El escritor Pedro Torrijos ha publicado un vídeo en el que pone nombre a un fenómeno que mucha gente ya identifica sin saber cómo llamarlo: los edificios cebra. Torrijos los describe como un “fantasma arquitectónico” que recorre las ciudades y aparece “en manada”, con fachadas de blanco inmaculado "al menos al principio" y bandas negras que unifican ventanas, creando formas horizontales repetidas. Según su relato, se ven especialmente en edificios nuevos, pero también en solares donde antes había naves industriales o descampados.
Su primera idea es que no se trata de un giro creativo de los arquitectos ni de una decisión estética tomada desde el diseño, sino de un patrón que se impone porque la vivienda funciona como producto de mercado. “Una vivienda es un producto… solo que con hipoteca, IVA y notario”, plantea, para explicar por qué el aspecto exterior acaba respondiendo a criterios de venta, coste y riesgo comercial.
El cambio que lo explica todo
Torrijos sitúa el origen del fenómeno en un cambio técnico y normativo. Durante décadas, recuerda, el ladrillo visto fue el “rey” de la fachada residencial: aguantaba el clima, cumplía con la normativa, permitía cámara de aire y transmitía una sensación de solidez que los promotores vendían como algo “serio” y “que no pasa de moda”. Ese material terminó convirtiéndose en el estándar, hasta el punto de que mucha gente asumió que era “el único material posible”.
Pero esa era se rompe, según explica, cuando el Código Técnico de la Edificación exige un aislamiento termoacústico más exigente. En ese nuevo marco, el ladrillo visto deja de ser la opción fácil o barata si se quiere cumplir bien la normativa. Podría servir, matiza, pero solo gastando mucho más en las fachadas. Y ahí aparece el protagonista real del cambio: el SATE, el Sistema de Aislamiento Térmico por el Exterior, mucho más eficaz para lograr los niveles requeridos y, además, a menor coste.
¿Por qué blanco y negro?
El vídeo entra entonces en el corazón de la estética “cebra”. Torrijos explica que el SATE suele consistir en paneles aislantes colocados por fuera del muro y cubiertos por un enfoscado pintado. En teoría, dice, se podría elegir cualquier color: “verde, menta, azul piscina, fucsia discoteca” e incluso estampados, si uno quisiera ponerse “festivo”. Sin embargo, el mercado no funciona así.
La razón, según Torrijos, es la mentalidad del promotor, que define como conservadora en un sentido práctico: “no me la juego a que el cliente se asuste y no firme”. De modo que se evita cualquier opción llamativa o arriesgada. Eliminados los colores “peligrosos”, la paleta se reduce a lo seguro y vendible: blanco y negro, con franjas. “Nació el edificio cebra”, resume, y a partir de ahí el patrón se copia, se replica y se normaliza.