La justicia poética es una salvedad, un verso suelto, tantas veces imperceptible, etéreo e inasible. Probablemente Per Strand Hagenes se hizo un lugar en el muestrario de la épica, los sentimientos y los corazones que asistieron a su conmovedor esfuerzo.
Él contra el mundo en busca de la victoria en Le Samyn. El noruego, fuerte, repleto de determinación y ambición, pereció a unos metros de la gloria después de 58 kilómetros en fuga, una treintena en solitario.
Apretados los dientes, tenso el maxilar, estiró su agonía hasta el vallado que precedía al esprint, donde se impuso Jordi Meeus, que dominó el debate de la velocidad con rigor por delante de Laurenz Rex y Hugo Hofstetter.
Allí, imaginando la victoria le cayó a Hagenes encima la lógica y el cálculo de los velocistas que pujaban por la clásica belga, que alumbró el inicio del curso de Van Aert.
El belga, que estaba en el grupo de los mejores, el que perseguía a su compañero Per Strand Hagenes, masculló el infortunio, pinzado por un pinchazo que le dejó fuera del radar de la victoria.
El siseo de la derrota le susurró en el primer día de competición. Por delante, Hagenes peleaba con la convicción única de los supervivientes.
Era la suya una huida hacia delante en busca de lo imposible. No miró atrás, donde se configuraba el mecanismo del esprint, el engranaje maldito. Hugo Page estiró el brazo con un ataque enajenado para sorprender.
Su impulso, empero, dio más velocidad a los rápidos. Fuego y gasolina. En esa pira ardió Hagenes, consumido por dentro. Sin héroe, emergió Meeus.