Desde niño, siempre me fascinaron las películas sobre el desierto al estilo de Lawrence de Arabia. De mi agenda mental de viajes, nunca se borró la idea de pasar un día y una noche en una carpa beduina en el Sahara, el más cálido y grande de todos los desiertos –con casi 10 millones de km2, se extiende por once países de este a oeste del continente africano–.
Soñaba con ir al desierto, descubriendo algún oasis y recorriendo inmensas dunas de arena dorada en una caravana de dromedarios. En este sentido, mi apetito se sació en mi segundo viaje a la isla de Djerba, en Túnez. Sin embargo, asomarme a un escenario desolado siempre lo interpreté como una experiencia casi mística, pero también como un sentimiento de miedo a la soledad o a lo desconocido. Quizá, inconscientemente, lo asocié a lo que Paul Bowles lo llamó “bautismo de soledad”. Sucede cuando alguien decide no salir huyendo al encontrarse solo en un lugar sin límites, completamente deshabitado, y sin explicarse por qué está allí. Sea como fuera, me entregué a esa aventura, dispuesto a transformarme en rehén del desierto.
La ruta del desierto te permite visitar, asimismo, pueblos bereberes cuya población vive en casas trogloditas excavadas bajo tierra para protegerse del calor. Pero antes de llegar a Tozeur, el primer pueblo del trayecto, el guía me indica que nos hallamos ante el Ksar Metameur, un antiguo granero bereber. Construido con piedras, yeso y troncos de palmera, con múltiples pisos, funcionaba como un almacén comunitario de alimentos, dar protección a enfermos y viejos, y, en situación de asedio, servía como fortaleza.
El granero y fortaleza bereber Ksar Metameur.
Tras esta parada, llegamos pronto a Tozeur, un triunfo de la creatividad sobre la desolación: sus casas lucen filigranas de ladrillos unidos y soldados con mucha perfección y delicadeza. A su lado, se encuentra el oasis de Nefta. Cuenta la leyenda que allí brotó el primer manantial de agua dulce después del Diluvio. Creer o no creer, ésta es la cuestión.
El entorno del oasis Nefta.
El espectáculo de Fata Morgana
Como contraste, atravesamos el Chott El Djerid, el lago salado más grande del desierto del Sahara –seco en verano–, que forma un paisaje de salinas blancas, púrpuras y rosáceas, famoso por sus espejismos –y por ser escenario del film Star Wars–. Una carretera atraviesa el lago que puede cruzar el viajero y observar los surrealistas espejismos. Se trata del célebre fenómeno Fata Morgana, una ilusión óptica causada por la refracción de los rayos el sol en la atmósfera y el aire cálido. Así, se crea un mundo paralelo, pudiendo fotografiar lo que (no) existe: barcos, lagunas o camellos errantes, que parecen flotar sobre el horizonte. Algo mágico si no te lo explican. Hay que tener fe en la ciencia. Eso sólo nos da una idea de nuestra gran ignorancia.
El pueblo bereber de Chenini.
Seguimos la ruta hasta toparnos con la denominada Puerta del Sahara. Así llaman a Douz, una ciudad lánguida como una muñeca de trapo, pero encantadora en su espíritu de lucha. En ella se fraguaron en los pasados siglos muchos enfrentamientos entre los tuaregs y los aventureros imperialistas europeos que trataron de colonizar sus territorios. Con razón ostentan el título de puerta del desierto, al hacer valer la defensa de sus dominios con el amenazante aviso: “Si Dios entra en el Sahara, que entre armado”.
Historias aparte, hay que encontrar tiempo para explorar el vibrante mercado tradicional de Douz, un lugar genial para comprar artesanía tunecina y empaparte del ambiente local. Uno de los autoengaños más felices de los que viajamos es que siempre vamos en pos de algún recuerdo que sea perfecto como reliquia.
Interior del mercado de Tozeur.
Seguimos la ruta que nos llevará hasta el mar de dunas. Entretanto, atravesamos territorios que parecen de otro mundo, paisajes vacíos, pero mágicos, que estremecen, donde el guía no desaprovechará la oportunidad de recordarte que La guerra de las galaxias o El paciente inglés fueron rodados en esos parajes, lo que te hace sentir la emoción y el embrujo del pasado y del futuro. Descubrimos nuevos ksars y más viviendas trogloditas.
Tras 50 kilómetros más encontramos el oasis Yadis Ksar Ghilane, un palmeral perfecto, con aguas tibias, donde viven bereberes dedicados a la producción de dátiles y a la cría de corderos y dromedarios. Se puede pasar la noche en carpas para beduinos ocasionales. La hospitalidad de esta gente me hace sentir, poco a poco, más confiado con el entorno. Nada que ver con la confianza que te generaría el arquitecto de la Torre de Pisa.
Cascada en oasis de Tozeur.
La cultura beduina se basa también en la generosidad. Recibir a los extraños como si fueran de la familia no es solo una idea romántica, sino una forma de vida. Incluso cuando los recursos son escasos, el anfitrión beduino puede dar todo lo que tenga para que un huésped se sienta bienvenido, aunque eso signifique ofrecerle su última comida.
Atardecer entre dunas
Deseosos de entrar al mar de dunas, nos unimos a otros dos viajeros en sus respectivos dromedarios. Frente a la caravana en fila india figura un guía tuareg que conoce a la perfección el mapa celeste del Sahara y nos conducirá silenciosamente hacia las soñadas dunas casi tan altas como la Torre Eiffel. Cuando el sol comienza a acercarse a la línea del horizonte y la arena de las dunas se torna del color nostálgico del crepúsculo, nuestro guía se detiene, y ordena a los dromedarios que se arrodillen suavemente para que podamos poner pie en tierra.
Pronto salimos todos disparados para subir y bajar dunas, en la búsqueda del mejor sitio donde vivir en solitario los momentos en que el sol se sumerja en la arena y vivir una experiencia espectacular. Es una ocasión única para disfrutar en silencio de la belleza de ese atardecer.
De la temperatura ardiente de la arena se pasa rápidamente al frío por la desaparición del astro rey. Al caer la noche nos espera una cena tradicional tunecina, con pan local cocinado en la arena, alrededor de una acogedora hoguera, para, finalmente, tras una amigable conversación con los guías beduinos (derivados del árabe badawi, que significa moradores del desierto), dormir en una jaima bajo el cielo estrellado del desierto, olvidándote por completo de tu otro mundo.
Dormir en el desierto ofrece una experiencia sensorial profunda e inmersiva, con un silencio absoluto, cambios bruscos de temperatura y una conexión intima con la naturaleza. Para los más románticos, otra opción es dotarse de mantas y regresar a las dunas para tumbarte sobre ellas, bien abrigados, bajo el manto de las estrellas, algunas de ellas fugaces, que aparecen súbitamente en una noche silenciosa. La ventaja de dormir al raso es que tienes infinitas estrellas de las que disfrutar, en contra de las cinco máximas que tiene un hotel. Al despertar, te espera un té a la menta, ¡un reconfortante único!