Livia Mirón nunca había querido ser madre. Fruto de la generación millennial, la escritora perseguía el ideal de mujer que apuesta por su carrera y se centra en sí misma. La idea le vino más tarde, después de conocer a Ben, su marido, y mudarse con él a Alemania. Ahí comenzó su intento de ser la mujer perfecta, la "mujer todoterreno", madre y trabajadora.
De allí viene justo el nombre de su libro 'Perfecta', de sus propias experiencias con el aborto, el duelo perinatal y la infertilidad. A partir de su historia, reivindica una mayor empatía en los hospitales, más información sobre los procedimientos médicos y un acompañamiento que respete los tiempos de cada mujer. Con motivo del 15 de octubre, Día Mundial de la Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal, Mirón defiende que hablar de estas pérdidas debe servir para transformar los cuidados y las políticas públicas.
'Perfecta' nace de una experiencia profundamente dolorosa. ¿En qué momento sintió la necesidad de escribir el libro?
Empecé a escribir mientras me estaba sucediendo todo. Al principio era un compendio de notas que respondían a mi necesidad de recordar los detalles de lo que estaba viviendo. Durante un proceso como este, la mente tiende a domesticar lo ocurrido y a minimizarlo. Me estaban pasando cosas tan surrealistas, violentas y traumáticas que necesitaba dejarlas por escrito. Después empecé a verlo como una herramienta de catarsis, pero también porque me sentía muy sola en cuanto a referencias literarias y comunicativas sobre el aborto y el duelo perinatal. No encontraba dónde verme reflejada. Pensé que el libro podía ayudar a otras mujeres a leer cómo habían afrontado otras personas ese trauma y ese tiempo de sus vidas.
¿Qué espera que encuentre una mujer que esté atravesando una pérdida y lea 'Perfecta'?
Que no se sienta tan sola y que no acepte como normal lo que no tiene que ser normal. Al vernos reflejadas en las situaciones de otras mujeres, podemos analizar nuestros sentimientos y poner en palabras lo que nos pasa. La sociedad suele acelerar los tiempos de gestión del dolor. 'Perfecta' es un lugar donde pararse y observarlo de frente. Es incómodo, pero dentro de ese dolor hay muchas cosas que pueden ayudarnos en el futuro: identificar una situación abusiva en una consulta médica, entender el valor del apoyo psicológico después de un aborto o reconocer las consecuencias de no haber podido despedirnos de un hijo.
En el libro relata situaciones muy duras en los hospitales. ¿Qué fue lo que más le marcó de aquella primera atención?
Sobre todo, la deshumanización. No es una crítica contra la medicina, porque la he necesitado mucho. Es una crítica a una idea de excelencia clínica que considera la relación con el paciente como una especie de adorno blando. En mi parto en Berlín me encontré con una falta de empatía y de comprensión básica de lo que puede sentir una mujer que lleva un bebé muerto durante más de cinco días en su vientre y a la que no se le están dando soluciones. No hace falta mala intención para causar daño. Cuando hablamos de pérdidas perinatales y de salud sexual y reproductiva, no basta con la prisa, los protocolos o el exceso de tecnicismos. Hay que trabajar la empatía. Y eso no significa pedir sentimentalismo: significa explicar, pedir consentimiento, manejar bien el dolor, preservar la intimidad, cuidar el lenguaje y acompañar a la paciente.
También tuvo una experiencia complicada al ejercer su derecho al aborto en la sanidad pública en Madrid. ¿Qué cree que falla?
El aborto es un derecho que hemos conquistado, pero a día de hoy, si tienes que ejercerlo por la pública, ya te digo yo que es un 'derecho putada'. Me encontré con unas instalaciones que dejaban mucho que desear. Tuve que compartir habitación con otras dos chicas menores de edad que iban a abortar y presenciar sus ataques de pánico y sus complicaciones mientras esperaba mi propio aborto. Puede que tengamos un derecho conquistado, pero si ejercerlo resulta deshumanizante, no sé muy bien para qué hemos conquistado ese derecho. Ahora tenemos que hablar de cómo se están practicando los abortos en España y humanizar esa experiencia. Como muy pocas mujeres lo cuentan con detalle, me pareció importante hacerlo. Creo que hay que hablar de ello para mejorarlo.
En su relato también denuncia la falta de información sobre las consecuencias de algunos procedimientos médicos.
A mí me realizaron tres legrados sin saber que cada uno podía tener un impacto en mi fertilidad. No entendí cuáles eran las consecuencias hasta que tuve complicaciones y tuvieron que ingresarme. Afortunadamente, todo salió bien, pero podría haber comprometido mi fertilidad y mi posibilidad de tener hijos en el futuro. Esto no puede ser. Claro que hay que realizar los procedimientos médicos que sean necesarios, pero tenemos que conocer sus consecuencias. Eso te lo tiene que explicar un médico. No podemos salir del hospital sin saber qué nos han hecho, qué riesgos existen y a quién podemos acudir si algo va mal.
¿Qué peso tuvo su entorno en los abortos? ¿Le supo acompañar?
Hay muchísima desinformación sobre cómo acompañar a una mujer que está pasando por esto. El entorno y la sociedad se sientan poco con el dolor ajeno, porque nos resulta muy intolerable. A veces la gente se pone en modo solución: "No te preocupes, eres joven, ya tendrás otro niño", "la naturaleza es sabia" o "todo pasa por algo". Pero muchas de esas frases, en vez de consolar a quien sufre, tranquilizan a quien las pronuncia. Acompañar es algo mucho menos heroico. Es llevar comida a casa, sentarse con esa persona, escuchar la misma historia por quinta vez, preguntar qué necesita hoy y no desaparecer porque el tema resulte incómodo. Es darle espacio a ese vacío, en lugar de intentar llenarlo con cosas.
¿Por qué cree que el duelo perinatal sigue siendo un tema tabú para la sociedad?
Porque muchas mujeres que han perdido un hijo no saben si deben dolerse por él, si pueden ponerse de luto o si tienen derecho a expresar lo que sienten. Es un hijo que muchas veces no tiene nombre, biografía, cementerio al que ir a llorarle, cumpleaños o fotografía. Como los demás no han conocido al bebé, a veces se interpreta que no hay nada que llorar. Pero ya había un proyecto de vida con él y existen consecuencias físicas, psicológicas y emocionales. Hay que entender que puede haber habido una conexión entre esa madre y ese hijo y que existe un espacio vacío por esa pérdida. A ese espacio hay que darle espacio.
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¿Ha conseguido usted tener "un final feliz" en esta historia? ¿Es su hijo ese desenlace?
Mi libro está escrito desde el ojo del huracán. Quien lo lea va a encontrar el relato de alguien que no sabía si iba a ser madre. Yo quería serlo, pero tuve que aceptar que quizás nunca lo conseguiría y que tendría que aprender a quererme y aceptarme dentro de esa realidad. En el libro hablo del túnel en el que entramos las personas cuando nos ocurren desgracias irreversibles. A veces, la luz al final no existe. Tenemos que buscar nuestras propias luces dentro del túnel. Mi hijo me ha dado muchísima felicidad. Yo quería ser madre y es una fuente de felicidad diaria, pero mi hijo no me ha sacado del túnel. Sigo teniendo tres hijos que no van a volver, que nadie me va a devolver y que perdí de forma muy dolorosa y traumática. Son pérdidas que no necesito superar: me acompañan, me moldean y forman parte de mi vida. Mi hijo no ha venido a compensarlas ni a ponerles un parche.
El título, 'Perfecta', parece resumir también una transformación personal. ¿Quién es hoy en día Livia Mirón?
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Hoy soy un ser más imperfecto que nunca, pero también estoy más cómoda con mi imperfección que nunca. Creo que durante la primera mitad de mi vida muchas de mis decisiones estuvieron basadas en el ego y en la autorrealización personal. Como mujer millennial, perseguí ese ideal femenino de ser una mujer todoterreno, emancipada, capaz de poder con todo. Y está genial, pero hay que entender que la orientación al éxito no siempre sirve para gestionar todo lo que nos ocurre. Las mujeres tenemos que abrir la conversación sobre los límites biológicos dentro del ideal de mujer que estamos construyendo y sobre cómo esos límites pueden impactar en nuestras vidas. No se trata de retroceder en feminismo ni en derechos, sino de integrar esa realidad. La biología no es feminista ni machista: la biología ocurre.
¿Qué les diría a las mujeres que están viviendo ahora una pérdida gestacional o un proceso de infertilidad?
Que respeten sus propios tiempos, que lo que les está ocurriendo importa y que la intuición normalmente suele ser correcta. Que busquen comunidad, no soluciones: apoyo, referencias, otras mujeres con las que compartir lo que están viviendo. Que lean y que no tengan prisa. El dolor es parte de la vida y, desafortunadamente, también de la vida de muchas mujeres. Nuestra forma de gestionarlo tiene que ser primero vista por nosotras para que después pueda verla la sociedad. Cuando una mujer está sufriendo, tiene que comunicarlo, a su entorno, a los profesionales sanitarios o a quien le haga sentirse cómoda. Y después hay que convertir esa comunicación en mejores procesos, mejor escucha, mejores hospitales e instituciones. No basta con darle visibilidad, hay que activizarlo.
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¿Qué significa para usted el 15 de octubre, el Día Mundial de la Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal?
Es superimportante, para mí este día tiene que traducirse en cuidados y en preguntas a las instituciones. ¿Qué atención reciben esa mujer y su familia? ¿Qué protección tienen en el trabajo? ¿Pueden pedir una baja? ¿Hay acompañamiento clínico y psicológico? ¿Quién las acompaña cuando vuelven a casa? El duelo perinatal es muy complicado y puede tener efectos en la fertilidad futura y en la salud reproductiva. La visibilidad debe convertirse en un grito hacia las instituciones y hacia el resto de las mujeres para que podamos mejorar la situación de todas.
Si pudiera pedir medidas concretas a las administraciones, ¿cuáles serían?
La primera, formación periódica para los equipos que atienden estas pérdidas, incluida la atención primaria. Falta formación en comunicación, empatía y también en cómo atender clínicamente un duelo perinatal. La segunda, que nadie salga del hospital sin saber quién va a hacer el seguimiento, a quién puede llamar y cuáles son las recomendaciones. A mí ningún médico me dijo que quizá debía pedir una baja o volver a la semana para comprobar cómo evolucionaba mi estado. Y la tercera, que exista información pública sobre estos cuidados y los recursos disponibles: asociaciones, comunidades de mujeres que han pasado por lo mismo y hospitales que ofrecen apoyo. Bastaría con crear un documento informativo con los recursos básicos. Son medidas que pueden ayudar muchísimo.