Vida y estilo

Challenger: 40 años del accidente que puso en jaque el futuro de la carrera espacial

La misión del transbordador de la NASA se truncó 73 segundos después del lanzamiento debido a una explosión que acabó con la vida de sus siete tripulantes
Momento de la explosión del transbordador Challenger a los 73 segundos de despegar de Cabo Cañaveral. / NASA

El 28 de enero de 1986, a las 11:38 de la mañana, hora local de Florida, el transbordador espacial Challenger explotó en el aire poco más de un minuto después de despegar desde la base de Cabo Cañaveral, en Florida. El lanzamiento estaba siendo retransmitido en directo a millones de hogares de en todo el mundo. Lo que los espectadores presenciaron no fue una nueva demostración de poder tecnológico, sino uno de los accidentes más traumáticos de la historia de la astronáutica.

El Challenger no solo marcó un antes y un después para la NASA, sino que alteró para siempre la forma en la que la sociedad estadounidense miraba al espacio y a quienes se jugaban la vida para explorarlo.

Era la primera vez que la agencia espacial sufría un accidente mortal en pleno vuelo. Hasta entonces, el incendio del Apolo I, en 1967, había ocurrido durante una prueba en tierra, y el Apolo XIII había logrado regresar pese a un fallo crítico. La explosión del Challenger rompió esa secuencia y mostró, ante las cámaras, que el programa más ambicioso y complejo jamás construido también podía fallar de forma catastrófica.

La misión del transbordador Challenger

La misión STS-51L era la vigesimoquinta del programa del transbordador espacial, iniciado en 1981 con la promesa de reducir los costes de acceso al espacio gracias a un sistema parcialmente reutilizable. El conjunto estaba formado por el orbitador, dos cohetes de combustible sólido y un tanque externo desechable. En teoría, la reutilización del orbitador y de los propulsores debía permitir una cadencia de lanzamientos elevada y abaratar cada misión.

Sin embargo, la realidad fue totalmente distinta. El sistema resultó ser extraordinariamente complejo, caro de mantener y muy exigente en términos de seguridad. El Challenger, segundo transbordador construido tras el Columbia, se convirtió en el más utilizado de la flota. Entre 1983 y 1984 realizó la mayoría de las misiones del programa, lo que reforzó su imagen de fiabilidad, pero también contribuyó a aumentar la presión interna para cumplir calendarios cada vez más ambiciosos.

El futuro es ahora. Los jóvenes necesitan ver que el programa espacial es una oportunidad para trabajar

Christa McAuliffe - Miembro de la tripulación del Challenger

STS-51L iba a ser la segunda misión de 1986 y la primera del Challenger ese año. Sus objetivos eran poner en órbita un satélite de comunicaciones, realizar experimentos científicos relacionados con la dinámica de fluidos y llevar a cabo observaciones del cometa Halley, que se aproximaba a su punto más cercano al Sol. La duración prevista era de aproximadamente una semana en órbita terrestre baja.

La misión llegó en un momento delicado para la NASA. Tras ganar Estados Unidos la carrera lunar a la Unión Soviética con el Apolo XI en 1969, y misiones emblemáticas como las Voyager o las Viking, los viajes espaciales se habían convertido en acontecimientos casi rutinarios, con una cobertura mediática cada vez menor.

Christa McAuliffe (dcha.) y la suplente, Barbara Morgan. NASA

Profesores en el espacio

En ese contexto, la Administración encabezada por Ronald Reagan, presidente por aquel entonces de EE.UU., impulsó una iniciativa con una fuerte carga simbólica y social: el programa Teachers in Space (Profesores en el Espacio). Desde la Casa Blanca se entendía que la exploración espacial necesitaba un nuevo vínculo con la ciudadanía, menos centrado en la rivalidad geopolítica y más conectado con valores como la educación, el esfuerzo y la proyección de futuro. La idea era incorporar por primera vez a un civil a una misión del transbordador espacial y que fuera un profesor, capaz de trasladar la experiencia del espacio directamente a las aulas y despertar vocaciones científicas entre los jóvenes.

“He dado luz verde a la NASA para que empiece a buscar en todas nuestras escuelas elementales y secundarias. El primer pasajero será uno de los más excelentes del país, un profesor”, manifestó Ronald Reagan al respecto.

La convocatoria superó todas las expectativas. Cerca de 12.000 docentes se presentaron al proceso de selección. La elegida fue Christa McAuliffe, profesora de ciencias sociales de 37 años, con Barbara Morgan, docente de matemáticas, como suplente. McAuliffe no era astronauta ni científica de carrera, sino una profesora de instituto, un perfil cuidadosamente buscado para reforzar la idea de que el programa espacial también pertenecía a los ciudadanos de a pie.

Ahora que se seleccionó una maestra, hay más espectadores de los lanzamientos

Christa McAuliffe - Miembro de la tripulación del Challenger

Su designación provocó un impacto inmediato. Durante semanas, su figura ocupó portadas, informativos y actos institucionales, y el lanzamiento de la misión STS-51L fue concebido como un acontecimiento nacional. McAuliffe fue consciente desde el primer momento de su papel: “Mucha gente pensó que habíamos llegado a la meta cuando pisamos la luna. Y se puso al espacio en segundo plano. Pero la gente tiene mucha conexión con los maestros. Ahora que se seleccionó una maestra para esta misión, hay muchos más espectadores de los lanzamientos”.

Miles de colegios prepararon la retransmisión en directo como parte de su actividad lectiva. McAuliffe contribuyó con su discurso centrado en los jóvenes y en el valor del programa espacial como oportunidad de futuro, al señalar que “nosotros pensábamos que el futuro estaba lejos. El futuro es ahora mismo, y los jóvenes necesitan considerar que el programa espacial es una oportunidad para trabajar”.

Hielo en la torre lanzamiento horas antes del despegue. NASA

Una decisión crítica

Esa atención mediática multiplicó el alcance de la misión, pero también incrementó la presión sobre la NASA. El despegue estaba previsto inicialmente para el 22 de enero de 1986, pero se fue posponiendo por diversos problemas técnicos y por el retraso de otras misiones. A medida que avanzaban los días, las condiciones meteorológicas se deterioraron. La noche previa al lanzamiento definitivo, los ingenieros de Morton Thiokol, la empresa responsable de los cohetes de combustible sólido, expresaron su preocupación por las bajas temperaturas previstas.

El foco estaba en los anillos de sellado, conocidos como juntas tóricas u O-rings, que garantizaban la estanqueidad de los propulsores. A temperaturas muy bajas, esos anillos podían perder elasticidad y no sellar correctamente. Los ingenieros no podían garantizar su comportamiento con temperaturas cercanas o inferiores a cero grados centígrados. Pese a las advertencias, la presión por no seguir acumulando retrasos acabó imponiéndose. La autorización para lanzar el Challenger se mantuvo.

Los siete del Challenger superaron los peligros y realizaron su trabajo con brillantez

Ronald Reagan - Presidente de EE.UU. en 1986

Un vuelo de 73 segundos

La mañana del 28 de enero, pudo verse hielo en la torre de lanzamiento. A las 11:38, el transbordador despegó ante millones de espectadores. Durante el primer minuto, el ascenso transcurrió con aparente normalidad. A los 73 segundos, una fuga de gases calientes procedente de uno de los cohetes de combustible sólido alcanzó el tanque externo. La estructura no soportó las fuerzas aerodinámicas y el transbordador se desintegró en el aire.

Las imágenes mostraron una nube de restos en forma de Y sobre el Atlántico. Desde el control de misión se confirmó la pérdida del vehículo mientras el personal trataba de asimilar lo ocurrido. La retransmisión en directo convirtió el accidente en un trauma colectivo, especialmente para quienes seguían el lanzamiento en escuelas y centros educativos.

Investigaciones posteriores determinaron que la cabina de la tripulación había salido despedida prácticamente intacta. Los astronautas no fallecieron en el instante de la explosión, sino poco después, probablemente por la pérdida de presión y el impacto contra el océano. Ninguno llevaba trajes presurizados, algo que cambiaría tras el accidente.

Escape de humo gris de la articulación posterior del SRB derecho. NASA

Ronald Reagan da la cara

Esa misma noche, Ronald Reagan renunció a su discurso sobre el Estado de la Unión. En su lugar, habló de la tragedia. “Nunca habíamos perdido a un astronauta en vuelo; nunca habíamos vivido una tragedia como esta. Quizás hemos olvidado la valentía que requirió la tripulación del transbordador. Ellos, los siete del Challenger, eran conscientes de los peligros, pero los superaron y realizaron su trabajo con brillantez. Lamentamos su pérdida como nación”, dijo.

Consciente de que muchos niños habían visto el desastre en directo, el presidente adaptó después su mensaje a los más jóvenes, tratando de explicar el sentido del riesgo y la exploración. “Sé que es difícil de entender, pero a veces ocurren cosas dolorosas como esta. Todo forma parte del proceso de exploración y descubrimiento. Todo forma parte de arriesgarse y expandir los horizontes del hombre. El futuro no es de los pusilánimes; es de los valientes. La tripulación del Challenger nos guiaba hacia el futuro, y continuaremos siguiéndolos”.

Reagan cerró su intervención mirando más allá del accidente y reafirmando la continuidad del programa espacial estadounidense: “Continuaremos nuestra búsqueda espacial. Habrá más vuelos y tripulaciones de transbordadores y, sí, más voluntarios, más civiles y más profesores en el espacio. Nada termina aquí; nuestras esperanzas y nuestros viajes continúan”.

Todo forma parte de expandir los horizontes del hombre. El futuro no es de los pusilánimes; es de los valientes

Ronald Reagan - Presidente de EE.UU. en 1986

La Comisión Rogers

La Casa Blanca creó una comisión independiente para investigar las causas del desastre. La Comisión Rogers, presidida por William Rogers, contó con figuras de gran prestigio, entre ellas los astronautas Neil Armstrong y Sally Ride y el físico Richard Feynman.

El informe final fue contundente. El accidente no se debió únicamente a un fallo técnico, sino a una cadena de decisiones erróneas, problemas de comunicación y una cultura organizativa que había aprendido a convivir con riesgos conocidos. Feynman ilustró esa crítica de forma gráfica al demostrar la pérdida de elasticidad de las juntas tóricas en agua helada.

La comisión concluyó que la NASA había minimizado advertencias internas y permitido que consideraciones de calendario y de imagen pesaran más que la seguridad.

Miembros de la tripulación del Challenger que perdieron la vida el 28 de enero de 1986. NASA

Consecuencias para la NASA

El programa del transbordador quedó suspendido durante casi tres años. Se rediseñaron los cohetes de combustible sólido, se revisaron los protocolos de seguridad y se modificó la estructura de toma de decisiones. A partir de entonces, los transbordadores se reservaron para misiones en las que la presencia humana estuviera plenamente justificada, como el mantenimiento del telescopio Hubble o la construcción de la Estación Espacial Internacional.

También se introdujo la obligatoriedad de trajes presurizados para los astronautas en fases críticas del vuelo. El Challenger dejó una huella profunda en la NASA y en la percepción pública del riesgo espacial.

“Era un momento muy malo para la educación, había habido un informe muy duro con el sistema. Entonces era común oír que los que valen, valen y los que no, se hacen profesores. Christa contribuyó a cambiar esa percepción”, dijo años más tarde en una entrevista Barbara Morgan, la eventual sustituta de McAuliffe.

Estado en el que quedó uno de los cohetes que fue recuperado. NASA

El accidente del Columbia

Sin embargo, las lecciones aprendidas no evitaron una nueva tragedia. El 1 de febrero de 2003, el transbordador Columbia se desintegró durante su reentrada en la atmósfera terrestre, causando la muerte de sus siete tripulantes. El origen del accidente fue un daño en el sistema de protección térmica provocado por el impacto de un fragmento de espuma del tanque externo durante el lanzamiento.

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La Nasa detuvo el programa por casi dos años para investigar lo ocurrido. En 2011, el programa de transbordadores espaciales llegó a su fin con la retirada de sus tres naves operativas: el Discovery, el Endeavour yel Atlantis.

Hoy, cuarenta años después de la tragedia del Challenger, el sueño de enviar al espacio a ciudadanos comunes continúa vivo, ahora en manos de compañías privadas.

26/01/2026