Actualizado hace 4 minutos
Oliver Laxe (París, 1982) prefiere definirse como "artista plástico", antes que como "cineasta". Tras ganar el éxito indiscutible de Sirât -Premio del Jurado en Cannes (2025), seis premios Goya y nominaciones en los Óscar y en los Globos de Oro-, Laxe ha presentado este jueves en Tabakalera la instalación audiovisual HU. Bailad como si nadie os viera. Se trata de una propuesta que, previamente, se mostró en el Museo Reina Sofía y que ahora abre sus puertas en la antigua fábrica de tabacos de Egia, en una adaptación mucho más cercana al proyecto original que ideó Laxe y de la que se pudo ver en Madrid. HU. Bailad como si nadie os viera, que permanecerá en la segunda sala de exposiciones del Centro Internacional de Cultura Contemporánea de Donostia hasta el 12 de octubre, presenta una pirámide de altavoces propia de las raves en el centro de la sala. Frente a esta, tres enormes pantallas proyectan paisajes desérticos, siluetas de templos, altavoces y personas que bailan, que el artista ha filmado durante la última década y que comparten universo con Sirât.
¿Cuándo Oliver Laxe baila, lo hace como si nadie lo mirase?
Me cuesta.
¿Le cuesta bailar o le cuesta bailar como si nadie se fijase en ello?
A todo el mundo nos cuesta bailar como si nadie nos viera, ¿no? La vida es así. Nos cuesta que la mirada del otro no nos abrume y no configure nuestra psicología. Pero el reto es ese, el reto es sanar y disfrutar, gozar del baile.
¿Y bailar sana?
Sí. Es algo que hemos hecho desde hace miles y miles de años. Nuestro cuerpo nos da información sobre nosotros: nos purga, saca memorias, información, nos conecta con nuestra fragilidad y con nuestra fuerza. Bailar es un rezo, sin duda.
¿De dónde surge la instalación 'Hu. Bailad como si nadie nos viera'?
Me considero un artista plástico antes que cineasta. Pero soy un artista plástico que se ha decantado por el cine por su dimensión popular. Intento introducir caballos de Troya en el cine, desde mi sensibilidad artística. Y en este caso, esta instalación es un poco volver a casa, porque ha sido trabajar de manera mucho más visceral y orgánica, que es la manera como hago mis pelis también.
Dice que es más artista plástico que cineasta, pero su cine sí que goza de cierta plasticidad.
Sí, total. De ahí viene que sea un outsider, porque no es fácil que ese tipo de sensibilidad sea hegemónica dentro de la industria del cine. Es muy raro, que artistas como yo, que cineastas como yo, sean hegemónicos dentro del cine, que es un arte industrial y muy ligado a la industria del entretenimiento. Es un lenguaje que puede ser muy conservador, muy ligado a la televisión, al teatro, a la literatura. En el fondo hago lo que me da la gana siempre, en el cine, en el museo, donde sea... Al final, es darme a mi intuición, que es lo que tiene que hacer el artista, y está muy ligado al sabor. El sabor es una dimensión de nuestra sensibilidad muy ligada a nuestro inconsciente, y nuestro inconsciente está muy ligado al inconsciente colectivo. Esta pieza reúne muchas de mis preocupaciones o de mis búsquedas personales. El baile es un perfecto equilibrio entre la inmanencia y la trascendencia. Haciendo algo que es muy terrenal, algo muy ligado con el suelo -además aquí trabajamos con la música electrónica, con el tecno, con el kick, con el beat- es algo que también nos vincula más con lo trascendente, con el cielo, que es algo que obviamente me habita, no solo como artista sino como persona. En esta pieza se encuentra lo sagrado, el baile como ceremonia, la naturaleza como templo, y yo creo que vuelven otra vez a estar presentes.
Mediante unas grandes pantallas que proyectan imágenes del desierto y también de su película 'Sirât' y con unos baffles que proyectan música electrónica ha generado como un espacio perfecto para una rave. ¿Le gustaría que de ahí naciese de forma espontánea una fiesta que se expandiese por Tabakalera?
Los museos tienen algo frío, algo esterilizado, algo de cementerio. Es una pena. Pero también luchan por contrastar eso. Todo lo que sea ensuciarlo, todo lo que sea hacerlo bastardo, todo lo que haga que el arte no se domestique es bueno para el arte. No estaría mal hacer en la Plaza de Tabakalera una fiesta así.
¿Ha estado alguna vez en alguna rave en Euskadi?
Estuve en una en Bilbo, en una fábrica, hace muchísimo, pero no era una free party, era de pago. Aquí hay cultura de rave, sí. Por eso no he dudado en pedir a Tabakalera que se suba el volumen de la instalación. Sois vascos, asumirlo, no bajéis el volumen.
Ha estado en varias ocasiones en Donostia, por distintos motivos. En su momento también conoció Arteleku. ¿Qué le une a la ciudad o al País Vasco?
Una sensibilidad periférica, sobre todo. Como gallego que soy, hay algo en cantábrico-atlántico, no sabría cómo definirlo, pero hay algo en el gesto... Yo tengo algo muy de la montaña de Lugo donde vivo, de Ancares... Hay algo en cierta sensibilidad un poco visceral. Yo creo que los gallegos y vascos podemos ser viscerales. Hay una fuerte tradición de artistas, más en el arte contemporáneo que en el cine. El talento en Euskadi se ha ido mucho al arte contemporáneo, para bien y para mal. Cuando veo pues ciertas esculturas o ciertas obras, me identifico mucho con el gesto muy vinculado al territorio, a lo geológico, a lo mineral... Hay algo de estos paisajes...
¿Cómo ha sido preparar la música para la instalación?
Soy un poco músico en el fondo y cuando siento imágenes, las siento con su sonido: no sé dónde acaba la imagen y dónde empieza el sonido. Y para las dos se utilizan las mismas palabras: el tempo, el grano, el polvo... Es lo que uno siente ante una pintura o una escultura cuando cruje, cuando el brochazo es gordo y notas la pasta de la pintura en el lienzo. Es difícil de explicar. No es algo que pase mucho por la cabeza, es más de piel, más de gesto. Hay algo ahí... Al trabajar con el sonido, hay una parte melódica, pero otra un poco más abstracta y más de sonido puro, de muro de sonido, de hálito, de vibración sonora primigenia, de ese crujido del sonido y... está rico.
Comentaba que bailar es sanar y, por lo tanto, transformarse. ¿El éxito mundial de 'Sirât' ha transformado a Oliver Laxe?
Como artista, obviamente, me ha propulsado. A partir de ahora el viento sopla en mis velas y tengo una varita mágica: puedo hacer la película que quiera con quien quiera. Mirando atrás, mirando cómo empecé, la verdad es que me gusta eso. He aprendido mucho también. Ha sido muy estimulante. Convertirme en una persona más mediática ha sido duro también. Afortunadamente, sigo viviendo en mi casa en Galicia y eso me equilibra mucho. Yo miro todo desde la perspectiva del caballo de Troya: me hace gracia la oportunidad que tenemos de volver a colarla. Por eso me interesa el cine. Es interesante cuando artistas vamos al cine, que es un arte más hegemónico, más popular, e intentamos meter nuestra sensibilidad en ese espacio. Me parece valioso, necesario y haberlo logrado tiene mérito. Te pueden gustar más mis películas, menos o más, pero desde dónde vengo y desde el tipo de sensibilidad que tengo, hacer que eso esté ahí y que siga teniendo una pátina indómita y salvaje, tiene mérito. Ahí sí he hecho gala de mi cabezonería galaica.
Dice que es "un 'outsider' que conquista lo hegemónico. Se podría hablar en su caso también de cine de autor, algo que, por otro lado, es criticado desde ciertas perspectivas porque se relaciona con lo burgués. ¿Qué opina al respecto?
Sí, entiendo eso. Estamos en un momento donde el artista tiene que bajar del caballo y ayudar a subir al espectador a su montura. Es un momento donde el espectador tiene poco nivel de concentración -yo también me incluyo-, mira las obras de arte con la cabeza -me incluyo-, y eso es una deriva un poco racionalista de la sociedad. Hay que aceptarlo, es lo que hay. Tenemos que hacer un esfuerzo para ver cómo invitar al espectador a cabalgar hacia los horizontes que tenemos. Creo que mi cine tiene ese gesto humilde, de servicio, y de acompañamiento. Trato al espectador como una persona adulta, madura, sensible y yo creo que he tenido razón: Sirât ha sido un éxito internacional y de taquilla en muchísimos países. Obviamente, el arte rasca, no es complaciente y, a veces, te lleva a lugares incómodos o toca heridas y traumas de ti. Siempre he dicho eso: Sirât no te traumatiza, ya estás traumatizado; lo que hace es conectarte con ello y eso es sano.
Siempre le escucho hablar de esa herida.
Sí, claro. Es esa herida transpersonal, esa herida trans que tenemos, que no es solo la nuestra y de nuestra infancia, sino que es de nuestros linajes, de nuestros pueblos... Qué os voy a decir a los vascos, ¿no? El arte tiene esa dimensión ceremonial, esa dimensión terapéutica, de conectarte con esa herida, de darte información sobre ti y purgarla poco a poco.