EL 19 de septiembre de 1926, seis religiosas abandonaron el histórico Monasterio de la Vera Cruz de Berriz rumbo al puerto de Marsella para embarcarse con destino a Wuhu, en China. Aquella expedición no representaba únicamente un viaje de ultramar hacia el continente asiático; supuso la ruptura de siglos de clausura contemplativa y el nacimiento de una de las gestas de proyección internacional más singulares surgidas de la comarca de Durangaldea. En dos años se pusieron en marcha las cuatro primeras misiones: Wuhu (China), Saipan (Micronesia), Tokyo (Japón) y Pohnpei (Micronesia) Pohnpei (Micronesia)
Actos conmemorativos
Cien años después del inicio de las expediciones, bajo el lema “Cruzando fronteras para dar vida”, las Misioneras Mercedarias de Berriz conmemoran este próximo mes de septiembre el primer centenario de su salida al mundo, un hito histórico impulsado por la beata Margarita María López de Maturana (1884-1934) que transformó radicalmente la vida del convento berriztarra. El acto inaugural de la conmemoración de los 100 años del proyecto misionero se celebrará el próximo 19 de septiembre en Berriz, coincidiendo exactamente con el centenario de la primera expedición misionera. La jornada arrancará a las 11.00 horas con una eucaristía presidida por el obispo de Bilbao, Joseba Segura, que reunirá a la familia misionera a representantes de la Iglesia de Bizkaia y a personas vinculadas a la congregación para dar el pistoletazo de salida a tres años de conmemoraciones.
Como antesala, el 18 de septiembre a las 18.00 horas se celebrará una mesa de experiencias con la participación de religiosas procedentes de los primeros destinos históricos de la orden: Angela Liu (Taiwán), Isabel Seman (Saipán-Micronesia) y Filomena Hirota (Japón), quienes compartirán el impacto y el significado que tuvo la llegada de las hermanas a sus tierras.EL
El Monasterio de la Vera Cruz (1.541) albergaba desde el siglo XVI una comunidad de monjas mercedarias dedicadas por entero a la oración y el recogimiento interior. Sin embargo, la llegada en 1903 de la joven guipuzcoana Pilar López de Maturana -quien tomaría más tarde el nombre de Margarita María- comenzó a alterar de forma serena pero irrevocable la dinámica del cenobio. Nombrada preceptora del colegio adjunto al convento, la religiosa logró transmitir a las alumnas una profunda sensibilidad por las realidades sociales y las necesidades del mundo exterior.
Aquella labor pedagógica fructificó en la creación de la Juventud Misionera Mercedaria, un movimiento juvenil que canalizó el entusiasmo de las estudiantes a través de cartas, publicaciones y campañas de sensibilización. El impacto de esta actividad transformó el clima del propio monasterio, contagiando a las religiosas maduras la inquietud por abandonar los muros protectores de la clausura para acudir en auxilio directo de las poblaciones más vulnerables.
El camino administrativo para pasar de la clausura papal a la vida misionera activa fue complejo e insólito en las leyes eclesiásticas de la época. López de Maturana inició una intensa correspondencia con la Santa Sede y viajó en varias ocasiones a Roma para defender el proyecto. En un hecho sin precedentes en la historia de la Iglesia, la comunidad entera de Berriz votó democráticamente en las urnas del convento su deseo de abandonar la clausura estricta para convertirse en un instituto misionero. La respuesta de la curia romana fue favorable, otorgando el permiso necesario y dando luz verde al primer viaje en septiembre de 1926.
Mas viajes
Tras el éxito de la primera expedición a tierras chinas, el ritmo de expansión internacional de las Mercedarias de Berriz fue fulgurante. En 1928, solo dos años después de la partida inicial, una segunda expedición zarpó hacia las Islas Marianas (Saipán) y las Islas Carolinas (Pohnpei), en plena Micronesia, seguida de la apertura de una sede en Tokio (Japón). La propia Margarita María López de Maturana llegó a realizar dos viajes alrededor del mundo en barco y ferrocarril para supervisar sobre el terreno la instalación de las comunidades, enfrentando dificultades climáticas, barreras lingüísticas y la inestabilidad política de las regiones de destino.
Con el paso de las décadas, la semilla sembrada desde la pequeña villa vizcaina se multiplicó en una red asistencial y comunitaria presente en Europa, América Latina, África y Asia. Las Mercedarias Misioneras de Berriz establecieron escuelas, dispensarios médicos, centros de acogida para mujeres y proyectos de desarrollo rural, adaptando siempre su intervención al carisma redentor de la Orden de la Merced: liberar a las personas de las cadenas de la pobreza, la ignorancia y la marginación.- NTM