Polideportivo

Valgren caza su pokemon

El danés remata la fuga, en la que se subraya Igor Arrieta, sexto en Andalo, en una jornada serena para el líder
Valgren celebra la victoria con el regalo de su hijo. / Giro de Italia

Crecen en los macizos de Brenta, hijos de los catedralicios Dolomitas, los imponentes picos, dedos pétreos que arañan el cielo en Andalo, que reposa entre mural de naturaleza insurgente de las paredes dolomíticas, esculturas magníficas talladas por el paso del tiempo y el azote de los elementos, y el Lago Garda.

La Via Imperiale calza ese suelo. Por allí transcurrió la historia, el tránsito de poblaciones a lo largo de la bisagra norte-sur: galos, celtas y etruscos, romanos y las hordas bárbaras que pusieron fin al Imperio Romano.

Unió a la plebe de las comunas y a la aristocracia. El Renacimiento que nació en tierras de la Toscana, las batallas del Risorgimento en el valle del Po y las dos guerras mundiales marcaron la Via Imperiale. Varios papas y emperadores emplearon ese camino, entre ellos, Enrique IV, humillado en Canossa, y Barbarroja.

Esta vía es considerada la primera autopista de Europa. Fue recorrida por diversos artistas en aquellos viajes, rituales iniciáticos, que, a partir del siglo XIX, moldearon la imagen de Italia para la memoria colectiva a modo de destino turístico y cultural. Ahora se persiguen pokemons.

En los tiempos modernos, en Andalo, Michael Valgren, que luce una maillot verde con lo que se supone la ilustración de una cabeza de extraterrestre, alcanzó su mejor victoria con una bola de pokemon en su equipaje.

Otros prefieren una estampita, una cruz, una medalla, algún recuerdo o la foto de la familia pegada en el manillar, caso de Vingegaard, que atravesó el día instalado en la comodidad. El Giro habla danés.

Vingegaard luce en el podio de rosa. Efe

Varios minutos por delante, Valgren festejó la victoria con una bola de pokemon verde que le regaló su hijo en el pasado Tour. Desde entonces, Valgren la lleva en el bolsillo de su maillot. Mostró el amuleto de la suerte, henchido de orgullo, en el Giro. Su bautismo fue un juego de niños.

El danés, el mejor en la fuga en la que se subrayó otra vez un fantástico Igor Arrieta, sexto, se descorchó con una victoria dedicada a su hijo.

Sus piernas acompañaron el despegue de Valgren, impecable su capacidad de resolver en un final que convocó a los seis mejores de la escapada.

"Llevaba este pokemon en el bolsillo como amuleto de la suerte. Pensaba que era demasiado lento para ganar un esprint, así que ataqué. Estaba al límite. Por suerte, la etapa no fue 500 metros más larga", expuso el vencedor.

Sobresalió el danés con una descarga repleta de vatios en un parpadeo de despiste. Ese instante, fugaz, le impulsó al triunfo, repleto de alegría, liberada la emoción.

Por el recuerdo de la Via Imperiale, donde no existe el distingo, solo caminantes, dorsales esforzados que arrastraban el cansancio del Giro, la penitencia se perpetúa. Passo dei Termini y Cocca di Lodrino reciben el sufrimiento con las rampas al sol.

En ese escenario de clásica, soltadas las bridas Vingegaard, se ensalzó el motín de los deseosos aventureros, que conformaron un tripulación de una treintena, donde respiraba con fuerza el ímpetu de Igor Arrieta, desbordante su Giro. Se configuró una fuga numerosa. La gran evasión. Un contubernio.

Rodaron, en estampida, bajo las nubes que chocaba y descerrajaban lluvia, ametrallando los cuerpos que buscaban refugio climático con las bolsas de hielo en el cogote y los chorros de agua de las poncheras sobre las pieles quemadas. El sol jugaba al escondite y las nubes desahogan su nostalgia.

El rosa de Vingegaard se cubrió del luto del impermeable negro cuando la lluvia arreció. Tormenta de verano en primavera. La fuga era un hervidero. Ataques y contraataques lloviese o hiciera sol.

Después de Roncone, una de esas subidas sin letrero que reconozca la cota, un clásico del Giro, un asunto más italiano que los spaghetti al dente, la desconfianza alcanzó su punto álgido. De ese pandemónium brotó un sexteto con Caruso, Valgren, Juanpe López, Lekenessund y Garofoli.

Arrieta, a su llegada a meta. UAE / Sprint Cycling

Magnífico Arrieta

El resto de la fuga era un caos. Igor Arrieta sabe manejarse en esos contextos. Así se coronó el navarro en la inolvidable etapa finalizada en Potenza cuando los dioses tiraron los dados del destino en varias ocasiones.

Sonrió en la agonía Arrieta. Incorporado al frente, se consolidó una decena en un perfil que cosía toboganes, que festejaba montañas rusas. Día de feria en el Giro.

Reinaba el frenesí y el cálculo, al acto reflejo y la pausa. Contrastes en el quién es quién de resquemor. Andalo-Lever, una subida de 8 kilómetros, tendida, al 3,6% kilómetros. La carrera, con oleaje, se acodaba en la barandilla arbórea que se reflejaba en el espejo del Lago Molveno, el más bello de Italia para los estetas.

El ciclismo se nutre de épica, el paisaje, de la estética. En la ascensión, el viejo Caruso tintineo. Arrieta, que es joven pero inteligente, le rastreó. Todos desenfundaron.

Giro de Italia

Decimoséptima etapa

1. Michael Valgren (Educa. First) 2h57:40

2. Andreas Leknessund (Uno-X) a 3’’

3. Damiano Caruso (Bahrain) a 6’’

6. Igor Arrieta (UAE) a 14’’

42. Markel Beloki (Education First) a 5:15

General

1. Jonas Vingegaard (Visma) 66h57:14

2. Felix Gall (Decathlon) a 4:03

3. Thymen Arensman (Ineos) a 4:27

19. Igor Arrieta (UAE) a 27:26

23. Markel Beloki (Education First) a 41:09

El de Uharte Arakil no dudó. Recuperado de cada esfuerzo en escasas pedaladas, percutió para unirse a Einer Rubio y Valgren en un final vibrante, sin descanso.

A dentelladas de inconformismo y rebeldía. El colombiano y el danés se oxigenaron unos segundos. Del retrovisor colgaban Arrieta, Caruso, Vlasov y Leknessund.

Rubio invitaba a Valgren al relevo, pero el danés le negaba. Les separaba un vistazo de Arrieta y sus acompañantes. Despachadas las rampas, kamikazes enamorados de la velocidad y el riesgo en un el descenso.

Jonas Vingegaard tachó otra etapa. Efe

Arrieta, corajudo, valiente, trazó por las herraduras para buscar la suerte en un carretera protegida por la foresta. La bajada conectaba de inmediato con un subida de 5 kilómetros, que con el Giro en sus últimos fotogramas dolía como un Stelvio. Rubio y Valgren se alejaban.

Arrieta, formidable, entendió que era ahora o nunca. Se encendió. A zapatazos. Rememoró su escena persiguiendo a Eulálio en Potenza.

Se comió la desventaja a bocados. Caníbal. El navarro les tocó el hombro. Remontaron Vlasov, Leknessund y Caruso. De nuevo giraba la noria. La ruleta. Pistards en el velódromo de los Dolomitas.

En ese baile, repleto de tensión, Valgren aprovechó las miradas de control de Vlasov. Arrieta y Rubio, ensimismados. Pasmados cuando el danés surgió del fondo, de la trastienda del grupo a poco mas de un kilómetro.

Arrancó con todo. También con la ayuda de un pokemon. La mejor posible. Se lo regaló su hijo en el pasado Tour de Francia.

Leknessund le buscó, pero el danés era la felicidad personificada en la línea de meta. Mostró con orgullo de padre el regalo de su hijo, las fauces para conseguir la gloria. Así decoró una victoria para siempre. La primera en el Giro. Valgren caza su pokemon.

27/05/2026