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Hay una copla popular en Salinas de Añana que dice: “La vida del salinero / es muy triste de contar. / Toda la vida trabajando / y no tenemos nunca un real”. Ignoro si el sentido de las rimas hace honor a la verdad en los tiempos que vivimos, pero no hay duda de que, en el pasado, la sal fue una especie de oro blanco. No sólo se empleaba en la cocina, sino en la conservación de los alimentos cuando las tropas de cualquier ejército, por ejemplo, tenían que hacer aquellos viajes a pie por calzadas empedradas que se perdían entre montes.
Panorámica del valle Salado de Salinas de Añana.
Las centurias romanas lo entendieron muy bien. De ahí que, cuando descubrieron el valle de Añana, encontraron un auténtico filón. Si bien la explotación era anterior a su invasión, fueron ellos los que introdujeron importantes avances en el proceso de obtención de sal a través de la exposición al sol de la salmuera mediante bolsas de arcilla. Cierto que luego la habilidad de los salineros y el paso del tiempo han sido fundamentales al multiplicar la superficie explotada mediante la construcción de terrazas en el terreno y la canalización de las aguas de los manantiales próximos.
La importancia de la sal adquirió tal magnitud que sus centros de obtención fueron codiciados y motivo de sangrientas batallas para lograrlos. Un simple vistazo a la Historia nos sirve para adentrarnos en una época que va desde el monopolio que le aplicó el rey Felipe a la desamortización de Mendizábal que confiscó todos los bienes eclesiásticos.
Sobre un espejo
Visito Añana en día de sol, lo que equivale a decir que las terrazas de sal me devuelven los rayos solares, como si de espejos se tratara. Hay quien opina que el paisaje parece lunar o marciano, pero a falta de pruebas concluyentes para compararlo prefiero verlo atentamente y seguir las expertas indicaciones.
“No crea que el fenómeno es nuevo. Su origen hay que buscarlo en tiempos inmemoriales, cuando las aguas de los océanos se retiraron a sus actuales límites dejando atrás depósitos que, al evaporarse, dieron pie a estos yacimientos. De esta forma y a modo de poso, surgió la sal cristalina que ahora vemos. El de Añana es un yacimiento en superficie, pero hay algunos subterráneos en distintos puntos de Europa que tienen varias decenas de metros de espesor e incluso llegan al kilómetro de profundidad”, nos explican.
Primitiva grúa.
La mina de sal más antigua del mundo de encuentra en la localidad caucasiana de Duzdagi, que puede traducirse por montaña de sal. La extracción comenzó allá por el año 4500 antes de Cristo y aún sigue activa. Sin embargo, los celtas fueron los pioneros en negociar el producto en Europa, tras descubrir algunas de sus propiedades. Las explotaciones que se llevaron a cabo en la zona de Salzburgo (ciudad de sal) y otros estados vecinos de Austria fueron el origen de inmensas fortunas amasadas principalmente en la Edad Media.
La sal, a punto de consumición.
El oro blanco
La sal se fue convirtiendo es una de las materias primas más importantes en la historia de la civilización humana. En la época de los imperios griego y romano se utilizaba en ceremonias religiosas y mágicas, incluso como medicina y forma de remuneración a los soldados. De ahí la palabra salario. Se descubrió que con la sal se podía curtir el cuero para la confección de ropas y sillas de montar, lo que venía a unirse a la que tal vez fue la más útil de todas, el almacenamiento de alimentos durante muchos meses y su transporte a largas distancias.
Los procedimientos de obtención de sal variaban, pero en esencia siempre se recurría a hervir la salmuera en vasijas de barro para, al evaporarse el agua, recoger la capa cristalina que quedaba en el fondo del recipiente. Pero no siempre el producto obtenido tiene la misma forma o idéntico color.
“Todo depende del lugar donde se ha madurado el cristal, de forma que en unos lugares suelen ser de un tamaño superior a otros. Su tonalidad varía dependiendo de las mezclas que haya experimentado a lo largo del tiempo, desde el fluorescente de Polonia, que brilla con los rayos de una lámpara ultravioleta, a los verdosos, rojos, naranjas y azules e incluso al negro que se obtiene en Chipre”, indican.
El mantenimiento de las eras es fundamental.
El primer fuero alavés
Añana explota los componentes salinos del río Muera desde el siglo I de nuestra era. En un principio comercializaba el producto a través de una ruta que unía la actual Puentelarrá con Burdeos, de forma que la vía fue adquiriendo una notable importancia gracias a la sal. En torno al yacimiento surgió un poblado, cuyos habitantes se movían en tal ambiente de bienestar que precisó la construcción de un castillo que lo defendiera. Aún así, cayó en manos árabes y el mismísimo Abderramán III se paseó por aquí rebautizando el lugar como Al-Mallaha, salinas en su idioma.
En 1140, tras la reconquista, Añana recibió el primer fuero local alavés fundacional de mano del rey Alfonso VII de Castilla. La distinción fue recibida con gran alborozo por los vecinos, ya que les permitía la libre utilización de los montes próximos para que pastaran sus animales. Pero, sin duda, los avances sociales que más apreciaron fueron la eliminación de los impuestos y la autorización para celebrar un mercado semanal.
Viejas vigas de madera sujetan las estructuras.
La feria empezó montándose en la parte alta de la ciudad, en lo que hoy es la plaza y sigue siendo el principal espacio público del pueblo. De hecho, allí se encuentra la representación del rollo con el escudo de los Sarmientos que simboliza su dominio. Su origen hay que buscarlo en una leyenda que data de 1212. Se dice que en plena batalla de las Navas de Tolosa, una de las más importantes de la Reconquista, un tal Pedro Ruiz, descendiente de la zona, tuvo la idea que acelerar la victoria cristiana quemando el almacén de víveres de los invasores. Para ello utilizó manojos de sarmiento ardiendo. De ahí que a partir de entonces se le conociera como El sarmiento.
La salida de Castilla
En el siglo XV la localidad de Añana adquirió un notable desarrollo cuando los Reyes Católicos ratificaron su salida de Castilla para incorporarse a Araba respetando sus competencias judiciales y administrativas. Todo este trasiego en la gestión exigió la redacción de nuevas ordenanzas reguladoras cuya puesta en práctica supuso un gran beneficio para la localidad.
Detalle de las plataformas salinas.
En la época dorada llegó a haber hasta 5.000 estructuras que aprovechaban los residuos que iba dejando el río Muera. Sus aguas, al evaporarse en las pequeñas plataformas de madera y piedra, iban dejando un producto inmaculado que proporcionaba al paisaje una espléndida luz. La campiña adquirió un aspecto totalmente irreal al cambiar su color verde original por un blanco impoluto. La producción de sal produjo suculentos beneficios que lógicamente afectaron a los aspectos más diversos de Añana y culminaron con la aprobación de nuevas ordenanzas reguladoras. La gestión económica estaba en manos de la colonia judía que se asentó en la comarca en el siglo XIV y acabó siendo una de las principales alhamas de la zona hasta el punto de disponer, incluso, de su propia sinagoga.
La sal de Añana se vendía en mercados y se enviaba a distintos almacenes especialmente acondicionados de Calahorra, Valladolid, Zamora, Miranda, Palencia y Avilés desde donde, a su vez, se comerciaba con amplias zonas de Portugal y Extremadura. El producto no podía entrar en Navarra y Aragón, dejando así mercado libre a la competencia, las salinas de Poza, Rosío y Atienza.
El gran valor de este valle no reside sólo en su historia milenaria, sino también en su extraordinaria arquitectura, formada por terrazas escalonadas construidas por el hombre a partir de piedra seca, madera y arcilla, en lechos de sal cristalizada y cientos de canales de madera de pino que distribuyen el agua salada por la gravedad hasta todos los rincones gracias a un antiguo sistema de distribución.
Barriendo una era en las Salinas de Añana.
Reconocimiento internacional
El yacimiento alavés recibió en 2015 el Gran Premio del Jurado del Premio Unión Europea de Patrimonio Cultural / Premio Europa Nostra; y dos años más tarde fue reconocido por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (ONU-FAO) como “Un Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial” (SIPAM), el primero de Europa, una distinción que preserva y garantiza el futuro de estos sistemas que combinan servicios sociales, culturales, ecológicos y económicos para la Humanidad. Finalmente, en 2019, la Red Europea de Patrimonio Industrial le honró con el título Anchor Point, el más relevante en Patrimonio Turístico Industrial.
Zapato cómodo
Para callejear por Añana es preciso llevar calzado cómodo porque sus calles son estrechas y pendientes. De hecho, la villa está situada sobre un cerro y los edificios forman un conjunto irregular. Unos lucen escudos de armas que nos permite evocar la historia que hay tras ellos y otros, a pesar del paso del tiempo, siguen manteniendo en pie sus primitivas estructuras de madera. Han desaparecido muchos, pero el recuerdo de su existencia se mantiene a través de la denominación de la calle. Es el caso de Los hornos, en atención a los tres fogones para la elaboración de pan que había en ese lugar.
En los salones del soberbio Palacio de los Zambrana-Herrán, construido en el siglo XVII, se han tenido de tejer mil y una historias relacionadas con su iniciador, don José Zambrana y Beltrán de Salazar, capitán de caballos corazas en Cataluña y posiblemente luchador en Flandes. Dos escudos situados a la altura del primer piso, uno de ellos con la Cruz de la Orden de Santiago, confirman la hidalguía de unos moradores que vivieron en aquel viejo monasterio de Caballeros Hospitalarios que atendían a caminantes y enfermos.
“Somos la sal de la tierra” (Mateo 5.13), dijo Jesucristo posiblemente en atención a la importancia que ya en su tiempo tenía este elemento que, en la actualidad, está presente en medicamentos, cosmética, papel, pinturas, ropa, vidrio, fertilizantes, hormigón… También en el costumbrismo universal, aunque a veces haya contrasentidos: Derramar sal en una mesa es señal de mal augurio y, por el contrario, a los recién casados se les recibe con sal.