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Irantzu Varela (Portugalete, 1974 pero se reivindica basauritarra) no necesita presentaciones, aunque su presencia siempre genere controversia. Periodista, formadora en género y referente del feminismo vasco en el Estado español, ha hecho de la ironía y la irreverencia su mejor arma política. Tras años agitando conciencias con el microespacio La tuerka, consolidando su espacio en el mundo digital y mediático como una de las voces más atacadas por la manosfera, Varela sigue ocupando el centro del escenario. Lo hace literalmente con su Manólogo, “un soliloquio cómico sobre lo hartas que estamos de la paz y la condescendencia, cuando el mundo nos ofrece violencia, misoginia y adoración a la masculinidad”. En esta entrevista, analiza el fenómeno de la reacción machista a los avances del movimiento, el abismo generacional y por qué, en sus propias palabras, “si el feminismo no incomoda, no funciona”.
El CIS de Tezanos dice que el 44% de los hombres se siente discriminado por las políticas de igualdad. ¿Es un síntoma de que el feminismo lo está haciendo mal o de que, por fin, se están señalando privilegios que duelen demasiado perder?
—Para mí es un síntoma de que el feminismo está funcionando. Ese 44% de hombres son los que opinan que todo estaba bien porque querían vivir como sus abuelos. Como bien dice el pensamiento feminista negro, ningún grupo oprimido ha conseguido su emancipación por la benevolencia de sus opresores. No podíamos esperar que los hombres dijeran: “Toma, la mitad de la riqueza, la mitad del poder, y vamos a dejar de tener criadas, psicólogas y trabajadoras del hogar gratuitas”. Habrá algunos contentos de vivir en una sociedad con más libertades, pero ese 44% está notando que nuestra conquista de derechos les quita sus privilegios. Y los privilegios siempre se tienen a costa de los derechos de otras personas. Es como a quien le molesta que haya inmigrantes regularizados: les incomoda porque saben que la justicia para los oprimidos acaba con su ventaja injusta. Ese es el plan, claro.
Casi el 50% de los jóvenes percibe el movimiento como “manipulación política”. ¿Cómo se le explica a un chaval de 16 años que consume contenido de la manosfera que el feminismo también es para él? ¿O renunciamos a explicárselo?
—No sé si hay que renunciar a explicárselo, pero ser pedagógica —algo que hemos hecho mucho en las últimas décadas con las redes sociales— tiene un límite. Yo antes hacía vídeos de tres minutos y ahora los hacemos de uno; si me lo dicen hace diez años, me caigo de espaldas. Pero es que el querer vivir en una sociedad igualitaria llega un punto en que no te lo tienen que explicar: tienes que querer vivir en ella. Formar parte de un grupo privilegiado es una opción política, incluso a los 13 o 16 años. Hay muchos chavales que desde muy pequeños se dan cuenta de que no quieren esa masculinidad violenta y opresora. Es mucho más fácil lanzar mensajes supremacistas: “Tú primero, tú mejor, y si no lo tienes es porque te lo ha quitado otro”. Explicar las violencias sistémicas y las identidades es más complejo, la justicia es compleja de entender, pero hay criaturas de 8 años que ya saben que no quieren vivir en un mundo injusto. Hace falta voluntad.
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Vivimos la era de la camiseta feminista en Inditex y ahora estamos en la era de la fatiga de género. ¿Ha sido el capitalismo el que ha devorado el mensaje del feminismo hasta dejarlo vacío y listo para ser rechazado por la Generación Z?
—El capitalismo ha intentado devorar el mensaje del feminismo. Antes era difícil ver a mujeres con este discurso en los medios; ahora hay más, pero las que permanecen suelen ser las que tienen un mensaje menos incómodo. Y el feminismo, si no es incómodo, no funciona. Pero la realidad es que la Generación Z no rechaza el feminismo, sino que está absolutamente polarizada por el género.Las mujeres Z son más feministas y de izquierdas que ninguna otra generación. Por contra, hay más chavales abiertamente machistas porque están viviendo las consecuencias de una lucha que los millennials creían inofensiva. Los jóvenes de ahora han nacido naturalizando dos cosas opuestas: ellas, que nadie las puede tocar sin su permiso; y ellos, sintiéndose amenazados por ese límite. Aunque también hay muchísimos chavales que han naturalizado que no puedes ir a una tía a decirle lo primero que te pasa por la cabeza sin su consentimiento.
Las marcas ahora reculan por miedo al boicot de la extrema derecha. ¿Es este el momento de que el feminismo vuelva a los márgenes y a las calles, ahora que ya no es rentable para el mercado?
—El feminismo no es una contracultura, es un movimiento revolucionario. Hubo un espejismo de felicidad en 2018 donde parecía que habíamos tomado la Bastilla, pero muchas seguíamos diciendo que esto es subversivo y va contra todas las estructuras de opresión. Algunas cosas de ese estallido se han consolidado en la cultura popular y eso es un avance brutal, pero nuestra lucha siempre será contra el poder. Somos feministas, anticapitalistas y antirracistas. ¿Eso se hace en los márgenes? Sí, pero también necesitamos infiltradas y “agentes del mal” en todos lados: escritoras, influencers, diputadas y hasta policías. El objetivo es que los cuerpos y las vidas que han sido desplazados al margen ocupen el centro. Y que estemos todas en el centro significa, básicamente, que deje de existir un centro privilegiado.
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Eres una de las figuras que más ataques recibe en redes sociales. ¿Cómo se combate ese discurso de la manosfera que ha convertido términos como feminazi o guerra de sexos en el vocabulario básico de muchos adolescentes?
—Hay dos respuestas: una política y otra personal. La política es colectiva; se combate con amigas, con redes y con un movimiento feminista que no está detrás de mí, sino delante. Tengo claro que mi marco es común: mis ideas, mis propuestas y hasta mis chistes vienen de un conocimiento compartido. No es algo contra mí, es contra lo que represento. En lo personal, utilizo el sentido del humor. Pocas cosas son más ridiculizables que el poder y la masculinidad ortodoxa. Si los líderes mundiales actuales no fueran genocidas y criminales de guerra, serían un chiste. Yo me río de los señores que me atacan porque la masculinidad es un discurso construido, un teatro; y cuanto más poder tienen, más “performance” hacen. Reírme de quienes me odian —y el haber aprendido a monetizarlo— ha sido una forma de convertir algo doloroso en una fortaleza política. No es solo reírse de Trump o Abascal, es reírse de la policía, de los ortodoxos y de los que intentan explicarte lo que tú misma acabas de decir. No, cariño: lo que yo quiero decir es exactamente lo que estoy diciendo.
¿Hasta qué punto el algoritmo de TikTok está ganando la batalla cultural al construir una caricatura del feminismo basada en el conflicto y la confrontación constante?
—Mi algoritmo está completamente adoctrinado por mí: en cuanto me sale algo misógino, gordófobo o facha, lo elimino. Como resultado, solo me salen mujeres bolleras, bisexuales y gente increíble. Existe el dogma de que cada tecnología nueva es el enemigo, pero las redes solo reproducen la sociedad con toda su mierda incluida. Estamos en un momento donde se ha perdido la vergüenza de ser racista o de aspirar a ser rico por encima de todo; en mi barrio, en el Calero de Basauri, no decías que querías ser rico, decías que querías una vida digna.TikTok refleja esa basura, pero también es un espacio donde mucha chavalería queer lanza mensajes increíbles desde su cuarto. Hay grupos de 16 años que no habían nacido cuando Kurt Cobain vivía y están haciendo un punk y un grunge con discursos que ya me hubiera gustado a mí tener a su edad. Si tu algoritmo no tiene criterio, dáselo tú. No todo en redes es facha, hay una generación con una claridad política asombrosa.
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Hay una corriente que dice que ya hay igualdad legal y que el feminismo actual se centra en problemas inexistentes. ¿Cómo se desarma ese discurso cuando las brechas materiales (salarios, cuidados, violencia) siguen ahí pero son menos fotogénicas para Instagram?
—A quienes en 2026 opinan que ya hemos conseguido suficiente, me gusta responderles con cifras. Te doy un dato: en 2025, la frase “¿Cómo matar a una mujer sin dejar rastro?” fue buscada en Google 163 millones de veces. No hay más preguntas, señoría. Me basta con eso, o con que el 52% de las mujeres asesinadas en España mueran a manos de sus parejas. No necesito estadísticas para ver que esta es la mayor práctica de riesgo. La opresión te interpela, seas del género que sea, porque te obliga a elegir: ¿quieres vivir en un mundo donde tus privilegios se sostienen sobre mi opresión? Si decides no combatirla, es porque has decidido no verla. Datos tengo para aburrir: feminicidios, infanticidios o esa pedofilia legalizada que llaman matrimonio infantil. Solo hay que querer posar la mirada.
La fragmentación interna sobre temas como la Ley Trans o el abolicionismo está a la orden del día. ¿Esta falta de cohesión es una debilidad que aprovecha la derecha o es un síntoma de que el feminismo es, sencillamente, un movimiento vivo y complejo?
—El feminismo es un movimiento revolucionario que lleva dos siglos activo en todo el planeta. Sería una osadía creer que somos la generación que va a cerrar todos los debates. Sin embargo, tengo una posición clara: el feminismo, si no es transinclusivo, si no es antirracista y si no defiende sin matices los derechos de las trabajadoras sexuales, puede que empiece por “m” y acabe por “ismo”, pero no es feminismo. El feminismo es maravilloso cuando te regala un hogar y dices: “estas son las mías”. Pero no puede ser algo puramente identitario basado en cromosomas o genitales. Es como ser vasca: no es solo una identidad, es formar parte de un pueblo en el que curras, luchas y disfrutas. No puedes defender que los derechos de quienes están en peor situación amenazan los tuyos. Las trabajadoras sexuales y las personas trans están expuestas a más violencias; o estás a muerte con ellas o no pintas nada aquí. Las luchas revolucionarias son las que pelean por derechos que afectan a otras que no eres tú. Si las racializadas, las putas y las trans no están en tu lucha, no es que no me intereses, es que te tengo enfrente.
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Por primera vez, el domingo se va a visualizar en nuestras calles esa división tras la decisión de la Comisión del 8 M (abolicionista y trasnexcluyente) de hacer una manifestación al margen de la oficial del Movimiento Feminista de Euskal Herria. ¿Es un paso atrás?
—Para mí, este domingo en Bilbao solo hay una manifestación feminista: la de las 12 de la mañana en el Sagrado Corazón, que es la organizada por el Movimiento Feminista de Euskal Herria a través de asambleas abiertas. Es la que defiende los derechos que importan. Que haya personas que se consideran feministas pero creen que las mujeres trans no son mujeres, que el antirracismo es ajeno o que las trabajadoras sexuales son seres sin agencia a los que hay que tutelar, me parece que hace mucho daño. Esas personas no forman parte de mi lucha. Buscan una visibilidad y un foco que, sospecho, a veces conviene a quienes quieren mantener esta aparente división. Leer a Simone de Beauvoir, a Angela Davis o a Silvia Federici y concluir que las putas, las racializadas o las mujeres trans son el enemigo, es no haber entendido nada o ser mala persona. O las dos cosas.