El anticongelante cumple una función esencial en invierno: evitar que el líquido del sistema de refrigeración se congele cuando las temperaturas caen por debajo de cero. Si esto ocurre, el agua aumenta de volumen y puede romper manguitos, el radiador o incluso el bloque del motor, una de las averías más caras que puede sufrir un coche. Además, el anticongelante no solo protege del frío; también regula la temperatura en caliente, evita la corrosión interna y lubrica componentes del sistema. Circular con un nivel bajo o con una mezcla incorrecta es muy peligroso y arriesgado.
Los peligros de no revisarlo
No comprobar el anticongelante en invierno puede traducirse en arranques difíciles, sobrecalentamientos inesperados y pérdidas de líquido que pasan desapercibidas hasta que el daño ya está hecho. En zonas frías o de montaña, el riesgo aumenta y una noche de helada intensa puede ser suficiente para causar daños internos. Otro problema habitual es usar agua en lugar de anticongelante o una proporción inadecuada del mismo, ya que protege menos frente a heladas y acelera la oxidación. El resultado puede ser una reparación que multiplica por cien el coste de una revisión normal.
Cómo comprobarlo correctamente
La revisión es muy sencilla: con el motor en frío, comprueba el nivel en el vaso de expansión y verifica que esté entre el mínimo y el máximo. También conviene revisar el estado del líquido: si está turbio, marrón o con partículas, toca sustituirlo. Y ojo con mezclar tipos distintos; lo ideal es usar el anticongelante recomendado por el fabricante y respetar la concentración adecuada para tu coche.
Otras revisiones a tener en cuenta
El frío reduce la capacidad de la batería y aumenta la demanda energética en el arranque. Si ya estaba justa, el invierno suele rematarla. Las señales de alerta son un arranque lento, luces más débiles o avisos en el cuadro. Revisar su estado puede evitar quedarte tirado una mañana helada.
Un mecánico se dispone a cambiar un neumático.