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Nunca se sabe con los vericuetos de la vida, siempre impredecible, una pluma al viento que incluso se agita, se mueve y hace acrobacias y cabriolas sin necesidad de que sople el aire. En 2020, un viento frío, huracanado y helador, consiguió congelar a toda la humanidad.
Aquella tormenta perfecta que subrayó la vulnerabilidad y la fragilidad extrema del ser humano, se conoció como la pandemia provocada por el covid-19, la peste de este tiempo.
El virus que zarandeó la vida obligó a las autoridades al confinamiento de la población para evitar el contacto para cortar la cadena de transmisión de un virus que provocó la muerte de millones de personas. El mundo se encerró en casa, un refugio para seguir viviendo. O sobreviviendo.
A Unai Ramos (Tudela, 24 de septiembre de 2005) la pandemia le atrapó en la adolescencia. Al igual que a cualquier otro muchacho de Tudela que jugaba a fútbol en el equipo del pueblo, el Tudelano. Competía en categoría cadete. Entonces irrumpió la pandemia y, como la vida, el fútbol se frenó en seco. El balón dejó de rodar. No había goles que celebrar.
Meses después del silencio, de la suspensión de lo que se suponía normal, la vida, lo cotidiano, comenzó a respirar. En ese tiempo, Unai Ramos dejó de seguir el balón y se subió a la bici, que vivió una explosión en las primeras salidas que se facilitaron tras la pandemia. Andar en bici era un símbolo de libertad y de regreso a lo mundano.
“Empecé en la cuarentena, con mi mejor amigo, de casualidad, haciendo sendas con él por Tudela. Mis primeros recuerdos del ciclismo son sobre todo esos, de quedar las tardes de cuarentena porque ya no se podía jugar a fútbol. Por las tardes quedábamos para salir en bici”.
con mucha ilusión El joven navarro continuó sobre el carril bici y en el segundo año de cadetes se apuntó al Turiaso, un club de Tarazona, (Zaragoza) a poco más de 20 kilómetros de Tudela. “En juveniles de primer año también corrí con ellos y en el segundo pasé al Villavés”, recuerda Unai Ramos, que debuta en la Itzulia.
“Tengo mucha, mucha ilusión desde que me lo comunicaron al inicio de la temporada. Es la vuelta que más ilusión me hace correr, pero a la vez, a la que más respeto le tengo debido al nivel que tiene”, expone el navarro, un veinteañero que en Bilbao se midió en la crono inaugural con un buen puñado de los mejores ciclista del planeta.
El sueño cumplido
La ilusión de los días buenos, en una jornada soleada, con el termómetro disparado hacia el cielo azul, reverbera en el discurso del ciclista del Kern Pharma, con los ojos abiertos al aprendizaje.
“Espero que sea una vuelta en la que pueda aprender mucho y ayudar al equipo cuando me necesite para irme haciendo poco a poco mejor ciclista”, sostiene Unai Ramos, que en aficionados se fogueó con indudable éxito en el Finisher, el filial del Kern Pharma, antes de incorporarse a la estructura navarra.
En agosto del pasado curso, donde obtuvo la plata en el estatal de crono sub’23, rodó como aprendiz. En su última campaña como aficionado fue tercero en la Vuelta al Bidasoa y se coronó en la Vuelta a Navarra.
La Itzulia se posa este martes en Nafarroa en el segundo día de competición, en la etapa que unirá Iruñea con Astitz (Cuevas de Mendukilo). Ese trazado lo tiene reciente en la memoria Unai Ramos, que sueña con poner los pies en su tierra y lanzarse a la aventura.
“La etapa navarra es un sueño para mí. Es muy dura y me recuerda mucho a la de la tercera etapa de la Vuelta a Navarra del año pasado que gané tras subir San Miguel de Aralar. Para mí es muy especial estar en la salida, un sueño hecho realidad”, apunta antes de lanzarse por la rampa de la crono de Bilbao y comenzar su viaje iniciático en la carrera vasca, donde luce el dorsal número 85. Fue el 145 de la crono. De la pesadilla de la pandemia al sueño de la Itzulia.