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Alex Baudin se tiñó de amarillo en la víspera al concretar una fuga con ese punto necesario de las maravillosas locuras. La chispa adecuada.
Vestido de líder, el destino le situó frente al espejo y le tasó con una prueba de entereza ante Clément Braz, que fue su compañero de escapada el día anterior, pero con el amanecer, era la amenaza a su estatus en el Tour Auvergne-Rhône-Alpes.
El ciclismo es un ruleta. Braz formaba parte de la vanguardia de diez que configuraron la huida en el segundo acto de la carrera francesa, un maratón de 234 kilómetros y cinco ascensiones por terreno quebrado, tejido por subidas y bajadas. Una cartografía de vías secundarias perfiladas con el deje de las clásica.
En ese paisaje de resistencia, determinación y solidez se impuso Anthon Charming, que se movió en el momento preciso para alcanzar su mejor victoria de siempre en el baile de los fugados. El danés reservó las fuerzas necesarias para el asalto definitivo.
“He intentado guardar toda la energía posible y he tratado de aprovecharla en la última subida, que me ha venido muy bien por mis características, siendo la última y de potencia”, analizó el danés.
Charming estaba dispuesto a derribar las puertas de la gloria a cabezazos en un ejercicio de brutalismo tras mostrar su capacidad de resistencia: 224 kilómetros de fuga.
Solo cuando atravesó el triángulo rojo que fijan los últimos mil metros, cambió el gesto y de la mandíbula apretada le brotó la alegría, incontenible.
La felicidad pura mientras gritaba a los cuatros vientos su su mejor conquista. Cuatro años después de la única victoria que ondeaba en su palmarés, el danés alcanzó su sueño a un palmo del Tour. Eso le acerca a la Grande Boucle, pero desconoce aún si será uno de los elegidos del Uno-X.
Mientras los jerarcas sopesaban el impacto de los kilómetros y hacían recuento del ahorro de energía imaginando el esfuerzo y la dedicación que exigirá la crono por equipos, los quijotes se reafirmaban en el presente.
Braz alzó la voz en el Côte des Baraques sobre un asfalto entreverado de humedad, piel nueva y arrugas de tiempos pasados.
Almeida, desenfocado
El francés pedaleaba con el impulso de los desesperados. En la fuga de los disconformes hubo reunificación. No había punto de soldadura para Joao Almeida, pura melancolía y tristeza en un subida sin filo.
Al luso, magnífico el curso anterior, era un penitente sin acceso a la planta noble, donde Seixas, Ayuso y Del Toro silbaban. Jadeaba Almeida, tarareaba el resto.
A la larga y ondulante travesía le restaba la subida a Côte de Saint-Vidal. Para entonces Baudin había desactivado la incertidumbre. Su liderato no corría peligro. A salvo. Entre los exploradores nadie se descubría. Juegos mentales.
Arreció Benjamin Thomas con un brindis al sol. Ese burbujeo provocó un efecto dominó. Charming, Braz y García Pierna se reunieron en las rampas, recién asfaltadas. Sin tiempo para pintar la carretera. El ciclismo vuela. No espera a nadie. Un expreso desbocado.
Lanzó Charming, pleno de potencia, su apuesta. Una crono. A todo o nada. Raúl García Pierna y Braz a veces le veían y otras, le intuían. Charming, ojos desorbitados, las gafas colgadas en la nuca rodaba como un poseso.
García Pierna y Braz se turnaban, pero no esquilaban al danés, que buscaba la victoria de su vida. Van Mechelen y Renard-Haquin confluyeron con el dúo. Doblaron las fuerzas. En vano.
Charming era un estallido de primavera. Imparable. Desbordante. La emoción en cada gesto. La espera mereció la pena. 224 kilómetros después, la paz del hombre que venció el maratón.