A Igor Antón, de pequeño, le llamaban Fuji porque ascendió miles de veces a Elexalde, donde se posó la llegada de la Itzulia, en su infancia y adolescencia, con una bicicleta de esa marca. El monte Fuji es la cumbre más alta de Japón. Un volcán activo.
El ascenso a Elexalde, el tomavistas de Galdakao en otro día de estupenda primavera, era una explosión con un final en apnea. Medio kilómetro de agonía y ácido láctico, de rampas duras y broncas, un muro de agonía.
Esa llegada ardiente necesitaba la frialdad, la inteligencia y la planificación para ser conquistada. El fuego se combate con frío. El calor se aplaca con hielo. Como la mirada azul de Alex Aranburu, imperial su lectura de la carrera. Eso le impulsó al triunfo. Cabeza y piernas. La mezcla exacta para darse un homenaje.
"Los rivales venían cerca, pero calculé la llegada, ataqué y todo salió perfecto. Un triunfo muy importante después de que ayer me quedara con la rabia de no poder disputar la victoria en Basauri. Esta vez estuvimos en los cortes. Tenía miedo por algunos rivales, pero todo salió perfecto", resumió el vencedor.
Esa capacidad de mantener la calma en medio del caos de un llegada palpitante, de latido rápido y respiración entrecortada, de medir los tiempos, de conocer cada pulgada, liberaron al de Ezkio, sensacional.
Mutó el desánimo y la tristeza de la víspera en júbilo y alegría. Siempre sale sol. Se tomó la revancha de sí mismo Aranburu.
Bramó, prodigioso el guipuzcoano, discurso sereno, su conquista en la corona de Galdakao. Otra piedra preciosa más para su colección de brillantes.
Mantiene el guipuzcoano su idilio con la Itzulia gritó su tercera victoria en la carrera de casa. Antes talló su nombre en Sestao, en 2021, en Beasain, el pasado, curso y se sublimó en las rampas de Elexalde.
El poder del conocimiento
“Estoy muy contento. Era una etapa muy dura, pero la conocía. Repasé la subida el domingo. Lo conocía muy bien”, dijo el de Ezkio tras su victoria.
“Siempre es especial gana en casa. Ayer estuve muy triste y le he dado la vuelta. Hemos ido a palos al principio. Sabía que estaba muy bien pero en Basauri no acerté. Ahora mi idea es ayuda a Ion, que está muy bien en la general”, advirtió el guipuzcoano.
Impartió una lección magistral Aranburu para desconchar el esfuerzo ya la resistencia de Tobias Johannessen en un remate trepidante entre rampas de agonía, de esperanza y sufrimiento. Un pandemónium de emociones.
El de Ezkio no se alteró a pesar de que en el cogote bufaba el resto de la fuga y Paul Seixas, que controló la jornada sin perder la cabeza a pesar de que en el muro final, Ion Izagirre le descosió algunos segundos.
El de Ormaiztegi es cuarto en la general. Merodea el podio. En ese fotograma posaba feliz el ciclismo vasco. Aranburu, vencedor, Izagirre, cuarto, Pello Bilbao, sexto e Igor Arrieta, décimo.
La llegada de Izagirre por detrás alertó a Aranburu, su compañero, para su arrancada definitiva. Johannessen se movió un chasquido antes y esa fue su perdición. La guillotina que le seccionó. Scaroni no llegó a tiempo.
Aranburu, pletórico, emocional, visceral, apretó los músculos, pose de culturista la suya, para alzar su tercer trofeo en la Itzulia, una carrera en la que cuenta once top5. Esa proximidad a la victoria, le unió a ella. El aprendizaje en la derrota es la enseñanza de la victoria.
Aranburu celebra la victoria de etapa en el podio.
Comentaba, expresivo, Antón, ideólogo del trazado, que pensó en rizar el rizo cuando el propusieron diseñar el trazado del día.
El vizcaino, un tatuaje de henna en la mano, descubrió que “quería hacer algo bonito pero evitando riesgos”. Acertó Antón, que profetizó una día bonita, excelso para Aranburu, que firmó otra victoria inolvidable. Profeta en su tierra.
Antes de conectar con la memoria de Fuji, con esos no lugares del deleite en el que tantas veces subió hasta hacerse escalador, tamborileaban la distintas vertientes del Vivero, el hermano mayor de Elexalde. La progresión natural en la escala.
En las tijeras que liberaron Galdakao en la Itzulia, que cortan la cita, entre algarabía y rostros felices disfrutando del sol y de los colores del pelotón, un camaleón, se unen tres generaciones.
Mira con la txapela puesta, la edad provecta, 90 años, el pasado a cuestas, Iñaki Astigarraga, el brazo izquierdo en cabestrillo y la emoción de un día especial al retrovisor. Se ve en los Juegos Olímpicos de Roma, donde compitió en 1960.
Ramontxu González Arrieta, uno de los gregarios de montaña de Miguel Indurain, nació en 1967. También recibió el homenaje de lo suyos. En su pueblo natal le acompañó Joane Somarriba, la gran campeona vasca.
La emperatriz del ciclismo de Euskal Herria. Tres coronas del Tour y dos laureles del Giro abrillantan su currículum, superlativo.
Ella observa en un discreto segundo plano el acto. En la cinta, otras manos, más jóvenes, agarran las tijeras. Son las de Igor Antón, que bien podría ser el nieto de Astigarraga. Tres generaciones cohabitaban a través del cordón umbilical del ciclismo en Galdakao.
Retirada de Juan Ayuso
Las montañas se bañan con la costa en Euskal Herria, amantes milenarios. El oleaje de Lady Salitre, la danza del Cantábrico, respiraba por Urdaibai, vigilado el paisaje por San Juan de Gaztelugatxe, el Rocadragón de Juego de Tronos. Juan Ayuso, que opositaba a la corona, se cayó de la Itzulia. Otra victima más.
Seixas refuerza el liderato.
Después de tres días con problemas estomacales, el alicantino tuvo que despedirse de la carrera por una caída. Un día después del abandono de Isaac del Toro, Ayuso se desprendía de la carrera vasca, que miró al mar antes de enraizarse en las subidas. Acumulaba siete el perfil. Brandon McNulty se lanzó a recorrer esa postal. Tomó el testigo que dejó Arrieta en el pebetero de Basauri.
Paul Seixas miró a derecha y a izquierda. Enarcó las cejas y elevó los hombros. Bendijo la propuesta solitaria de McNulty y la fuga de una treintena.
Alex Aranburu, Haimar Etxeberria y el trío naranja del Euskaltel-Euskadi, con Txomin Juaristi, Gotzon Martín y Jonathan Lastra, accedieron a ese microcosmos.
Mcnulty era un llanero solitario, un aventurero con la única compañía de su sombra y de sus pensamientos. Abanderados de sí mismo. Su lucha estaba amortizada. En el pelotón, el Bahrain de Pello Bilbao instigó la cacería para la segunda pasada por el Vivero.
El gernikarra quería encumbrarse. Subieron los decibelios de la Itzulia, que dejó la melodía pop para invocar al rock. Lipowitz se desenmascaró. Seixas le tocó el hombro de inmediato.
Quinn Simmons azuzó el ritmo en la fuga, que contaba las cuentas de un rosario. Nadie se fiaba de nadie. Resquemor.
Aranburu se camufla
Alex Aranburu, camuflado en el anonimato, no perdía detalle. Lipowitz embistió otra vez tratando de incomodar al líder. Guerra de guerrillas en los dos frentes. El Vivero era la memoria del parque de Atracciones, un tobogán de emociones.
Lipowitz quería divertirse. Pizpireto alemán. Deseaba jugar con el sistema nervioso de Seixas, gigantesca su figura, gendarme de la Itzulia. Libres de ese control, aplanada la cresta del Vivero, despegaron Soler, Tuckwell y Anders Johannessen.
El noruego abandonó el frío cálculo para meterse en las fauces de Legina. Le comió. Las rampas, rugosas, exigentes traqueteaban los cuerpos. Sonajeros de sufrimiento.
Roglic mostró su clase, su piel de viejo campeón. Seixas entró en el tiovivo. Aranburu, que se hizo el muerto, racaneando cada relevo, despistado, se encorajinó con enorme ambición en Legina.
Sacudió al resto con el mismo plan con el que cantó Bingo el pasado curso en Beasain. Kamikaze, se deslizó de maravilla en el descenso para girar hacia Galdakao, a su arteria principal.
Le costó a Tobias Johannessen, torpe en el descenso, alinearse con él. Seixas deshojó al resto de favoritos en la bajada sinuosa y veloz, donde Ion Izagirre, Igor Arrieta y Pello Bilbao se unieron a él.
El de Ormaiztegi, dispuesto a disfrutar en su último baile con trallazos de orgullo. En la subida a Elexalde, por el arcano de Antón, por las rampas que tantos subieron antes, impartió magisterio el de Ezkio. El estallido. Aranburu se desata en la Itzulia.