Gipuzkoa

Del Big Ben a los retablos de Oñati

Lo que comenzó como una curiosidad en su infancia se ha convertido en una sólida trayectoria profesional. Hoy, el oñatiarra Xabier Mendizabal se dedica a restaurar y conservar patrimonio, además de cultivar otra de sus grandes pasiones: crear gigantes
Mendizabal vive con auténtica pasión su trabajo desde lo alto de los andamios, devolviendo el lustre a las figuras de los retablos. / Mendizabal.

Hay vocaciones que no se eligen, sino que crecen y se robustecen desde la infancia. En el caso de Xabier Mendizabal, restaurador y artesano de gigantes, todo comenzó entre libros de arte y juegos poco convencionales. “De pequeño hacía mini retablos de 'Playmobil', copiando las iglesias y recreando la escultura que me fascinaba”, recuerda este oñatiarra. Aquel gesto no era casual. En su entorno familiar ya existía una sensibilidad artística que, sin manifestarse de forma explícita, terminó dejando una huella profunda. Su madre trabaja la cerámica y su padre, como él mismo resume, “dibuja muy bien”.

Esa inclinación temprana se convirtió con el tiempo en una necesidad de comprender la obra desde dentro. Durante su formación en restauración en Bilbao, Mendizabal no solo buscaba intervenir las piezas, sino también desentrañar su construcción. “Quería entender cómo se habían hecho, conocer la marca de la gubia y poder recuperarlas”, explica. Su impulso lo llevó a Londres, donde se especializó en la talla en madera y, según confiesa, se "enamoró del dorado”.

Big Ben, Palacio de Westminster...

Durante siete años trabajó en algunos de los edificios más emblemáticos de la capital británica, como el Big Ben y el Palacio de Westminster. “Empecé en el reloj y después pasamos a distintas salas y estancias del palacio”, relata Mendizabal. Su recorrido se amplió en la Abadía de Westminster, al enfrentarse a técnicas más complejas, como el dorado al agua con acabados bruñidos y mates. Hoy, al ver ceremonias en esos espacios por televisión, todo adquiere un matiz íntimo: "Haber trabajado allí es algo inolvidable. Fue una experiencia de aprendizaje brutal", asegura.

Pero la proyección internacional no pudo con la fuerza de sus raíces. “Sentía una nostalgia profunda por el patrimonio vasco, por sus iglesias, su imaginería…”, cuenta este entusiasta oñatiarra, que hace cuatro años se instaló de nuevo en casa. El impulso definitivo llegó tras un suceso en su entorno: "Se desplomó un balaustre en la Universidad de Oñati", rememora. Aquella sensación de urgencia lo llevó a reactivar contactos y emprender el regreso.

Mendizabal en su taller de Zubillaga con una de las imágenes que está restaurando. Anabel Dominguez.

El retablo de Beasain

Su primer proyecto consistió en restaurar el retablo de Beasain de la mano de la firma especializada Petra. Desde entonces, Xabier ha ido fortaleciendo su carrera como restaurador, con encargos para instituciones y empresas, sin perder de vista su localidad natal.

Intervenir en Oñati -trabaja en la restauración de imágenes del Corpus y en fuentes como la de la plaza Maiatzaren 1- tiene para él un significado especial. Recientemente, además, se ha ocupado de los retablos de la parroquia de San Miguel, una experiencia que describe como “lo máximo”. “Estar arriba, limpiando las figuras es increíble. Incluso por encima de trabajos como el Big Ben, esto es para mí lo más bonito”, recalca.

Uno de los aspectos que más valora Mendizabal es acceder a lo que habitualmente pasa desapercibido: “Desde abajo te haces una idea, pero cuando estás cerca entiendes cómo ensamblaban, cómo ahuecaban las imágenes”, señala. En ese proceso surgen hallazgos inesperados: “En la parroquia hemos visto policromías con fechas escritas; son detalles que solo se descubren trabajando directamente sobre la obra”, destaca. Este enfoque cercano le ha permitido, asimismo, desarrollar un análisis crítico sobre la conservación del patrimonio. “Creo que en los años 50-60 hubo demasiada intervención. Por ejemplo, en la iglesia se quitaron todos los enlucidos y eso me parece excesivo, porque se perdieron todas las pinturas que existían entonces”, comenta. Aun así, valora que muchas piezas se hayan mantenido a salvo gracias a la sensibilidad de quienes las custodiaron, lo que abre la puerta a futuras recuperaciones.

El joven restaurador oñatiarra en plena faena. Mendizabal.

Catalogación en Arantzazu

Actualmente, su actividad le ha llevado a un lugar cargado de simbolismo: el santuario de Arantzazu, para participar en un proyecto de catalogación patrimonial impulsado por la Diputación. Lo que va encontrando le resulta “fascinante”: infinidad objetos, muchos de la antigua basílica. Su cometido se basa en inventariar, evaluar el estado de conservación y fijar criterios de actuación.

Figuras de altura

Mendizabal ha encontrado, a su vez, un campo creativo fértil en las celebraciones festivas: la fabricación de gigantes y cabezudos. Su primer coloso, Sebastián, vio la luz en Londres, marcando el inicio de un camino que hoy aúna la precisión artesanal con técnicas contemporáneas, y el rigor aportado por su amigo y maestro en estructuras y moldes, el lezotarra Joanes Díez. Ha restaurado los cuatro personajes veteranos de Oñati, creado los que representan a los dantzaris del Corpus y desarrollado figuras para diversos municipios como Aretxabaleta y Oiartzun, además de los trabajos que esta pareja de artistas tiene en fase de gestación. “Los gigantes me permiten jugar con la creatividad desde cero. Ver la cara de los niños y niñas en las fiestas es realmente emocionante; ahí sientes que lo que haces se disfruta de verdad”, admite.

Xabier es el autor del cabezudo 'Pello basurdea', la mascota festiva de su lugar de origen, el barrio de Zubillaga. En la imagen, durante su creación. Mendizabal.

Apreciar el valor estético

Esa misma pasión y cuidado que aplica en estas creaciones guía su mirada hacia las joyas artísticas que jalonan la geografía vasca. Le gustaría actuar en escenarios como el retablo de la parroquia de Segura, con las magistrales esculturas de Luis Salvador Carmona, a quien admira profundamente. Fuera de Euskal Herria sueña con poder restaurar los gigantes de Toledo, que se conservan tal y como fueron concebidos en su época.

En el caso de las obras religiosas, más allá de la técnica, plantea una reflexión: invita a contemplarlas sin reducirlas a su función litúrgica, apreciando su valor estético e histórico incluso fuera del contexto original.

Desde su taller, ubicado en el caserío familiar del barrio de Zubillaga, este joven que pronto cumplirá 33 años, está haciendo realidad sus deseos: fusionar tradiciones y creatividad para devolver al patrimonio su magia, la misma que en cada fiesta revive a través de sus colosos.

21/03/2026