Por Jon Arraibi (Director de Café con Patas):
Por fin se ha descubierto cómo tener perro sin sufrir la inconveniencia de que ladre, tire de la correa, salte sobre las visitas o nos deje el sofá lleno de pelos. En Alemania hay algunos grupos de personas adultas paseando perros que no existen. No son niños con la imaginación trabajando al máximo ni artistas en una performance callejera. Como decía, son personas haciendo todo lo que se hace al pasear con un perro, pero sin perro. Sí, con correa, con arnés y toda la seriedad del mundo.
Muchos de ellos confiesan que esta actividad les ayuda a combatir la soledad. Otros dicen que les sirve como entrenamiento previo a convivir con un perro de verdad. El hobby doging, que así se llama esta delirante historia de pasear perros invisibles, es perfecto. El perro invisible no gasta en veterinarios, no sufre ansiedad por separación, no nos pide salir a la calle cuando llueve.
De hecho, como si se tratara de un episodio distópico de Black Mirror, ya han surgido incluso entrenadores caninos para perros invisibles. Hay talleres de agility para espectros, hay personas gritando "sit", absolutamente convencidas, a un trozo de asfalto. Incluso he leído que se venden correas reforzadas con alambre para simular la tensión de un perro que decide dar un tirón.
Allá por los años 70, el cómico argentino Carlitos Balá interpretaba un show en el que simulaba pasear un perro para hacer reír a los niños. Pues en unas décadas hemos pasado del humor a algo bastante más cercano a la patología. Los defensores de pasear perros invisibles dicen que reduce el estrés, y tiene sentido, porque es imposible que tu perro invisible se pelee con el del vecino o que se escape tras un gato. Es la seguridad total, el riesgo cero, la vida en una burbuja de alucinaciones.
El hobby doging parece, de todos modos, bastante acorde a nuestro tiempo. En una era de filtros de Instagram que falsean al máximo la realidad, dinero cripto y relaciones sentimentales con herramientas de inteligencia artificial, tampoco desentona tanto pasear junto a un perro que no está ahí. Un ejemplo extremo más de nuestro compromiso con la absoluta nada.