La relación entre las familias y los centros educativos no siempre resulta sencilla. Padres y madres participan cada vez más en la vida escolar de sus hijos, pero esa implicación puede generar fricciones cuando pasa de la colaboración al cuestionamiento de las decisiones pedagógicas de los docentes.
El catedrático en Psicología de la Educación Carles Monereo abordó esta cuestión recientemente en Hora 25, con José Luis Sastre, a raíz de la conversación sobre los resultados y las conclusiones de los últimos informes educativos.
Su planteamiento parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué existe una tendencia a cuestionar el criterio de los profesores cuando apenas se discute el trabajo de otros profesionales especializados?
Un profesor da clase en un instituto de Secundaria.
"Nadie discutiría a un arquitecto sobre su trabajo"
Monereo considera que existe una paradoja en la percepción social de la profesión docente. Mientras que determinadas decisiones profesionales se aceptan como propias de especialistas, en educación muchas personas sienten que tienen legitimidad para intervenir directamente en cuestiones técnicas.
"¿Por qué todo el mundo se atreve a discutirle a los profesores sobre temas educativos?", planteaba el psicólogo durante la entrevista.
El experto pone como ejemplo la relación con otras profesiones. "Yo creo que ha llegado un momento en que nadie discutiría a un arquitecto, a una ingeniera, algo sobre su trabajo", explicaba.
Sin embargo, cuando se trata de la educación de los hijos, la experiencia personal como padre o madre parece convertirse en ocasiones en un argumento para cuestionar decisiones profesionales.
Monereo no plantea que las familias deban mantenerse al margen de los centros educativos. Al contrario: considera importante que los padres acompañen a sus hijos y se interesen por lo que ocurre en las aulas. La diferencia está en hasta dónde debe llegar esa participación.
El papel de los padres: acompañar sin sustituir al docente
El catedrático también puso el foco en el papel que desempeñan las familias fuera del colegio. Una de sus recomendaciones es recuperar un acompañamiento cotidiano que no tiene que ver necesariamente con controlar los deberes o los resultados académicos.
"Cuando llega el chico o la chica a casa, que le preguntes: '¿Cómo ha ido?', '¿Qué ha pasado?', '¿Qué has aprendido?'", recomendaba.
Monereo reconoce que los adolescentes pueden reaccionar con cierta desgana ante este tipo de preguntas, pero considera importante mostrar interés por su experiencia educativa.
"Ya sé que ellos hacen esa cara, 'qué rollo' y tal y cual. Pero bueno, insistir en que te interesa lo que están haciendo", añadía.
Para el psicólogo, una parte fundamental de la implicación familiar pasa precisamente por participar, ayudar y respetar a los profesores, a quienes define como "especialistas en educación".
Cuando los padres cuestionan una metodología
Uno de los ejemplos utilizados por Monereo permite entender dónde sitúa la frontera entre la participación familiar y el cuestionamiento profesional.
El experto plantea el caso de un padre que descubre que su hijo está aprendiendo con la ayuda de otro alumno y se muestra contrario a esa metodología: "Me han dicho que hay un niño ahora en clase que enseña a mi hijo. Yo te pago a ti como profesor para que le enseñes, no que otro niño le enseñe".
Ante esa situación, el docente podría explicar que existe investigación sobre la tutoría entre iguales, una metodología en la que los alumnos pueden alternar los papeles de tutor y aprendiz y que busca aprovechar el aprendizaje colaborativo.
"Hay unos estudios sobre tutoría entre iguales, que el que enseña aprende mucho también cuando hace de profesor", apunta Monereo.
El ejemplo sirve para ilustrar una cuestión central de su argumento: una metodología puede no ser intuitiva para una familia y, aun así, estar respaldada por investigación educativa.
Por eso, el hecho de que un padre o una madre tenga una opinión sobre una determinada práctica no significa necesariamente que pueda valorar su eficacia pedagógica con los mismos criterios que un profesional especializado.
La experiencia como padre no equivale a formación pedagógica
La educación es una cuestión especialmente sensible porque prácticamente todas las personas han tenido contacto con ella como alumnos, padres o familiares. Esa cercanía hace que sea fácil confundir experiencia personal con conocimiento profesional.
Esto no significa que las familias no puedan preguntar, expresar preocupaciones o pedir explicaciones. La comunicación entre padres y profesores resulta esencial para detectar problemas y acompañar adecuadamente al alumnado. La cuestión planteada por Monereo es diferente: hasta qué punto una opinión familiar debe determinar cuestiones que corresponden al ámbito profesional del docente.
El psicólogo defiende que las decisiones educativas deben apoyarse en formación, experiencia profesional e investigación. "Cuando existe investigación, existen expertos, existen personas que saben…", señala Monereo.
Su reivindicación pasa por reconocer la autoridad profesional de los docentes, entendida no como una autoridad basada en la imposición, sino como el reconocimiento de que existe una preparación específica detrás de su trabajo.
El ejemplo del médico: "Vaya a otro especialista"
Monereo lleva su argumento un paso más allá al comparar la educación con la relación entre pacientes y profesionales sanitarios.
La idea es que, si un especialista explica las razones de una determinada decisión profesional y el paciente no está de acuerdo, puede buscar una segunda opinión o acudir a otro profesional, pero eso no significa que el paciente tenga los conocimientos necesarios para ejercer como médico.
Una médico residente de Osakidetza atiende a dos pacientes en su consulta.
Aplicado a la educación, el catedrático sostiene que algo similar debería ocurrir con determinadas decisiones pedagógicas. "Esto no me interesa, no lo quiero. Bueno, pues ya sabe, hay otros centros. Y usted mismo, cambie de centro", plantea como ejemplo.Por eso, insiste: disponer de capacidad para elegir un centro educativo no implica necesariamente tener autoridad para determinar cómo debe trabajar un profesor.
La reflexión de Monereo no implica que los centros deban cerrar la puerta a los padres. La participación familiar es una pieza importante de la educación y puede resultar especialmente útil cuando existe comunicación fluida entre docentes y familias.
El problema aparece cuando esa participación se transforma en una supervisión constante de las decisiones profesionales del profesor. "Creo que los padres somos los primeros que deberíamos respetar absolutamente, como hacemos con otras profesiones, a los maestros y maestras, que es una profesión complicadísima, complicadísima", sentencia.