Andalucía cierra este domingo el ciclo electoral que comenzó a finales del pasado año en Extremadura y que, tras tocar Aragón y Castilla y León, encara su último viaje antes de las elecciones generales de 2027. El escenario no es otro que la Andalucía del desenvuelto presidente, Juanma Moreno. Su cara en el cierre de campaña dejaba entrever su convicción de que este domingo las cosas le van a ir entre bien y muy bien. Fue llamativo que su equipo planificara este acto cerca del Palacio de Congresos, donde por la tarde cerraban su campaña los socialistas en Sevilla –la provincia donde se disputan más escaños– y en el que participaba, de nuevo, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.
¿Casualidad? Casi nada lo es en esta campaña tan extraña en la que hay un ganador que nadie discute desde el minuto uno, el PP, que, sin embargo, no se da por satisfecho con la victoria. Necesita más. Necesita una victoria arrolladora para escampar los nubarrones que se han ido sucediendo sobre Génova, que ha visto cómo su estrategia para desgastar a Pedro Sánchez ha terminado de desgastar al propio Alberto Núñez Feijóo, atrapado por la “prioridad nacional” que le ha impuesto Santiago Abascal. Eso sí, al líder del PP le ha salvado que, excepto en Castilla y León, los resultados obtenidos por los candidatos del presidente español han sido entre muy malos y desastrosos.
La mayoría absoluta está al alcance, según barajan las encuestas que maneja el equipo de Juanma Moreno, que les dan entre 56 y 59 escaños. Con 55 diputados ya no necesitarían a Vox en el Parlamento andaluz, compuesto por 109 electos. Pero el reparto de escaños depende de que la aritmética electoral –la ley D’Hondt– funcione en su favor en la mayoría de las ocho provincias, y ahí hay demasiadas variables para ser concluyentes.
El factor Moreno y la sombra de Feijóo
Moreno, y el propio Feijóo en su caravana paralela, han puesto todo su empeño en revalidar la mayoría absoluta del 2022, cuando obtuvieron 58 diputados. ¿Se puede repetir el resultado? El listón está alto. Pero todo lo demás sería un fracaso, particularmente para Feijóo. Sería un nuevo traspié en lo que perseguía la dirección del partido cuando organizó este tren electoral: demostrar que el PP puede ganar y gobernar, y puede hacerlo sin Vox. Por ahora no lo ha conseguido en tres de las cuatro elecciones. Veremos qué ocurre este domingo.
Feijóo ha hecho su propia ruta por Andalucía, en paralelo a la de Moreno, que ha ido a su aire con una campaña muy personal a caballo de su excelente valoración, mucho mejor de la que obtiene Feijóo como presidenciable. El líder del PP terminó ayer su particular circuito en Almería, tierra abonada por Vox, intentando frenar la sangría de votos hacia la derecha más dura. Moreno fue el último en acabar su acto de cierre de campaña en Málaga.
El laberinto socialista y la melancolía de Montero
En Sevilla, entre tanto, el PSOE echó el resto donde, por cuarta vez, Pedro Sánchez intervino en esta campaña. Como en Andalucía, el secretario general del PSOE no ha arrimado el hombro en ninguna de las plazas del ciclo electoral que empezó en diciembre en Extremadura y termina hoy en Andalucía.
Sánchez pidió a aquellos que le votan a él en las elecciones generales que depositen este domingo su papeleta en favor de María Jesús Montero. La petición es del todo razonable, porque entre las generales del 2023 y las autonómicas de un año antes, hubo una diferencia de casi medio millón de votos que ahora, según las encuestas, no aparecen. El socialismo andaluz busca desesperadamente a sus "despistados", a esos votantes que se sienten cómodos con el Sánchez de Madrid pero que parecen seducidos por la "gestión tranquila" de Moreno en San Telmo.
No obstante, la intervención previa de María Jesús Montero fue mucho más instructiva porque, tal vez sin quererlo, reveló lo que ha fallado. Implícitamente admitió que su adversario ha conseguido fijar un marco en el que su discurso sobre la defensa de los servicios públicos, en especial la sanidad, apenas ha logrado abrirse espacio. Moreno ha conseguido que la sintonía de su campaña sea más popular que cualquiera de sus propuestas. La intervención de Montero tuvo algo de melancólica, aunque terminara con sus puños en alto. El socialismo se enfrenta este domingo a un espejo que podría devolverle una imagen de desplome histórico en su antiguo granero de votos.
La batalla de los restos: donde se decide el destino
Un total de 6.812.861 personas están llamadas a las urnas este domingo. La pelea real, sin embargo, se libra en el barro de "los restos". Esos votos que no permiten obtener representación directa pero que, por la Ley D’Hondt, terminan adjudicando el último escaño de cada provincia. Moreno ha cifrado en apenas 15.000 o 20.000 votos el margen para la mayoría absoluta. El último escaño "baila" en Málaga, Córdoba, Cádiz y Huelva.
Es una lucha matemática cruel. En 2022, el PP necesitó una media de 27.401 votos por escaño, mientras que Adelante Andalucía tuvo que sudar 84.480 para conseguir cada uno. Esa brecha es la que Vox, Por Andalucía y Adelante Andalucía intentan estrechar. Santiago Abascal ha vuelto a su "prioridad nacional", centrando su discurso en Almería y Huelva, donde la inmigración es el eje de su campaña. Saben que si el PP no llega a los 55, ellos tienen la llave de la Junta, y esta vez no aceptarán un cheque en blanco.
El fantasma de Ciudadanos y el nuevo tablero
Mañana también se repartirá el "botín" de los 121.000 votos que en 2022 fueron a parar a un Ciudadanos ya extinto. La mayoría de esos votantes ya se han integrado en el ecosistema del PP, pero queda un remanente de descontentos que podrían optar por la abstención o por nuevas formaciones como "Se Acabó la Fiesta", que asoma la cabeza en los sondeos más disruptivos.
Andalucía no solo elige este domingo a sus 109 diputados. Elige si valida el modelo de "barón moderado" de Moreno Bonilla o si castiga la estrategia de Feijóo. Elige si Pedro Sánchez salva un bastión que le permita resistir hasta 2027 o si el sur de España firma definitivamente el acta de defunción del sanchismo tal como lo conocemos. Las urnas ya están preparadas; el silencio de la reflexión solo es el preludio de un terremoto político cuyas réplicas llegarán, sin duda, hasta las puertas de la Moncloa.