Actualizado hace 5 minutos
Hay plantillas de selecciones o clubes que han trascendido a la historia, sin embargo, es el estilo y lo que transmiten lo que marca una generación tras otra. Brasil, para muchos y muchas la cuna del fútbol, ha tenido grandes jugadores durante décadas, desde Pelé y Zico, pasando por Ronaldinho y acabando con Neymar, muchos futbolistas han pasado, pero lo que ha permanecido es esa impronta de fútbol alegre y de ataque, algo de lo que hoy en día apenas queda en el país carioca.
La reciente derrota por 1-2 frente a Francia en Estados Unidos, no es un simple traspié en el calendario de amistosos previos a la Copa del Mundo, sino la confirmación de un equipo sin identidad. A pesar de los ajustes tácticos, la Canarinha se vio superada por una selección gala que, incluso jugando en inferioridad numérica gran parte del segundo tiempo tras la expulsión de Dayot Upamecano, supo imponerse con goles de Kylian Mbappé y Hugo Ekitiké. El tardío tanto de Bremer en la recta final para maquillar el resultado no logró ocultar la alarmante falta de fluidez de un combinado que antaño dominaba los partidos desde la posesión y el descaro.
Como en todas las derrotas, siempre hay un gran señalado, y la selección brasileña tiene claro el nombre: Vinicius Junior. El extremo, llamado a ser el faro ofensivo y líder del equipo, ilustra a la perfección una dicotomía dolorosa. El jugador que deslumbra con el Real Madrid, parece cargar con un peso invisible cada vez que se enfunda la elástica nacional. Frente a los franceses, sus intentos de romper líneas por la banda izquierda fueron neutralizados sistemáticamente por la zaga rival, evidenciando que el talento individual se queda en nada cuando no hay un colectivo que lo respalde.
Una sequía dolorosa
Para la selección con más copas del mundo, es difícil aceptar una racha de tantos años sin volver a levantar el trofeo dorado. La herida del Mundial de Corea-Japón 2002 parece que sigue abierta, ya que toda una generación de jóvenes en Brasil jamás ha visto a su país levantar el trofeo más codiciado.
A nivel continental, la situación no es mucho más alentadora. El último gran festejo absoluto fue la Copa América de 2019, celebrada en su propio territorio. Desde aquel triunfo, el balance en el torneo sudamericano ha sido un cúmulo de decepciones. La más amarga llegó en 2021, cuando cayeron en la final ante su eterno rival, Argentina, con un gol de Ángel Di María. Más recientemente, en la Copa América de 2024 disputada en Estados Unidos, el equipo volvió a caer de forma prematura. Sin Vinícius por sanción esta vez, la selección carioca fue incapaz de superar a la Uruguay de Marcelo Bielsa en los cuartos de final y terminó despidiéndose en la tanda de penaltis tras un empate a cero, lastrada por los fallos de Éder Militão y Douglas Luiz.
En el mundial, y como ya le pasó a la selección española, la barrera de los cuartos parece un obstáculo insuperable. La eliminación en Qatar 2022 ilustra esto a la perfección: tras adelantarse en la prórroga con un golazo de Neymar, permitieron el empate del croata Bruno Petković a tres minutos del final. En la tanda de penaltis posterior, los fallos de Rodrygo y Marquinhos mandaron a casa a una de las grandes favoritas. El dato es demoledor: desde el título de 2002, Brasil ha caído en cuartos en cuatro de sus cinco participaciones mundialistas (2006 ante Francia, 2010 ante Países Bajos, 2018 ante Bélgica y 2022 ante Croacia). Curiosamente, siempre ante selecciones europeas.
Pero más allá de los pésimos resultados, lo que más preocupa es la falta de juego, o como se suele decir por allí, de 'Jogo Bonito'. Resulta casi poético, por lo irónico de la situación, que el país que patentó el fútbol alegre y de regates, se haya visto forzado a buscar el antídoto a su crisis de identidad en el Viejo Continente. Ante la incapacidad de encontrar respuestas en casa, la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) decidió entregarle las riendas de la pentacampeona a Carlo Ancelotti. La apuesta por el laureado técnico italiano buscaba imponer un orden táctico al caos imperante, pero ha terminado generando un debate sobre el estilo del equipo.
Que la canarinha esté dirigida precisamente por un técnico italiano, quizás, sintetiza a la perfección esta crisis de identidad. Al hilo de esto, el exfutbolista y entrenador argentino Néstor "Pipo" Gorosito describía la ironía: "Ancelotti es recontra capaz, pero que Brasil vaya a buscar un italiano para dirigir, es como que los italianos vayan a buscar un pizzero a Brasil".
El país espera a Neymar
Precisamente en Brasil, aguarda su oportunidad el hombre que todo el país espera. Como si de un superhéroe se tratara, la nación brasileña se agarra a Neymar para recuperar su orgullo de campeón.
Tras su mediático y sentimental regreso al Santos a principios de 2025, donde ha sido clave para devolver la estabilidad al histórico Peixe en el campeonato local, el astro paulista se ha propuesto un last dance. A sus 34 años recién cumplidos, el ex del Barça es plenamente consciente de que la cita norteamericana de 2026 será el cierre de su trayectoria internacional, y quién sabe, si también el epílogo definitivo de su carrera. Una etapa marcada por lo que pudo ser: el príncipe que no quiso ser rey.
Desde aquella fatídica rotura de ligamento cruzado y menisco frente a Uruguay hace tres años, el atacante no ha vuelto a enfundarse la elástica nacional. La expectación mediática por su regreso es máxima, pero choca de frente con la planificación de Ancelotti por ahora. El italiano decidió dejarlo fuera de la reciente convocatoria de este mes de marzo para el duelo frente a Francia, justificando así su ausencia: "Con el balón es muy bueno, pero necesita mejorar físicamente".
Con todo esto, la seleçao tiene tres meses para recuperar la chispa que tenían generaciones anteriores, y demostrar al mundo que eso de jugar bien al fútbol tiene la etiqueta de Made in Brasil.