ha provocado un cisma ineludible en el seno del actual partido gobernante.

El primer ministro laborista Keir Starmer, aferrado a la prudencia, inició su mandato prometiendo hacer que el Brexit funcionara, buscando un “reinicio” (reset) de las relaciones con Europa pero negándose a cruzar la línea roja de reingresar al Mercado Único o a la Unión Aduanera. Pero la presión interna se ha vuelto insoportable. Figuras emergentes, carismáticas y aspirantes a sucederle, como Wes Streeting (el influyente ministro de Sanidad) y el inmensamente popular alcalde de Manchester, Andy Burnham, han abierto la caja de Pandora de par en par. Argumentan a viva voz que el lugar natural e histórico del país está en el corazón de Europa. Para ellos, es la única manera de revertir la catástrofe económica y de establecer un frente unido y robusto ante la doble amenaza que suponen la Rusia beligerante de Vladimir Putin y las políticas aislacionistas y proteccionistas del American First de Donald Trump.

Esta fractura en el oficialismo coincide con una presión asfixiante desde la periferia del reino. Los partidos nacionalistas, como el Partido Nacional Escocés (SNP) y el Plaid Cymru en Gales, han enarbolado el Brentry como su bandera fundamental, advirtiendo que la reintegración en Europa es la única argamasa que puede salvar la cohesión territorial del propio Reino Unido, recordando Edimburgo que el Brexit incumplía el referéndum de independencia.

Las consecuencias del Brexit

  • Comercio. La salida del mercado único y la unión aduanera ha traído controles fronterizos y trámites aduaneros. Esto ha encarecido los productos y provocado una caída en los intercambios comerciales, afectando especialmente a pequeñas y medianas empresas. 
  • Inversión y PIB. La incertidumbre ha reducido la inversión extranjera directa y se calcula que la economía británica es notablemente más pequeña de lo que habría sido de seguir en la UE
  • Sector Financiero. Londres ha perdido parte de su hegemonía como principal centro financiero europeo, trasladándose activos y empleos a ciudades como Fráncfort, París o Ámsterdam.
  • Trabajar. Los ciudadanos europeos no tienen derecho a residir o trabajar libremente en el Reino Unido, necesitando visados específicos. Lo mismo aplica para los británicos en territorio de la UE. 
  • Turismo y viajes. Los controles de pasaportes y los límites de estancia (estancia máxima de 90 días sin visado) han complicado los viajes y el turismo recíproco. 
  • Irlanda del Norte. El estatus de Irlanda del Norte ha generado constantes fricciones políticas para evitar una frontera dura con la República de Irlanda, manteniendo normativas comerciales distintas del resto del Reino Unido.
  • Escocia. El Brexit ha reavivado los movimientos independentistas ya que una amplía mayoría de la población escocesa votó a favor de permanecer en la UE.

La fría recepción en Bruselas

Si la política británica asume en sus debates domésticos que regresar a la casa común es tan fácil como pulsar un interruptor o entonar un mea culpa, la respuesta desde las instituciones de la Unión Europea ha consistido en una gélida y calculada ducha de agua fría. La Europa de hoy, forjada en la resiliencia tras la pandemia, la guerra en Ucrania y las crisis energéticas, ya no es la misma que el Reino Unido abandonó con desdén.

La postura de la Comisión Europea, respaldada con firmeza de hierro por el eje franco-alemán, es unánime y tajante: el Reino Unido jamás recibirá el estatus de miembro especial del que gozó en el pasado. Se acabó el tiempo de las excepciones. No habrá cheques británicos que devuelvan dinero a Londres, ni cláusulas de exención como los que arrancaron Margaret Thatcher o John Major. Si los británicos quieren volver, tendrán que hacerlo como un socio ordinario, aceptando el paquete completo de la integración europea.

Las condiciones que Bruselas pone sobre la mesa de negociaciones son vistas como draconianas para el maltrecho orgullo insular. En primer lugar, se exigiría el compromiso de adoptar la moneda única, el euro, obligando al país a ceder su preciada soberanía sobre la libra esterlina. En segundo lugar, se demandaría la entrada total en el espacio Schengen, lo que implicaría la eliminación absoluta de los controles fronterizos con el resto de la UE, una línea roja para los sectores conservadores. En tercer lugar, el fin de cualquier descuento presupuestario, obligando a Londres a ser un contribuyente neto sin privilegios. Y, por último, el sometimiento absoluto e inapelable a la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, destruyendo el principal argumento de los brexiteers: la supuesta recuperación del control de sus propias leyes.

Todo este proceso de integración por la puerta de atrás ha desatado la furia previsible de la derecha populista. Encabezados por un incombustible Nigel Farage y su formación Reform UK, y jaleados a diario por los grandes titulares sensacionalistas de tabloides como The Daily Mail y The Daily Telegraph, denuncian una “traición de las élites” y una rendición incondicional ante Bruselas. Para el gobierno, contrarrestar esta retórica requiere un esfuerzo titánico: deben desplazar el debate del terreno emocional de la “libertad” y las banderas, hacia el crudo pragmatismo de los bolsillos vacíos, los hospitales colapsados y la falta de oportunidades para la juventud.

2026-06-22T09:37:36+02:00
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