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Rubén Álvarez 'Rubencio', eibarrés residente en Vitoria, expone estos días en Amorebieta-Etxano su obra en acuarela mientras convive desde hace casi seis años con las secuelas del Covid-19, especialmente un dolor de cabeza crónico que no le da tregua. Su historia, marcada por la enfermedad y la superación, está estrechamente ligada al descubrimiento de la pintura, una disciplina que apareció en el momento más difícil y que hoy se ha convertido en su principal vía de escape.
El confinamiento de 2020 fue para él un punto de inflexión. Fue de los primeros en contagiarse y lo vivió con extrema dureza: once días con fiebre de hasta 41 grados y 35 días completamente aislado en su habitación. Sin apenas fuerzas y con la incertidumbre propia de aquellos primeros meses de pandemia, el tiempo parecía detenido. Fue entonces cuando, casi sin pretenderlo, apareció la acuarela. “Probé por mi hija”, recuerda. Ane ya pintaba y él observaba sus trabajos con curiosidad, incluso con cierta envidia sana. “Veía lo que hacía y me gustaba. Pensé: voy a probar yo”. Los comienzos no fueron sencillos. “El primer mes me costó mucho”, admite. Pero en medio de aquel aislamiento forzoso, la práctica fue generando la calma que necesitaba. “Te vas serenando, te dejas llevar… y se convierte en una vía de escape”, explica con sentimiento.
Protagonismo para la naturaleza
Aquella sensación fue creciendo hasta convertirse en una necesidad. Porque el Covid no quedó atrás del todo. Rubén arrastra desde entonces secuelas importantes, entre ellas un dolor de cabeza permanente que condiciona su día a día. “Llevo casi seis años con dolor, todos los días”, cuenta. Actualmente sigue un tratamiento con toxina botulínica (bótox) que le aplican cada tres meses. En este sentido, reconoce que todavía están ajustando la dosis y que en los últimos meses su efecto ha ido disminuyendo.
Convivir con el dolor
En ese contexto, la acuarela ha sido clave para sostenerse emocionalmente. “Gracias a las acuarelas y a mi mujer, Elena, y a mi hija Ane, he conseguido estar donde estoy, que no es poco”, resume agradecido. Lo que empezó como una prueba durante el encierro se ha convertido en una rutina diaria y en una herramienta para convivir con el dolor.
Hoy, seis años después, pintar forma parte inseparable de su vida. Trabaja por las mañanas en una fábrica de tubos, en el área de calidad y producción. Por las tardes, sin excepción, llega su momento. “Todos los días pinto, aunque sean cinco minutos”, asegura. Un boceto, avanzar una obra o simplemente experimentar. Él lo define como su propio “I+D+I”: investigar colores, trazos y formas, dejarse llevar y desconectar.
La exposición reúne acuarelas inspiradas en fotografías
Su relación con la acuarela es total. Ha probado otras técnicas, como el acrílico, pero no le convencen. “Me he enganchado a la acuarela”, afirma. En ella ha encontrado un lenguaje propio que combina paciencia, precisión y sensibilidad. Se define como una persona detallista, a la que le gusta “perder el tiempo” en los pequeños elementos, en los matices. Busca la limpieza en el trazo, la profundidad en la escena y, sobre todo, la luz, uno de los aspectos que más cuida en sus obras.
Esa evolución personal y artística le ha llevado a dar el salto a las exposiciones. La muestra que ahora presenta en Amorebieta-Etxano, titulada Ura eta kolorea / Agua y color, es su cuarta exposición y supone un paso más en ese recorrido iniciado en pleno confinamiento.
La exposición
Reúne 28 acuarelas en el Centro Cultural de Zelaieta y gira en torno a sus grandes “vías de escape”: la montaña, el mar y los paisajes. Cada temática ha sido trabajada mediante técnicas diferentes, buscando la forma de expresión más adecuada en cada caso. El resultado es un conjunto de obras que muestran distintas interpretaciones de la naturaleza a través de la acuarela y del comportamiento del agua sobre el papel.
Junto al agua, la montaña aparece como otro de los pilares de la exposición, aportando solidez y presencia. En algunas composiciones introduce trenes, rompiendo la quietud de los paisajes y aportando dinamismo y movimiento. Ese contraste entre calma y acción es una constante en su trabajo.
La exposición podrá verse hasta el 30 de abril
Rubén trabaja habitualmente a partir de fotografías, aunque siempre que puede prefiere acudir al lugar y pintar del natural. “Me gusta estar allí, ver la luz, el ambiente”, explica. Cada temática la aborda con técnicas diferentes, buscando siempre la forma de expresión más adecuada. El resultado es un conjunto de obras variado que muestra distintas interpretaciones de la naturaleza a través de la acuarela.
La exposición puede visitarse hasta el 30 de abril en el Centro Cultural Zelaieta, donde el público tiene la oportunidad de acercarse a su universo creativo y conocer de cerca su trayectoria. El propio artista participó en la inauguración, compartiendo con los visitantes su experiencia, su proceso y las claves de su trabajo.
Lejos de acomodarse, Rubén sigue marcándose nuevos retos. Uno de ellos es dar el salto a formatos más grandes. Actualmente trabaja con tamaños de hasta 58x38 centímetros, pero su objetivo es duplicarlos. “Es más vistoso, llenas más, pero también hay más espacio que cubrir”, explica. El reto implica un mayor control del agua, de las humedades y del brillo, aspectos fundamentales en la acuarela. Para avanzar en ese camino continúa formándose, asistiendo a clases dos días por semana.
Seguir disfrutando
En casa, la pintura sigue siendo un vínculo compartido. Su hija Ane continúa pintando cuando sus estudios de Farmacia se lo permiten, utilizando también la acuarela como vía de escape en momentos de presión. Rubén, por su parte, tiene claro su objetivo de cara al futuro. No habla de metas ni de reconocimiento, sino de algo mucho más esencial. “Seguir disfrutando, seguir pasándolo bien y no dejar de aprender”. Y para lograrlo, mantiene la misma disciplina que le ha acompañado desde aquel confinamiento: pintar cada día, aunque sea un poco. Porque en cada trazo, en cada mezcla de agua y color, encuentra equilibrio, paz y desconexión.