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La fauna que volvió a Chernóbil

Un perro fotografiado en 2017 en la zona de exclusión de Chernóbil. / Jorge Franganillo/Wikimedia

"No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio". Con estas palabras resumía Charles Darwin su teoría de la evolución. Una teoría a la que la naturaleza ha dado la razón a lo largo de los años. Uno de los ejemplos más asombrosos es el de los animales que viven en las cercanías de Chernóbil, donde el 26 de abril de 1986 tuvo lugar uno de los mayores desastres ecológicos de la historia. Ahora, cuarenta años después, la fauna de la zona de exclusión –un área de 30 kilómetros de radio alrededor de la central ucraniana abandonada— sigue asombrando por su evolución y su resistencia a una radiación que habría matado a cualquier persona.

Este desastre afectó gravemente tanto a la población de la zona, provocando la evacuación de más de 300.000 personas de sus hogares. Muchos de ellos dejaron atrás a sus mascotas sin saber que algunas de ellas, como los llamados "perros de Chernóbil", sobrevivirían y prosperarían en la zona. Pero no fueron los únicos.

Un informe publicado este 2026 por la revista de divulgación científica BBC Science Focus destaca que, contrario a lo que se pensaba, grandes mamíferos como lobos, osos pardos, ciervos o jabalíes han regresado e incluso prosperado dentro de este improbable edén. La ausencia de actividad humana ha propiciado también que especies como los castores hayan recolonizado ríos y estanques que rodean la planta nuclear, mientras que linces o alces han ocupado hábitats que antes estaban fragmentados por la agricultura.

Los caballos de Przewalski, la única especie viva de equinos que nunca ha sido domesticada, campan a día de hoy a sus anchas tras haber sido introducidos en la zona de exclusión a finales de la década de los 90.

Aunque a primera vista no parezca que la radiación les afecte, hay que señalar que las deformidades físicas y drásticas que se esperan tras una catástrofe nuclear rara vez se documentan porque los animales que nacen con este tipo de anomalías no suelen vivir el tiempo suficiente para poder ser observados. Pero los científicos se han empeñado estos años en tratar de demostrar que esa ausencia de "monstruos" no se traduce en una ausencia de impacto, ya que la radiación sigue ejerciendo efectos no tan visibles en la fauna.

Supervivientes del desastre

En 2014 Cara Love, bióloga de la Universidad de Princeton, viajó a Chernóbil para estudiar a los lobos salvajes que habitaban la zona. A través de análisis de sangre demostraron que estos animales no solo no sucumbían al cáncer, uno de los efectos más nocivos de la radiación, sino que habían desarrollado una resistencia genética a esta enfermedad. Un fenómeno que también se ha observado en algunos de los cientos de perros salvajes que aún viven en la zona de exclusión, descendientes que las mascotas abandonadas en 1986.

Un estudio publicado en 2023 en la revista Science Advances demostró que los perros que viven cerca de la central Chernóbil y en la zona de exclusión son genéticamente distintos los que viven a apenas 15 kilómetros de distancia, aunque no hay pruebas de que esto se deba a la radiación. Una población reducida, una movilidad limitada, la endogamia o una dieta alterada también pueden provocar mutaciones genéticas.

Anfibios y aves

Quizás uno de los ejemplos más claros del impacto de la radiación en las especies se encuentra en los anfibios de Chernóbil, y más concretamente en las ranas arbóreas orientales que habitan la región. Estos batracios son, de media, un 40 % más oscuros que los que viven en otras partes de Ucrania. Un equipo liderado por el científico Germán Orizaola, de la Universidad de Oviedo, explicó que la piel más oscura de las ranas se debe a niveles más altos de melanina, un pigmento que pudo jugar un papel crucial a la hora de proteger los tejidos de la radiación.

El accidente de 1986 dio lugar a un fenómeno conocido como ‘bosque vacío’, por el que muchas zonas que lucían frondosas y casi intactas carecían del ruido ambiental característico de los ecosistemas saludables. Cuarenta años después, los insectos y las aves han regresado a Chernóbil y el canto de los ruiseñores, cucos o golondrinas vuelve a escucharse en la región.

Eso sí, diversos estudios han demostrado que algunas de estas aves presentan alteraciones genéticas como el albinismo en su plumaje, daños en su sistema inmune o una longevidad mucho menor comparada con las poblaciones de otras zonas.

Hongos en el interior del reactor

Pero si todas estas especies sorprendieron a los científicos por su capacidad de adaptación, hay unos organismos que lo hicieron incluso más. En el interior de los edificios del reactor destruido y en distintas zonas del área de exclusión, se han identificado hongos oscuros, ricos en melanina, que prosperan en condiciones donde casi ninguna otra forma de vida logra sobrevivir. Estos organismos cubren paredes, se expanden sobre restos contaminados y colonizan entornos saturados de radiación.

Lo más sorprendente es que algunos de estos hongos parecen desarrollarse con mayor intensidad en ambientes con altos niveles de radiación. Experimentos realizados en laboratorio sugieren que la melanina no solo actúa como una barrera protectora frente al daño celular, sino que podría modificar el metabolismo y el crecimiento de estos hongos. 

26/04/2026