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La Milán-San Remo obsesionaba a Tadej Pogacar a pesar de sus decena de Monumentos, de sus cuatro Tours, de sus dos Mundiales y de su palmarés de oro y diamantes.
Era el esloveno el capitán Ahab tras Moby Dick. Su ballena blanca. Pogacar es pulsión y arrebato cuando imagina La Classicissima, convertida en un asunto íntimo, visceral, después de acariciarla tantas veces sin conquista. La pesadilla que le quitaba el sueño.
Hasta que caído, lacerado, el maillot de campeón del Mundo hecho jirones, la rodilla lijada, la sangre presente, espantó todos los fantasmas para imponerse al fin en Vía Roma por media rueda de ventaja sobre Tom Pidcock, que exigió al límite al esloveno, campeón de cuerpo entero. Van Aert, que se adelantó al pelotón, fue tercero.
Podio final de la clásica, con Pogacar, campeón, Pidcock, segundo, y Van Aert, tercero.
Tasado frente a la historia, el esloveno completó otra actuación antológica para apilar su 11º Monumento. El más deseado. El que perseguía sin desmayo. Fue la suya una historia de superación. De no rendirse ante el peor escenario. "Necesito un momento para darme cuenta de lo que he hecho...", dijo Pogacar, emocionado. Los sentimientos le abrazaban.
Encontró la paz Pogacar, que abrió las puertas de la gloria herido, pero no derrotado. Nada humano puede con él. A Pogacar, un metahumano, la Milán-San Remo le eleva el salvajismo. Le hierve la sangre.
Agitó el esloveno la carrera entre la Cipressa y el Poggio, donde Van der Poel, cedió, y hombreó por el todo o nada con Pidcock en Vía Roma, donde el esloveno se agarró la cabeza, incrédulo ante su hazaña. Tal vez su mejor victoria. Aunque lacerado, desplegó el poder del arcoíris sobre San Remo.
Histórico Pogacar
Tachó el cuarto de los cinco Monumentos del ciclismo. A su lista solo le resta la París-Roubaix. Imperial el esloveno, un ciclista de todas las épocas. El último arcoíris en conquistar La Classicissima fue Giuseppe Saronni en 1983.
En primavera, que es todas las estaciones del año en una, se entreveran aún los cuellos cerrados del frío, los paraguas de la lluvia, el sol sereno y el abrasador, o el viento que lo mismo es brisa queda o desmadejado huracán. La primavera es invierno, verano y otoño que florece.
La Milán-San Remo anuncia el canto de los pájaros, la alegría y una sonrisa abierta de ciclistas ciclópeos al esprint, en cuesta, en descenso, clasicómanos, vueltómanos o escaladores.
Todo lo sostiene el tejido centenario de La Classicissima, que en sus 117ª ediciones contó gestas de todos los héroes y arquetipos posibles que cincelaron la historia de una carrera única. Pogacar representa a todos ellos.
Críptica en su sencillez, la Milán-San Remo acoge el frenesí de media hora apasionante, la que trasciende entre la Cipressa, el Poggio y el encuentro con Vía Roma, la artería de San Remo, donde suena el festival de la canción melódica italiana tras un estallido de punk acelerado.
Milán-San Remo
Clasificación
1. Tadej Pogacar (UAE) 6h35:49
2. Tom Pidcock (Q 36.5) m.t.
3. Wout van Aert (Visma) a 4’’
Representa la Milán-San Remo la primavera de maravilla y tal vez por eso también se le llame así. En 298 kilómetros, desde Pavia hasta la Vía Roma, asomadas las miradas a la costa del Mar de Liguria, la belleza impresa en la roca, barnizada por el brillo hipnótico del mar, se comprime la primavera en todo su esplendor.
Colgaba del retrovisor el invierno que fue hace nada, cuando Vía Roma quedaba en el futuro, a una travesía de distancia. En ese trecho se dibujó una fuga que rodaba hacia el horizonte, llenando la mirada y disfrutando del aire.
Pogacar y Pidcock se estiran en el esprint.
A la moral de Pogacar le hirió la caída de Jan Christen, uno de sus fieles. Kwiatkowski, que festejó la victoria en la clásica tiempo atrás, también se fue al suelo. El ciclismo no tiene memori selectiva.
La fuga se desgajó a medida que crecía el peso de la Milán-San Remo. Apenas le quedaba aliento a la escapada tras los Tre Capi (Mele, Cervo y Berta). La grandeza de La Classicissima brotaba tras la colinas. Pogacar, Van der Poel, Ganna y Del Toro eran un apretón de manos.
Caída de Pogacar
Esperaba la Cipressa (5,6 kilómetros al 4%), cuando las vistas hipnóticas del atardecer en el Mar de Liguria se quebraron con la caída de Pogacar, Van Aert, Pellizzari o Jorgenson.
El buzo blanco, pintado con los colores del arcoíris de campeón del Mundo, se ensució por el costado izquierdo, abrasado por la lija del asfalto.
No había tiempo para la contemplación, aunque debería ser obligatoria. Pogacar, marcado por la caída, rasgado el culote, agujereado, lijada la rodilla izquierda, se apresuró para remontar en la Cipressa, estrecha, emparedada la carretera.
Colosal, en dos zancadas estaba tras el rebufo de McNulty y Del Toro, sus costaleros. El mexicano embistió para desbrozar el ataque del esloveno. Estalló Pogacar con la rabia acumulada. Pidcock y Van der Poel se tachonaron a él. Ganna, boqueante, bajó la cabeza.
En el descenso de la Cipressa, el neerlandés comía y bebía para el festín que esperaba en el Poggio. Se atragantó. Pogacar, Van der Poel y Pidcock entrelazaron sus destinos.
Danzad malditos. Se estiró el esloveno, siempre ofensivo. A Van der Poel le mudó le rostro. Perdió firmeza. Mentón abajo.
Pidcock se cosió al esloveno, que cargó con todo. Disparó dos veces. El inglés esquivó ambos intentos antes del duelo final en Vía Roma. Al esloveno le quedaba la bala de plata. La de los elegidos. Allí acabó con su obsesión con un grito redentor. Pogacar encuentra la paz en la Milán-San Remo.