A las 19:30 miles de personas dirigían su mirada al cielo para no perderse un fenómeno de unas dos horas de duración que ha trascendido más allá de la ciencia. La expectación era máxima en la inmensa mayoría de la sociedad. Pero lejos de la euforia generalizada, las playas abarrotadas y las gafas protectoras en una jornada de sol envidiable, hubo algunos que optaron seguir con su rutina diaria obviando un acontecimiento que cuando se vuelva a repetir en Euskadi ya no estaremos aquí para contarlo.
Para algunos, el simple hecho de compartir espacio con una multitud constituye el principal rechazo. Miren confiesa que que prefiere la tranquilidad de lo cotidiano y admite que este tipo de fenómenos le generan cierto desasosiego: "En mi caso, no lo quiero cargar de importancia. Me quedo en casa, haciendo mis rutinas y mis cosas. No me gustan los acontecimientos masivos y el hecho de que haya millones de personas mirando a un mismo punto de oscuridad en un mismo instante, me produce cierta inquietud".
Asier también alude al rechazo a las aglomeraciones. Además, muestra una reacción propia de nuestra era digital frente a la saturación informativa: "El tener que moverse a un sitio lleno de gente como una playa o un monte me es suficiente motivo para no verlo. Además, el bombardeo por todos lados sobre cosas del eclipse me ha hecho desarrollar un efecto anti-fomo (FOMO, del inglés Fear Of Missing Out, ansiedad social generada por el temor a perderse experiencias, eventos o interacciones gratificantes). Por el mismo, pierdo por completo cualquier interés que podría tener. Básicamente, el hecho de que todo el mundo esté expectante me hace no querer verlo".
Este joven de 24 años también añade la incomodidad logística a su lista de motivos: "El hecho de tener que comprar unas gafas, estar atento a cuándo usarlas, cuándo no hace falta ponérselas y el peligro que conlleva el hacerlo mal me hace pensar que no merece la pena y que es mejor verlo una vez ha pasado en la tele o en cualquier lado".
Temor por los hijos
Las continuas llamadas a la protección y el temor a sufrir daños en la vista han sido otro gran muro de contención, especialmente para los padres. Amaia, por ejemplo, asegura que la tranquilidad de su familia está por encima de cualquier alineación planetaria: "Con todo el revuelo que está habiendo con las recomendaciones de seguridad, las gafas que se han retirado por no cumplir la homologación y las advertencias sobre el riesgo para la vista, prefiero no arriesgarme. Además, como tengo un bebé de 9 meses tampoco me compensa buscar un sitio para verlo y estar pendiente de todas las precauciones".
Este sentimiento lo comparte plenamente Judith, madre de un niño de seis años, para quien la seguridad de su hijo está por encima de cualquier eclipse. "Entiendo que todo el mundo quiera disfrutar de este acontecimiento, porque es un evento muy especial. Pero, en mi caso, me preocupa especialmente la salud ocular de mi hijo. Tiene solo 6 años y es incapaz de quedarse quieto durante mucho tiempo. Sé que mantener las gafas de protección puestas durante un minuto, para observar algo cuyo significado todavía no comprende, puede resultarle muy difícil y acabaría intentando mirar directamente al Sol. No estoy dispuesta a poner en riesgo su salud por unos segundos de espectáculo, ni tampoco mi tranquilidad como madre", sentencia.
Desde una perspectiva más práctica, Aitor coincide, sumando además el factor económico de un evento tan efímero: "Me parece que es una actividad con la que se puede poner en claro riesgo la salud ocular, además no compensa gastar dinero para comprar el material con el que verlo (y más cuando va a ser tan breve). Y luego no me despierta interés, creo que no me compensa el hecho de ir a zonas tan masificadas".
Otros observan todo este despliegue institucional y mediático con un ojo mucho más crítico. Es el caso de Mark, de 21 años, que no ocultaba su incomprensión ante la inversión de recursos frente a otras realidades sociales: "No entiendo esas campañas de regalar millones de gafas para una tontería de 30 segundos, cuando hay problemas mucho mas serios".
Todos ellos, mientras la mayoría miraba obnubilada hacia la inmensidad del cielo, decidieron que el mejor plan era fijar sus ojos en la tierra.