El aire quema. El Estado español se ahoga en una de las crisis ambientales y de seguridad más dramáticas de su historia reciente. Más de 114.000 hectáreas arrasadas en lo que va de año marcan la huella de un desastre que ha dejado de ser una amenaza estival para convertirse en una herida abierta. La ferocidad de las llamas han puesto en jaque las mugas de Madrid y Castilla y León que, en una clara dejación de competencias, han obligado al Ministerio del Interior a dar un paso inédito: declarar la Situación Operativa 3 del Plan Estatal de Emergencias —la emergencia nacional— y asumir el mando único desde La Moncloa. Se trata de una medida de la que solo hay un precedente: la gestión del Gran Apagón. Una medida, solicitada por Madrid cuyos bomberos forestales han pasado 270 días de huelga y movilización quejándose de que los recortes les han dejado sin camiones y sin personal para cubrir las dotaciones que establece el propio plan de seguridad. Ayuda que también ha exigido Castilla y León, que sigue siendo la autonomía que menos invierte en mantenimiento de montes a pesar de que el año pasado las llamas devoraron 138.538 hectáreas (una extensión superior a todo Gipuzkoa).
Ante un escenario “fuera de la capacidad de extinción del Estado”, La Moncloa asume las competencias de las autonomías y ha tramitado una petición formal de auxilio a la UE a través del Centro de Coordinación de Bruselas. La respuesta europea ha sido inmediata con la activación del mecanismo de emergencia, el seguimiento térmico vía satélite por Copernicus y el envío urgente de cuatro aviones anfibios Canadair desplegados en Torrejón para frenar el desastre, que suma ya 50.000 evacuados. El mapa de las llamas dibuja un país acorralado. El foco más encarnizado devora el suroeste de la Comunidad de Madrid, donde los tres incendios que amenazaban Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias y Almorox se han fundido en una sola garganta de fuego. El monstruo ha saltado el embalse de San Juan, lo que ha obligado a ordenar el desalojo masivo de municipios como Chapinería, Navas del Rey y Colmenar del Arroyo. “Necesitamos medios aéreos y bomberos forestales pendientes en un día de alto riesgo. La prioridad absoluta es salvar vidas”, advertía a pie de campo el consejero madrileño de Interior, Carlos Novillo, anticipando un infierno de vientos de más de 50 km/h y una cota de 6.000 hectáreas reducidas a ceniza solo en este frente.
El Ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, en el puesto de mando.
En Ávila, el incendio de Burgohondo avanza descontrolado y ha golpeado de lleno el corazón ecológico de la Reserva Natural del Valle de Iruelas, manteniendo confinadas las poblaciones de Cebreros y El Tiemblo. En Teruel, el avance de las llamas en Ejulve ha hecho sonar los teléfonos con la alerta ES-Alert para desalojar Cuevas de Cañart. En León, la Unidad Militar de Emergencias (UME) combate en Castropodame y Murias de Ponjos. En Guadalajara, la única tregua, frágil, llega desde allí, donde el histórico fuego de La Mierla ha bajado a nivel 1 tras pulverizar 32.000 hectáreas. La UME se ha retirado de la zona y las autoridades han autorizado el regreso de los vecinos evacuados de Monasterio, Veguillas, San Andrés del Congosto, Congostrina, Hiendelaencina y Alpedroches y ha levantado el confinamiento de otros seis pueblos. Las investigaciones de la Guardia Civil continúan centrándose en una cosechadora agrícola como el origen presunto de las llamas. Con humedades relativas por debajo del 30% y ráfagas que superan los 60 km/h, el apoyo aéreo comunitario resulta clave para contener los frentes mientras Francia y Portugal estudian sumar brigadas terrestres de refuerzo.
Choque político en plena emergencia
La tormenta política no da tregua Mientras los bomberos combaten el frente a temperaturas inhumanas, en la moqueta de la política el ambiente resulta igualmente asfixiante. Lejos de fraguar una tregua ante la catástrofe, la emergencia ha avivado el choque partidista. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparecía de urgencia para tildar la situación de “dramática”, anunciar una partida de 300 millones de euros para tecnologías frente a fenómenos extremos y reclamar un “pacto de Estado” frente a la emergencia climática. Desde Interior, Grande-Marlaska justificaba el mando único por el desbordamiento de los medios autonómicos: “Hoy es un día crítico”. La respuesta no tardaría en llegar. La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, que había reclamado con firmeza el nivel 3 ante el “peor incendio de la historia” registrado en su CCAA, acusó al Ejecutivo central de “falta de previsión” en la flota aérea y de escudarse en el cambio climático. La tensión saltó por los aires con la intervención del ministro de Transportes, Óscar Puente, quien arremetió con dureza contra Ayuso acusándola de “reducir impuestos a los ricos para luego pedir que el Gobierno le resuelva la papeleta”. En medio del fuego cruzado, la sociedad civil trata de imponer sensatez. Desde Greenpeace recuerdan que el negacionismo sale caro y exigen 1.000 millones de euros anuales para gestión forestal.
El drama humano del desalojo
La incertidumbre como único equipaje Ajenos al ruido de los despachos, miles de ciudadanos afrontan la tragedia con la vida empaquetada a toda prisa. En el auditorio de Chapinería o en el centro Miguel Delibes de Villaviciosa de Odón, los rostros reflejan el agotamiento y el miedo a lo desconocido. “La incertidumbre te machaca y te come la cabeza. Eran los vecinos avisando de que desalojaban a todo el mundo y la Guardia Civil ya estaba abajo. Hay historias dibujadas por la prisa. Como la de Isabel, que en pocas horas ha peregrinado con sus cuatro hijos por tres municipios distintos tras salir de Pelayos con lo puesto. O la de María Elena y Evelio, un matrimonio llegado desde Argentina para visitar a su familia y que hoy duerme sobre un colchón de campaña agradeciendo la solidaridad vecinal, pero rezando para que, al regresar, su hogar siga en pie. Está también el lamento de Gonzalo, periodista jubilado, que sufre el apagón informativo y el dolor de dar por perdido el monte de su vida: “Prefiero pensar que me voy a encontrar mi casa, pero el paisaje tardará mucho en volver a ser el que era”. O la amarga aventura de Arturo y Katy, que pasaron la noche durmiendo en el coche tras huir de El Tiemblo a ciegas cuando la ceniza ya cubría las calles. E incluso la mirada sobria de Lourdes, empujando la silla de su nieto Isaías mientras observa a su perro, incapaz de conciliar el sueño por el estrés de la huida: “Estamos vivos, que es lo más importante”. Ese es el único consuelo en una jornada oscura.