El sol de justicia y los casi 30 grados que azotaron este domingo la cima del monte Ezkaba no impidieron que la memoria volviera a brotar con fuerza frente a los muros del Fuerte de San Cristóbal. Un año más, y ya van más de tres décadas, la asociación Txinparta convocó a cientos de ciudadanos, familiares y colectivos memorialistas para recordar la tragedia de quienes sufrieron el presidio en este enclave navarro. Sin embargo, esta edición ha tenido un matiz distintivo: si bien el aniversario de la histórica fuga de 1938 siempre planea sobre el acto, el protagonismo absoluto ha recaído en esta ocasión sobre los 131 presos enterrados en el llamado "Cementerio de las Botellas".
Un símbolo de identidad bajo tierra
El acto central estuvo presidido por la fotografía de uno de los cuerpos exhumados en las laderas del monte. La imagen, cargada de simbolismo, mostraba los restos con una botella a sus pies, el precario pero eficaz método que permitió rescatar sus nombres del anonimato. En el interior de estos envases de vidrio, se guardaba un papel con la filiación de cada fallecido, una suerte de "lámina de identidad" que ha permitido a los arqueólogos y asociaciones identificar a decenas de víctimas décadas después.
Los asistentes, portando banderas republicanas y claveles rojos, recrearon este gesto depositando botellas y flores ante la puerta de la antigua prisión. Este homenaje busca dignificar a aquellos que no murieron bajo las balas tras la fuga, sino consumidos por las condiciones insalubres e infrahumanas de una cárcel que llegó a albergar a unos 7.400 presos, la mayoría de ellos políticos y antifascistas de todos los puntos del Estado.
Más allá de la gran fuga de 1938
Tradicionalmente, el mes de mayo vincula el recuerdo de San Cristóbal con la gesta de los casi 800 reclusos que escaparon el 22 de mayo de 1938, de los cuales más de 200 fueron asesinados y solo tres lograron cruzar la frontera. No obstante, el colectivo Txinparta ha querido enfatizar que la historia del fuerte es también la de un goteo constante de muertes por enfermedad y maltrato.
Se calcula que la cifra total de fallecidos en el recinto ronda las 650 personas. En un inicio, los finados eran enterrados en los cementerios de los doce pueblos de la Cendea de Ansoáin, pero el elevado volumen de mortandad obligó al régimen, en 1942, a habilitar un cementerio propio en el monte. La existencia de este camposanto permaneció oculta para el gran público hasta que en 2006 se hizo pública su localización, revelando las historias de esos 131 hombres que hoy son el corazón del homenaje.
El eco de las familias y el reconocimiento institucional
La emoción se desbordó con la intervención de los familiares. Entre ellos destacaron Alicia y María, dos niñas tataranietas de Andrés Rodríguez Calero, un preso natural de Cáceres que dejó su vida entre estos muros. Sus palabras, asegurando que el sacrificio de sus antepasados "no fue en vano" porque su memoria sobrevive en las nuevas generaciones, subrayaron el carácter intergeneracional de una lucha que ya suma más de 30 años por la recuperación de la dignidad de las víctimas del franquismo.
El acto se produce en un contexto de especial relevancia institucional. El pasado 21 de abril, el Fuerte de San Cristóbal fue declarado oficialmente Lugar de Memoria Democrática, un hito que se suma a su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) obtenida en el último año. Estos avances son vistos por las asociaciones como victorias necesarias, aunque no exentas de crítica política.
Un lugar de memoria frente a la polémica de los Caídos
Durante las intervenciones, los portavoces de Txinparta no eludieron la actualidad política local. Calificaron como un punto negativo la postura de formaciones como PSN, EH Bildu y Geroa Bai en el Ayuntamiento de Pamplona, contraria a la demolición del Monumento a los Caídos y favorable a su "resignificación". Para los colectivos memorialistas presentes en Ezkaba, la verdadera memoria reside en lugares como San Cristóbal, donde la música de los txistularis, los versos de un bertsolari y el sonido de las botellas de cristal chocando contra el suelo rinden el único honor que los presos nunca tuvieron: el del reconocimiento y la verdad.