Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la Real Sociedad era un equipo previsible en los tramos finales. Si el marcador llegaba en contra al minuto 80, la parroquia de Anoeta empezaba a desfilar hacia la salida, resignada a una derrota segura. Pero algo ha cambiado en el ADN del equipo txuri urdin. Hoy, la Real es una auténtica montaña rusa emocional, un conjunto que ha hecho del minuto 87 su hábitat natural para la locura.
Las estadísticas no mienten: en hasta 11 encuentros, el destino del partido se ha sellado en el suspiro final. El balance de esta "zona de riesgo" es abrumadoramente positivo para los donostiarras, sumando 6 victorias, 4 empates y apenas una derrota cuando el crono aprieta.
La lista de víctimas de la fe txuri-urdin es larga y variada. Tres nombres propios han quedado grabados en la retina de los aficionados por otorgar victorias agónicas:
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Jon Gorrotxategi: Su gol en el 92' para el 3-2 ante el Athletic desató el delirio en el derbi.
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Pablo Marín: Dio los tres puntos en el 92' frente al Eldense (1-2).
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Jon Mikel Aramburu: Llevó el suspense al límite marcando en el 96' para asaltar el Coliseum ante el Getafe (1-2).
Mención especial merece la eliminatoria ante Osasuna. Cuando todo parecía perdido, un cabezazo de Igor Zubeldia en el minuto 92 forzó un empate que, a la postre, se transformaría en una clasificación histórica en la tanda de penaltis.
Una moneda al aire: el caos de la locura
Sin embargo, estar "abonado a la locura" implica que el control se pierda. La Real ha descubierto que marcar tarde no siempre garantiza la paz. En dos ocasiones, el equipo encajó goles fatídicos justo después de haber anotado en un final frenético: el amargo 2-3 ante el Villarreal y el caótico 3-3 frente al Oviedo.
Incluso en días de relativa calma, el equipo ha mantenido la tensión hasta el final. En las visitas a Reus (0-2) y los duelos ante Celta y Elche (ambos 3-1), la Real apuntaló sus triunfos con goles definitorios cuando el rival ya buscaba el área de Remiro a la desesperada.
Un cambio de mentalidad
Lo que antes era un equipo incapaz de llegar vivo a los minutos finales, ahora es un bloque que se crece ante la adversidad. La Real Sociedad ha pasado de la apatía al suspense cinematográfico, convirtiendo cada partido en una cita obligatoria para los amantes de las emociones fuertes. Este año parece que hasta que el árbitro no pita, la Real siempre tiene una última bala en la recámara.