La mirada triste y perdida de un galgo trataba de encontrar un respiradero de ternura y compasión. El bochorno, el sol inclemente y el viento enajenante del sur, caprichoso, deprimían al animal, extraviado el espíritu en el galimatías que era el Parque Etxebarria, entregado Bilbao a la Itzulia. Los lunes al sol. Ninguno más brillante y poderoso que el de Paul Seixas.
El último aliento de la Semana Santa, festiva la jornada, encontró un lugar para la lucha de Tubos Reunidos, que reivindican un futuro mejor, en las laderas por la que reptaban los ciclistas.
El astro rey, inmisericorde, pegaba plano, enfurecidos rayos de sol achicharrando las pieles, clavos incandescentes sobre rostros aún pálidos, de tonos sepias, en el comienzo de abril.
El agua, ay, el agua, era una bendición. En la Basílica de Begoña la bendicen. Así se bautizaron tantos. Los ciclistas, apóstoles del sufrimiento, embutidos en tejidos técnicos, rematados por cascos siderales y pantallas oscuras, peregrinaban uno a uno desde la rampa de salida, acodada al lado del templo a modo de un paso de Semana Santa.
Sacrificados en el altar del tiempo. No hay juez más severo que el reloj. Insobornable. El calor, punzante, era la imaginación de Dalí, sus bigotes picudos, pintando Los relojes blandos.
Las esferas que no se sostienen, derretidas. Las quemó el fogoso Seixas, puro fuego en el crematorio de la crono, por encima de los 30 grados. Crepitaba el asfalto.
El calor, opresor, robaba el oxígeno. Ion Izagirre calentaba en el rodillo con una chaleco de frío y una bolsa con cubitos de hielo en la nuca para sentirse mejor.
Paul Seixas, a unos metros, se refugiaba bajo el toldo y refrescaba el organismo con la vestimenta helada y un ventilador que le mojaba el cuerpo con agua pulverizada. Después se encendió y lo quemó todo.
Seixas, primer líder de la Itzulia.
Estrategia de tierra quemada la suya. Un reguero de llamas acompañó su ejercicio, excelso. Un cohete. Un chupinazo sobre Bilbao.
Era una fiesta Seixas, que se despachó con una crono extraordinaria. Nadie pudo sombrearle ni tocarle. Su marca: 17:09 en los 13,9 kilómetros del recorrido fueron una quimera para el resto.
Grandes diferencias
Kévin Vauquelin cedió 23 segundos y Felix Grossschartner se fue a los 27. Primoz Roglic perdió 28 segundos. Juan Ayuso e Isaac del Toro, que apuntaban a los más alto, se secaron al sol. El alicantino perdió 1:16.
Pello Bilbao fue el mejor vasco en la crono.
Una barrera que parece insalvable. El mexicano también estuvo muy lejos. A 50 segundos del astro galo, que encarrila la Itzulia. Mikel Landa, contento con su actuación, entregó 56 segundos. Pello Bilbao perdió un poco menos, 53 segundos. Fue el mejor vasco.
"He hecho una crono perfecta. He sentido que tenía muy buenas piernas y he logrado una buena ventaja", expuso Seixas, que eligió partir en la primera tanda. Acertó con la decisión.
Itzulia 2026
Primera etapa y general
1. Paul Seixas (Decathlon) 17:09
2. Kévin Vauquelin (Ineos) a 23’’
3. Felix Grossschartner (UAE) a 27’’
4. Primoz Roglic (Red Bull) a 28’’
5. Ilan van Wilder (Soudal) a 29’’
17. Pello Bilbao (Bahrain) a 53’’
19. Mikel Landa (Soudal) a 56’’
24. Ion Izagirre (Cofidis) a 1:01
30. Markel Beloki (Education First) a 1:06
31. Alex Aranburu (Cofidis) a 1:07
El viento empeoró para Ayuso y Del Toro, dos hojas perdidas en el viento. "En las cronos todos los detalles cuentan. Ahora tengo que defender el maillot amarillo", analizó el francés.
El de Ormaiztegi fue de los primeros en salir porque las previsiones decían que el viento podría ser más perjudicial a medida que se acumulaban los minutos y una salida pronta ampliaba el tiempo para recuperar después la musculatura. Seixas era de la misma opinión.
El mexicano Del Toro no alcanzó su mejor nivel.
Empujaba, arrebolado el viento, a favor en la agónica ascensión a Santo Domingo, en la parte inicial de la crono, y achataba las narices, puños de realidad, en paralelo a la Ría, donde las bicis aerodinámicas de deslizaban frente a las escamas de titanio del Museo Guggenheim.
El fulgor de su armadura reflejaba el sol y la subida en zig-zag, una serpiente que mordía ácido láctico, herraduras con pendientes broncas, hacia la chimenea de ladrillo que gobierna el Parque Etxebarria, donde se sitúa uno de los belvederes de la ciudad.
Al igual que Izagirre, fueron varios los que decidieron madrugar. Primoz Roglic, que en 2021, fue el mejor en un recorrido fotocopiado, se erizó con ambición. El esloveno, dos veces campeón de la carrera, apuntaló una crono notable.
Fijó una marca estupenda el veterano. 17:37. Era un tiempo peor que el de hace un lustro, aunque las condiciones de aire eran muy distintas. Pello Bilbao bailó cerca del esloveno. Izagirre estaba más alejado.
Imparable Seixas
Sucedió que esa referencia caducó con la exuberancia de la juventud. Paul Seixas, la última gran aparición del ciclismo, era un dragón que lanzaba llamaradas. Lo quemaba todo a su paso. Ardía el francés. Quemaba.
Marcó un registro de 17:09. Abrasó el crono de Roglic. Lo rebajó en 28 segundos. Florian Lipowitz, compañero del esloveno, perdió más de medio minuto, 33 segundos, respecto a la sensación Seixas.
El francés, más relajado, se sentó a la espera en la silla calienta, donde se aguarda la llegada del resto. En la sombra, el joven galo comía para recargar el cuerpo y los músculos después del esfuerzo al límite que exigen las cronos, donde hay que retorcer el cuerpo, compactarlo a modo de un contorsionista, sobre una bici de geometría imposible.
Un potro de carbono y tortura. Las cronos son cálculo, matemática, evolución, tecnología y aerodinámica, pero sobre todo, un tratado de resistencia del ser humano.
Mikel Landa, durante la crono.
Kévin Vauquelin, compatriota de Seixas, firmó un gran actuación y se quedó a 23 segundos del fenómeno galo. Grossschartner, liebre de Del Toro, perdió 27 segundos.
Restaban Juan Ayuso e Isaac del Toro, otro dos jóvenes talentos, que partieron casi gemelos. Ambos se desafiaban y peleaban por mejorar la marca del francés.
Se estamparon contra el muro francés. Se dislocaron del todo. Perdidos en el tiempo. Llevados por el viento, achicharrados por el sol, fagocitados por Seixas. Ayuso concedió 1:16.
Su lenguaje corporal durante la subida a través de la Plaza del Gas lo decía todo. Torcido, desacompasado, agrietado el gesto. Evaporado. Una sombra de lo que es. Al mexicano no le fue mucho mejor.
El águila real, la bandera de México, se deshilachó por completo en la crono, que les señaló a los dos. Concedió 50 segundos respecto al francés. Mikel Landa se manejó en un registro parejo al de Del Toro. El alavés finalizó con buenas sensaciones.
Todos, incluso los que más se aproximaron, se quedaron a un mundo del impertinente francés, que ondeó la bandera de la victoria en Bilbao tras una exhibición portentosa. Seixas significa roca en portugués. La del francés es ígnea, procedente del volcán que arrasó la crono. Paul Seixas desata el infierno en la Itzulia.